Idiota... Estúpido,
maldito hijo de puta. ¿Como se atreve a hablarme así delante del amo Alex? Me
las pagará el desgraciado ese, me pagará todas y cada una de las suyas, cuando
llegue a ser alguien importante dentro de la jerarquía. O al menos eso
pensaba mientras iba caminando con los mil demonios encima hacia la habitación
que solía compartir con otras presas. Si bien la mayoría de las noches me la
pasaba en la habitación del amo, también tenía mis pertenencias o mi ropa allí.
Anoche no había dormido conmigo, pero había estado trabajando hasta tarde en
las oficinas del hotel.
Desde que su hijo murió, el amo no es el mismo. Admito que
me puso bastante feliz el verlo esa mañana tan enérgico a pesar de no haber
dormido. Claro que ahora que conozco a su invitado, me arrepiento de haberme
alegrado. Ojalá ese idiota se pudra en el
mismísimo infierno, que arda, que los cuervos le saquen los ojos, que lo
desmiembren vivo y todo lo malo que hay en este mundo me decía mientras
entraba en bóxer en la habitación de mis colegas.
Algunos se estaban arreglando, otros estaban recién
despertándose y otros ya se habían ido hacía un momento. El harem del amo Alex
era realmente variado y numeroso, pero sólo yo iba a la escuela y tenía el
privilegio de decidir cosas o me dieran encargos como si fuera un cazador más
que una presa. Por eso muchos no me hablaban, pero no podía evitar sentirme
mucho más que ellos y ser mucho más que ellos inclusive. No les di importancia
mientras avanzaba hacia mi cama.
Una de las chicas se me acerco mientras estaba poniéndome un
par de pantalones. Eran unos shorts apenas unos centímetros más largos que los bóxeres.
En realidad, estaba muy acostumbrado a usar poca ropa, me sentía cómodo así. Me
preguntó por el nuevo invitado a lo que le dije que no era más que un idiota
nuevo, que se veía bastante “rudo”, asique les advertí que tuvieran cierto
cuidado. La chica nada más rio un poco y me recalcó que seguro “ya me había
peleado con él” a lo que simplemente bufé.
Tomé el pañuelo rojo que suelo usar en estas ocasiones y
salí de aquella habitación. Le pedí a mi guardia la llave y éste me la pasó sin
chistar, con ella me dirigí a la caja que Alex me había autorizado y saqué mi
cinturón junto con las demás cosas. Un arma de bajo calibre y corto alcance y
varios cuchillos encastrados en el mismo. No me cambié el cazado, era la parte
de más bizarra del interrogatorio.
Aquellas botas de teibolera, un torso masculino desnudo, un
pantalón excesivamente corto, un cinturón con armas de fuego y blancas, un
pañuelo rojo que tapaba desde mi nariz hasta mi barbilla y un lente de contacto
de color rojo en mi ojo izquierdo, era la viva imagen bizarra que vio el pobre
hombre cuando entré en aquella sala de interrogatorios. Él estaba amarrado la
silla por las manos, pero en cuanto entré lo primero que hice fue sacar uno de
mis cuchillos y caminar hacia él. Fui por detrás, cortando las cuerdas que
mantenían sujeta una de sus manos.
— ¿McKelly manda a una prostituta a interrogarme? —preguntó
el tipo causándome una mueca mientras.
—La mano sobre la mesa —le dije al tiempo que amartillaba el
arma y colocaba el cañón de la misma en su nuca. Sonreí para mí mismo y rodeé
la mesa, usando mi otro brazo para impulsarme y me coloqué del otro lado.
Con mi mano libre le tomé de la muñeca, sin despegar mi
vista de él y con una sonrisa cubierta por aquel pañuelo. Guardé le arma en su
funda y saqué uno de mis cuchillos favoritos, su filo era de los mejores y su
grosor era el adecuado para poder cortar no sólo carne, sino huesos también.
Puse el cuchillo sobre la punta de su dedo meñique, era parte del procedimiento
comenzar por ese dedo. Lo miré a los ojos y ladeé la cabeza, presioné con
cierta fuerza el cuchillo y le vi hacer una mueca de dolor.
— ¿Dónde está Valentino? —pregunté. Él nada más bufó y negó
con la cabeza.
—Con una puta, quizás —me respondió a lo que terminé de
empujar con fuerza el cuchillo cortando su dedo meñique.
Lo escuché gritar de dolor y retorcerse en su asiento. Sus
gritos y la sangre manando de su dedo, manchando la mesa y mi mano, era un
deleite. Estaba realmente excitado en ese momento, por lo que sólo pensaba en
continuar.
—Anda dime, ¿dónde está Valentino? —volví a preguntar
colocando el próximo dedo bajo mi cuchillo.
Nos mantuvimos de esa manera. Le iba cortando uno a uno los
dedos, sintiendo mi sangre hervir ante cada provocación, pero con mi rabia
drenándose con cada gota de sangre que brotaba de su mano. En un momento pasé
la mano por mi pecho, y lamí mis dedos manchados de sangre de mi torturado.
Sólo quedaba el pulgar de su mano izquierda cuando el hombre volvió a hablar un
poco más coherente entre sus gritos de dolor.
—Sé quién eres… Su mascota, su juguete —dijo y yo volví a
repetir mi pregunta, pero él sólo se rio de mi insistencia. Corté su dedo
pulgar usando ambas manos y reí más fuerte al escuchar su grito atronador.
Me subí a la mesa, manchando mis pantalones con la sangre de
ese sujeto. Lo miré a los ojos y sonreía mientras abría las piernas delante de
su rostro. Él observó con burla como un bulto se había formado debajo de mis
pantalones. Tomé su rostro y lo froté por un segundo contra mi erección,
apartándolo antes de que recordara que aún tenía dientes. _Los podría ir
sacando uno a uno, así no me preocuparía por ellos_ pensé antes de empujar
aquella silla y bajarme del otro lado.
—Necesito que cooperes… Dime dónde está Valentino Ramirez y
no acabaré contigo —sentencié bajándome de la mesa.
—No… Sólo eres su puta… —dijo viendo como me arrodillaba
delante de él, presionando el empeine de su pie desnudo contra el suelo con una
de mis manos mientras presionaba el otro con mi rodilla contraria. —Te
descartará —dijo de nuevo.
— ¿Dónde está Valentino? —repetí posicionando mi cuchilla
debajo de una de las uñas de su pie derecho.
Sólo fue el comienzo de una gran diversión. Cada uña que
arrancaba de su mano o de su pie, cada dedo que cortaba, cada pedazo miserable
de piel que sacaba. La sangre que manaba de sus heridas mientras me deleitaba
con sus gritos y algunas lágrimas que iban cayendo por sus mejillas. Sus ropas
quedaron destrozadas y manchadas de sangre mientras me deleitaba cortándolo. Toda
la rabia y el odio que pudiera sentir hacia el mundo lo iba desquitando en ese
momento. Iba dejando salir mis emociones entre risas y gemidos de placer al
sentir la sangre del tipo correr por mi cuerpo, por mis manos, ensuciando mis
cuchillas y mis mejillas cuando las pasaba por ellas.
—Tienes… un… hermano —dijo en un momento de agonía mientras
yo sostenía el dedo índice de su mano derecha entre mis manos. Me había sentado
sobre su pecho descubierto, pues el tipo había terminado tirado en el suelo.
— ¿Y? —dije mientras balanceaba aquel dedo entre los míos.
—Valentino… él… —comenzó a decir mientras tomaba su brazo y
continuaba haciendo cortadas solo para embadurnar más mis dedos de su sangre.
— ¿Lo tiene el Cartel de Cuñac? Qué novedad —dije restándole
importancia aunque sólo era el éxtasis que no me dejaba procesar la
información.
—Parroquia… Saint Thomas… Santo Domingo… 1536 —dijo mientras
me miraba con apenas un atisbo de espíritu brotando en cada palabra.
—Así es, buen chico —le dije acariciando su mejilla con mis
manos completamente ensangrentadas.
Me senté sobre su ingle, sintiendo su miembro completamente
flácido pues nadie podría tener una erección en un momento así. Salvo que sea
un completo masoquista, no sé si yo llegue a ese extremo, sí sé que esto me
excita. Estiré mi mano y tomé su cuello mientras con la otra me bajaba
sutilmente aquellos shorts, sacando la erección que no era para nada
disimulada. Comencé a masturbarme mientras comenzaba a ahorcarlo con una mano.
Sus ojos desorbitados, su mueca desencajada, la sangre que manaba de sus
heridas y cubría mi cuerpo… Todo era como llegar al clímax. Acabé en su rostro,
causando que se ahogue aún más con mi semen.
Jadeando, desganado, completamente satisfecho con la emoción
del momento, apenas sí estaba procesando que dijo que ellos tenían a mi
hermano. No sé hasta qué punto eso puede ser real, pero había prometido a mi
amo no buscarlo, me conformé con una llamada y eso me hizo sentir tranquilo. Ionel está bien, mi Ionel está a salvo
pensaba mientras me ponía de pie, tomando nuevamente un cuchillo. Acomodé al
hombre en el suelo, medio sentándolo con su espalda apoyada en mi pecho.
—Gracias —le dije al oído a un inconsciente tipo, al parecer
la falta de aire le había provocado un desmayo. Llevé el cuchillo a su cuello y
lo corté, un corte limpio y cuya sangre manó del mismo como agua de manantial. Es tibia, cálida, acogedora, me hace
recordar que estoy vivo, que todos estamos vivos, que la vida es más que sólo
dolor y sufrimiento, que yo también puedo provocarlo. Y me encanta.
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