sábado, 26 de septiembre de 2020

Tortura - Mafia

 


Idiota... Estúpido, maldito hijo de puta. ¿Como se atreve a hablarme así delante del amo Alex? Me las pagará el desgraciado ese, me pagará todas y cada una de las suyas, cuando llegue a ser alguien importante dentro de la jerarquía. O al menos eso pensaba mientras iba caminando con los mil demonios encima hacia la habitación que solía compartir con otras presas. Si bien la mayoría de las noches me la pasaba en la habitación del amo, también tenía mis pertenencias o mi ropa allí. Anoche no había dormido conmigo, pero había estado trabajando hasta tarde en las oficinas del hotel.

Desde que su hijo murió, el amo no es el mismo. Admito que me puso bastante feliz el verlo esa mañana tan enérgico a pesar de no haber dormido. Claro que ahora que conozco a su invitado, me arrepiento de haberme alegrado. Ojalá ese idiota se pudra en el mismísimo infierno, que arda, que los cuervos le saquen los ojos, que lo desmiembren vivo y todo lo malo que hay en este mundo me decía mientras entraba en bóxer en la habitación de mis colegas.

Algunos se estaban arreglando, otros estaban recién despertándose y otros ya se habían ido hacía un momento. El harem del amo Alex era realmente variado y numeroso, pero sólo yo iba a la escuela y tenía el privilegio de decidir cosas o me dieran encargos como si fuera un cazador más que una presa. Por eso muchos no me hablaban, pero no podía evitar sentirme mucho más que ellos y ser mucho más que ellos inclusive. No les di importancia mientras avanzaba hacia mi cama.

Una de las chicas se me acerco mientras estaba poniéndome un par de pantalones. Eran unos shorts apenas unos centímetros más largos que los bóxeres. En realidad, estaba muy acostumbrado a usar poca ropa, me sentía cómodo así. Me preguntó por el nuevo invitado a lo que le dije que no era más que un idiota nuevo, que se veía bastante “rudo”, asique les advertí que tuvieran cierto cuidado. La chica nada más rio un poco y me recalcó que seguro “ya me había peleado con él” a lo que simplemente bufé.

Tomé el pañuelo rojo que suelo usar en estas ocasiones y salí de aquella habitación. Le pedí a mi guardia la llave y éste me la pasó sin chistar, con ella me dirigí a la caja que Alex me había autorizado y saqué mi cinturón junto con las demás cosas. Un arma de bajo calibre y corto alcance y varios cuchillos encastrados en el mismo. No me cambié el cazado, era la parte de más bizarra del interrogatorio.

Aquellas botas de teibolera, un torso masculino desnudo, un pantalón excesivamente corto, un cinturón con armas de fuego y blancas, un pañuelo rojo que tapaba desde mi nariz hasta mi barbilla y un lente de contacto de color rojo en mi ojo izquierdo, era la viva imagen bizarra que vio el pobre hombre cuando entré en aquella sala de interrogatorios. Él estaba amarrado la silla por las manos, pero en cuanto entré lo primero que hice fue sacar uno de mis cuchillos y caminar hacia él. Fui por detrás, cortando las cuerdas que mantenían sujeta una de sus manos.  

— ¿McKelly manda a una prostituta a interrogarme? —preguntó el tipo causándome una mueca mientras.

—La mano sobre la mesa —le dije al tiempo que amartillaba el arma y colocaba el cañón de la misma en su nuca. Sonreí para mí mismo y rodeé la mesa, usando mi otro brazo para impulsarme y me coloqué del otro lado.

Con mi mano libre le tomé de la muñeca, sin despegar mi vista de él y con una sonrisa cubierta por aquel pañuelo. Guardé le arma en su funda y saqué uno de mis cuchillos favoritos, su filo era de los mejores y su grosor era el adecuado para poder cortar no sólo carne, sino huesos también. Puse el cuchillo sobre la punta de su dedo meñique, era parte del procedimiento comenzar por ese dedo. Lo miré a los ojos y ladeé la cabeza, presioné con cierta fuerza el cuchillo y le vi hacer una mueca de dolor.

— ¿Dónde está Valentino? —pregunté. Él nada más bufó y negó con la cabeza.

—Con una puta, quizás —me respondió a lo que terminé de empujar con fuerza el cuchillo cortando su dedo meñique.

Lo escuché gritar de dolor y retorcerse en su asiento. Sus gritos y la sangre manando de su dedo, manchando la mesa y mi mano, era un deleite. Estaba realmente excitado en ese momento, por lo que sólo pensaba en continuar.

—Anda dime, ¿dónde está Valentino? —volví a preguntar colocando el próximo dedo bajo mi cuchillo.

Nos mantuvimos de esa manera. Le iba cortando uno a uno los dedos, sintiendo mi sangre hervir ante cada provocación, pero con mi rabia drenándose con cada gota de sangre que brotaba de su mano. En un momento pasé la mano por mi pecho, y lamí mis dedos manchados de sangre de mi torturado. Sólo quedaba el pulgar de su mano izquierda cuando el hombre volvió a hablar un poco más coherente entre sus gritos de dolor.

—Sé quién eres… Su mascota, su juguete —dijo y yo volví a repetir mi pregunta, pero él sólo se rio de mi insistencia. Corté su dedo pulgar usando ambas manos y reí más fuerte al escuchar su grito atronador.

Me subí a la mesa, manchando mis pantalones con la sangre de ese sujeto. Lo miré a los ojos y sonreía mientras abría las piernas delante de su rostro. Él observó con burla como un bulto se había formado debajo de mis pantalones. Tomé su rostro y lo froté por un segundo contra mi erección, apartándolo antes de que recordara que aún tenía dientes. _Los podría ir sacando uno a uno, así no me preocuparía por ellos_ pensé antes de empujar aquella silla y bajarme del otro lado.

—Necesito que cooperes… Dime dónde está Valentino Ramirez y no acabaré contigo —sentencié bajándome de la mesa.

—No… Sólo eres su puta… —dijo viendo como me arrodillaba delante de él, presionando el empeine de su pie desnudo contra el suelo con una de mis manos mientras presionaba el otro con mi rodilla contraria. —Te descartará —dijo de nuevo.

— ¿Dónde está Valentino? —repetí posicionando mi cuchilla debajo de una de las uñas de su pie derecho.

Sólo fue el comienzo de una gran diversión. Cada uña que arrancaba de su mano o de su pie, cada dedo que cortaba, cada pedazo miserable de piel que sacaba. La sangre que manaba de sus heridas mientras me deleitaba con sus gritos y algunas lágrimas que iban cayendo por sus mejillas. Sus ropas quedaron destrozadas y manchadas de sangre mientras me deleitaba cortándolo. Toda la rabia y el odio que pudiera sentir hacia el mundo lo iba desquitando en ese momento. Iba dejando salir mis emociones entre risas y gemidos de placer al sentir la sangre del tipo correr por mi cuerpo, por mis manos, ensuciando mis cuchillas y mis mejillas cuando las pasaba por ellas.

—Tienes… un… hermano —dijo en un momento de agonía mientras yo sostenía el dedo índice de su mano derecha entre mis manos. Me había sentado sobre su pecho descubierto, pues el tipo había terminado tirado en el suelo.

— ¿Y? —dije mientras balanceaba aquel dedo entre los míos.

—Valentino… él… —comenzó a decir mientras tomaba su brazo y continuaba haciendo cortadas solo para embadurnar más mis dedos de su sangre.

— ¿Lo tiene el Cartel de Cuñac? Qué novedad —dije restándole importancia aunque sólo era el éxtasis que no me dejaba procesar la información.

—Parroquia… Saint Thomas… Santo Domingo… 1536 —dijo mientras me miraba con apenas un atisbo de espíritu brotando en cada palabra.

—Así es, buen chico —le dije acariciando su mejilla con mis manos completamente ensangrentadas.

Me senté sobre su ingle, sintiendo su miembro completamente flácido pues nadie podría tener una erección en un momento así. Salvo que sea un completo masoquista, no sé si yo llegue a ese extremo, sí sé que esto me excita. Estiré mi mano y tomé su cuello mientras con la otra me bajaba sutilmente aquellos shorts, sacando la erección que no era para nada disimulada. Comencé a masturbarme mientras comenzaba a ahorcarlo con una mano. Sus ojos desorbitados, su mueca desencajada, la sangre que manaba de sus heridas y cubría mi cuerpo… Todo era como llegar al clímax. Acabé en su rostro, causando que se ahogue aún más con mi semen.

Jadeando, desganado, completamente satisfecho con la emoción del momento, apenas sí estaba procesando que dijo que ellos tenían a mi hermano. No sé hasta qué punto eso puede ser real, pero había prometido a mi amo no buscarlo, me conformé con una llamada y eso me hizo sentir tranquilo. Ionel está bien, mi Ionel está a salvo pensaba mientras me ponía de pie, tomando nuevamente un cuchillo. Acomodé al hombre en el suelo, medio sentándolo con su espalda apoyada en mi pecho.

—Gracias —le dije al oído a un inconsciente tipo, al parecer la falta de aire le había provocado un desmayo. Llevé el cuchillo a su cuello y lo corté, un corte limpio y cuya sangre manó del mismo como agua de manantial. Es tibia, cálida, acogedora, me hace recordar que estoy vivo, que todos estamos vivos, que la vida es más que sólo dolor y sufrimiento, que yo también puedo provocarlo. Y me encanta.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario