sábado, 26 de septiembre de 2020

Engel: La melodía del vampiro (Cap. 2)

 


Capítulo II:

La calle es su lugar


“Ella es amiga de un pordiosero,
y toma anfetas cuando está mal.
Si su cuna fue un triste agujero,
¿cuál es la culpa que debe pagar?”

GIT


Los dos se pararon en aquella pequeña escalera de madera, la que se encontraba detrás del escenario. Para cualquier bailarín esta etapa conllevaba un momento de muchas mezclas emocionales. La ansiedad de querer subir en ese preciso momento, la emoción de ver al público aplaudiendo y silbando, verlo disfrutar de los movimientos que ellos realizan; el pánico de equivocarle, la torpeza que sientes que se plasma en tus manos y pies y que te llevan a moverte de manera extraña; los nervios que te carcomen por dentro pero que se superan una vez ponen un solo pie sobre las tablas de aquel escenario, o el que sea. Para cualquier bailarín es una mezcla de emociones desgastantes que te destrozan el alma y estrujan el corazón antes de salir a escena y que las luces te enfoquen como la atracción principal de esa noche. La respiración agitada, las palpitaciones que se hacen sentir debajo del pecho y ese leve mareo producto de todo eso se agolpaba en los corazones y pensamientos de cualquier bailarín, pero ellos eran diferentes.

Ionel y Violeta estaban emocionados porque subirían finalmente al escenario y su actuación por fin llegaría a su fin. Ambos amaban bailar, ambos estaban totalmente satisfechos de que D’Amour fuera un espacio indicado para que ellos mostraran sus capacidades y su forma de hacer arte, pero no era esa noche la noche más esperada por ellos. Saber que más ojos estarán pendientes de sus cuerpos que de los movimientos que realicen, saber que después de eso algunos les seleccionarían como si fueran algo que pueden consumir y por lo que se venden con relativa facilidad, amargaba los deseos de cualquiera, pero más los deseos de Violeta. Una mujer correcta, una vástago casi tan pulcra como sus trabajos, pues ella no aceptaba la labor de prostituta, las pocas veces que lo hizo fue por una mera y gran necesidad. Una mujer vástago que esconde un secreto sabido sólo por René, la única que le tendió una mano y que le ayudó con sus pesares, la única vástago capaz de contemplarla con ojos comprensivos y que no la juzgó en ningún momento. A ella le debía mucho más de lo que le debía a otros vástagos o humanos, los mismos humanos que la entregaron a los vampiros y la dejaron de lado sólo para salvarse ellos. Violeta había estado sola durante mucho tiempo, hasta que René la salvó, no podía negarse a bailar.

Amaba bailar desde que era pequeña, desde que era humana de hecho. Su forma de bailar no era muy refinada, pero sí era muy femenina de hecho, sus movimientos eran gráciles y parecían un poco frágiles, por eso es que René le pedía que actuara junto a Alister en ese tipo de shows. Cuando Ionel se incorporó al grupo lo hizo por un motivo similar. Su rostro angelical, su mirada cargada de inocencia, su contextura delgada y pequeña le hacían parecer un joven vástago con menos de cien años de vida. Además su forma de bailar destilaba inocencia y emociones, destilaba sentimientos que no podía sacar en su vida cotidiana.

Ionel era un caso diferente al de Violenta, pero ambos habían sido rescatados por René y su gente, aunque en su caso fue Alister quien le ayudó en primer lugar. Era un joven perdido a la suerte del altísimo y que no sabía cómo sobrevivir en las calles, su buen corazón hacía que su inmensa fuerza no sirviera de mucho, negándose a alimentarse correctamente hasta desfallecer producto del hambre y el agotamiento. Alister le había devuelto la esperanza de seguir viviendo, le había ayudado con sus constantes miedos y temores, había sido ayudado por todos en ese bar, por eso no se podía negar. A pesar de todo eso, no podía hacer otra cosa que ignorar aquella voz que le perturbaba desde que tenía uso de conciencia y le decía que no lo hiciera, que matara a todos los presentes, aquella voz sanguinaria que le carcomía las emociones y la cabeza cada vez que se presentaba un silencio o cada vez que los nervios le atacaban, como en ese momento. Subir a ese escenario le molestaba, no quería que Gorca le viera en aquella actuación, pero había decidido que asumiría la responsabilidad que había tomado y por eso se había negado a dar marcha atrás. Todo eso no impedía que las voces en su cabeza le dijeran que no fuera a ese lugar, que bajara de ahí y asesinara no sólo a ese vampiro sino a todos los demás. Sus voces estaban movidas por el hambre, le decían que se alimentara, que por fin probara un bocado digno de su naturaleza, pero él se negaba a ella. No iba a dejar que su dichosa naturaleza, aquella que le condenó a la vida que estaba viviendo, que vivió y que vivirá, le manipulara, o al menos no tan fácilmente.

Desde donde estaban, desde el primer escalón de la dichosa escalera, podían ver la puerta, bastante ancha, que les llevaría a pisar las tablas del espacioso escenario de D’Amour. Las luces aún estaban tenuamente encendidas, como para que los clientes pudieran disfrutar de sus comidas y bebidas, así como de la charla y la música suave que estaba sonando. El jazz se mezclaba con la charlatanería de todos esos vástagos, y algunos vampiros, adinerados y pervertidos que se agolpaban para ver ese show. Un poco les revolvía el estómago, pero era su estilo de vida, el estilo de vida que habían aceptado. Una vez que las luces bajaran, una vez que escucharan la música podrían subir al escenario para mostrar la rutina que tanto habían ensayado. Suspiraron levemente, no necesitaban hablar para comunicar lo que estaban pensando, no necesitaban decir nada más que eso para que el otro supiera lo que estaba pensando.

El momento llegó. Las luces cayeron, las voces se apagaron y la música se silenció por un momento. Eran los segundos claves en que ellos debían esperar para subir y adentrarse en el escenario, en el mundo de la danza y del deseo, el momento en que dejarían de ser quienes eran para volverse un personaje. En ese momento Alister se unió a ellos y se paró detrás del dúo, sus ojos un poco idos, sus movimientos más toscos que de costumbre y su sonrisa lujuriosa daban cuenta que no era sólo él quien estaba con ellos esa noche, sino las dichosas pastillas que usaba para entrar en ese personaje. En el personaje sádico que le habían dicho que tenía que ser, en ese personaje deseoso de dolor y padecimiento, aquel ser que jugara con las vidas de sus compañeros hasta el punto de excitarse, una diversión debía ser para él. Alister sabía que eso era en el fondo, un pequeño y sádico monstruo, pero esa noche no lo quería ser, no quería hacer su papel, por eso mismo decidió que lo mejor sería que se entregara a aquellas drogas y hacer un buen rol. Suspiró y sonrió cuando la música comenzó a sonar, Ionel apretó los puños y se contuvo mientras apagaba su mente por unos segundos antes de subir por las escaleras, y Violeta negaba con la cabeza al no estar de acuerdo con la actitud que tomaba su joven compañero con la lanza en la oreja.

Los pasos de los dos jóvenes vástagos, quienes subían primero se hicieron presentes en el escenario. Movimientos gráciles, profundos, como si sintieran esa melodía triste y sofocante como parte de su alma. Ambos movían las manos y pies con actitudes diferentes, Violeta parecía más bien resignada a elevar sus brazos y dejarse vencer con esos sentimientos de lujuria que la invadían, sus ojos hacia atrás la hacían parecer en éxtasis. Ionel era inocente, era pequeño, era joven, era un adolescente que se movía con libertad, como si buscara encontrarse o encontrar a ese alguien con el que soñaba. Los dos disparaban jovialidad y hermosura, moviéndose por ese escenario, jugando con una de las sillas de madera que había en un costado, enrollándose con dulzura en ese caño de metal colocado en medio del escenario, riendo como si se divirtieran, como si eso fuera un juego. A veces se tocaban, a veces sus manos rozaban sus zonas más íntimas, como con timidez, como si fuera un juego inocente, como si no supieran lo que hacían, ese era el momento culminante de su primera actuación.

La inocencia que se va perdiendo, el alma y el cuerpo que van creciendo, la lujuria que se va desenvolviendo en el cuerpo de ellos, como si no fueran vástagos que no pueden crecer. Los vampiros y vástagos tienen una niñez tan corta que después no la vuelven a vivir, como si fuera un suspiro su vida de niño pasa frente a sus ojos a cambio de una larga vida de miseria y adultez que se deja de lado. El único momento de juego pasa a ser el sexual, pasa a ser el de esos jóvenes descubriendo sus fetiches, sus gustos, sus placeres y sus ideas nuevas. Eso le gustaba ver a los vampiros, y varios vástagos, cómo la inocencia se corrompía y destrozaba, cómo se les era arrebatado lo hermoso con un solo toque, como los besos podía ser algo más horrible y placentero. Los rocen, los toques, las lenguas que danzan en un movimiento unísono, los labios que envuelven al de otros, ese abrazo que no trasmite cariño, sino deseo, ese beso que Ionel y Violeta están interpretando con todo el sentimiento fingido que puedan poseer. Leves gemidos y suspiros, así como enlaces entre manos hacían que el público se deleitara y sonriera como si vieran la mejor botella de sangre para comprar.

La música acompañaba el momento, la música era mítica, tranquila y emocionante a la vez, deseosa e inocente al mismo tiempo, parecía que esa melodía danzaba y se movía al compás de ellos, parecía que había sido creada por sus espíritus. Parecía que una vez que sus espíritus se perdieron, la música se perdió. En medio de ese beso lujurioso, cargado del deseo reprimido, de las ganas de llegar a mayores, la música se detuvo, el silencio captó aún más la atención del público, hizo que la atención cayera aún más sobre ellos, hizo que todo el tiempo se detuviera en medio de la contemplación. Ese efecto hizo que, cuando los jóvenes se separaron quedando unidos por un hilo de saliva, pues ninguno había mordido al otro, se sintiera aún más el cambio de atmósfera, la entrada de aquel personaje y el cambio de melodía.

El sonido del aire siendo cortado por el latigazo que Alister dejó ver, como una especie de entrada triunfal en aquel escenario donde sus dos compañeros se agazaparon, como si fueran dos bestias salvajes dispuestas a ser amansadas y mostrando los colmillos de vampiro que ahora estaban completamente expuestos. La mirada de Alister era completamente diferente a la que estaban acostumbrados a ver, los ojos perdidos en las divagaciones, la sonrisa que mostraba los colmillos y la cabeza ladeada, como si de un loco se tratase. Una risa estridente se hizo notar en medio de la música y el silencio del público, que estaba expectante por ver a ese ser que parecía salido de una película de terror. Un nuevo latigazo que chocó contra el suelo captó la atención y logró el sobresalto de los dos vástagos. Ionel se movió hacia un costado, su actuación de “ser bestial” era más que perfecto, pues sentía que algo dentro de él se sentía libre en ese momento, cosa que nunca le había pasado con anterioridad, ni siquiera durante los ensayos. Violeta no se movió de su lugar, tal y como lo habían estipulado en los ensayos.

Tomando a la vástago por el cabello, Alister la levantó con rudeza del suelo, para besarla con una fuerza y una demanda que ella bien no recibía, era todo parte del acto. La joven parecía resistirse, parecía luchar contra el vástago que comenzaba a pasar sus manos por el cuerpo de aquella mujer, mordiendo parte de su cuerpo, sin llegar a beber su sangre, pero causando que parte de ésta comenzara a correr por su cuerpo. Ver la sangre correr por su cuerpo, ver como el vástago arrancaba parte de la vestimenta de la mujer, hacía que el público se volviera completamente loco. En medio de bailes grotescos y de el látigo de Alister que danzaba sobre el escenario, golpeándolo, pero también enredándose en el cuerpo de Violeta, apretándole levemente, entre mordiscos y besos robados a la fuerza, la joven fue cediendo ante los pedidos de ese hombre que demostraba su dominio mediante fuerza bruta.

Una vez Violeta cedió ante las peticiones violentas del otro vástago, éste la tomó nuevamente por el cabello, para después tomarla por el cuello. Una de sus uñas causó un fuerte corte en el cuello de la chica, el lado que daba al público lógicamente, deleitándolos con la mueca de dolor de la joven, que la exageró para mayor placer. Acto seguido bebió aquella sangre que corría por su cuello, lamiendo la misma y saboreándola como si fuerza el mayor manjar del mundo. Ahora sí estaba bebiendo la sangre de su compañera, hecho al que estaba reacia, pero ella le había pedido que lo hicieran, pues comprendía que el público no estaría tan acostumbrado a ver la tercera parte de aquel baile. De una sola lanzada y usando su propio cabello, Alister lanzó a la joven lejos, ella rozó apenas el caño en medio del escenario y cayó al suelo. Acto seguido sus ojos se posaron el Ionel, el único que le había pedido que no bebiera de su sangre. A pesar de que sentía curiosidad por saber el porqué de esta petición, la dejó de lado rápidamente y se dedicó a llevar a cabo su papel.

Ionel estaba agazapado como una fiera, se había quitado la remera que apenas sí le cubría el pecho y la espalda, mientras que Violeta estaba del otro lado del escenario, jugando con ese caño de metal en medio del mismo, pero sin llamar mucho la atención y que ésta se desviara de sus compañeros. Alister esbozó una sonrisa lujuriosa, perversa, una de esas sonrisas capaces de helar la sangre de las cualquiera que la mirase, y acto seguido sacó nuevamente su látigo, haciéndolo chistar en el aire. El chasquido fuerte que provocó el movimiento en medio de aquella música estridente y que llenaba de adrenalina a los presentes, hizo que se escuchara un grito colectivo del público. El gruñido casi bestial de Ionel fue el momento indicado para que aquel látigo se golpeara contra su piel, provocando un grito de dolor, como el de una bestia herida, que resonara en medio del salón. Leves gotas de sangre comenzaron a correr por la espalda del joven, la marca de la herida era muy visible en medio de su blanca piel.

Sin dar tiempo a que Ionel se preparara o se moviera del lugar donde estaba en medio de un espectáculo donde el dolor era parte del placer, Alister usó nuevamente le látigo, pero esta vez de forma diferente. El látigo se enroscó en el cuello del joven vástago que de inmediato sintió la fricción del mismo, además de la leve presión que ya generaba su chocker. Un grito ahogado se dejó salir de la garganta de la pequeña bestia quien había captado la mirada de todos los presentes, mientras que la risa estridente hizo eco en medio de la música que resonaba en D’Amour. Sin un ápice de compasión, Alister jaló a su compañero del cuello, hasta dejarlo junto a sí. Los dos vástagos se observaron mutuamente, como si lucharan y se desafiaran mutuamente. Pronto el vástago dominante jaló con más fuerza el látigo que envolvía su cuello, causando muecas de dolor del contrario y que éste se arrodillara en el suelo, con sus manos intentando quitar el objeto. De frente al público, con los ojos cristalinos por la asfixia, la boca abierta dejando ver sus colmillos, su dominante detrás, ajustando el amarre como si éste fuera su perro acompañado de su sonrisa lasciva, toda esa escena era el deleite puro de los espectadores.

Dando pasos al compás del rock pesado que resonaba, Alister rodeaba el cuerpo del joven vástago al tiempo que desajustaba el amarre que mantenía sobre su cuello. El jadeo brusco, causando por el prolongado momento de asfixia causaba la excitación en los espectadores, sobretodo en uno que estaba pendiente de las muecas y facciones de su chico elegido. Pronto el vástago mayor se colocó en cuclillas junto al menor, tomándolo de la trenza que Violeta le había hecho y jalándola, haciendo que su cabeza quedara hacia atrás y le contemplara. Con una sonrisa besó sus labios, dejando que el público viera de forma patente como su lengua danzaba en el interior de la boca del menor, que vieran cómo éste intentaba alejarse y era detenido por el agarre de su pelo. Cuando se separaron y se escuchó un gruñido provenir de la garganta de Ionel, Alister hizo uso de sus garras de vástago. Con lentitud y deleite, comenzó a rasgar la piel del pecho del joven al tiempo que pasaba su lengua por el cuello, besando la longitud de éste y pasando por momento por el lóbulo de la oreja del chico. Una mezcla de dolor y placer se agolpaba en el cuerpo del joven vástago, sentía cómo sus heridas sangraban y sentía como Alister le besaba el cuello y le lamía con un deseo que no podía describir. ¿Realmente ese vástago estaba actuando? A veces esa pregunta se le atravesaba por la cabeza, pero en ese momento su mente permanecía en blanco, sin poder articular pensamiento alguno.

Una vez la sangre del vástago llegó hasta el escenario, una vez que las primeras gotas de la misma mancharon las tablas, Alister dio un último jalón de pelo a Ionel y arañó su cuello, provocando que más sangre corriera por su cuerpo. Acto seguido, ambos se separaron. Alister comenzó una danza violenta con Violeta que bajaba del caño para enfrentarse a él. Sus cuerpos se movieron con brutalidad casi salvaje, como dos animales guiados por instintitos y por deseos, la lujuria y la perversión se entremezclaban en los movimientos de sus cuerpos, en los roces de sus genitales, en los toques lascivos que ambos se dedicaban. Mientras todo esto ocurría a sus espaldas, Ionel aún se encontraba arrodillado de frente al público, su vista perdida en el placer, sus ojos casi blancos por la pérdida de sangre, mas pronto sus heridas fueron sanando. Los vástagos tenían un rápido proceso de curación que era aprovechado por Alister a la hora de elaborar la danza que llevarían a cabo.

Para finalizar sus movimientos junto a Violeta, la mujer se posicionó delante de él y mientras una de sus manos se abría paso entre sus piernas, la otra hacía a un lado sus cabellos. Los colmillos de Alister se clavaron una vez más en el cuello de la mujer, la sangre brotó rápidamente y fue bebida por el contrario, quien se sentía más fuerte con ese acto. Con la boca ensangrentada y los colmillos bien marcados, esbozó una sonrisa hacia el público y hacia el otro vástago que le miraba con ojos dóciles desde el suelo. Ionel se puso de pie y caminó entre giros y pasos hacia sus compañeros, los tres se enfrascaron en una guerra por quien sería la verdadera y mejor mascota de Alister, dejándose hacer y deshacer por éste a su gusto y placer. El látigo, las garras y los colmillos del vástago dominante marcaron el cuerpo de sus compañeros en múltiples ocasiones. Una vez le despojaron de los pantalones, los dos vástagos sumisos se arrodillaron y comenzaron a besarle desde los pies hasta llevar a su entrepierna, dando a entender un acto mucho más sexual de lo que realmente fue. Besos y caricias se mezclaron al tiempo que la música se hacía lenta y daba a entender la llegada del final de la actuación.

Con un gemido de placer de los tres, uno más gutural que los otros u otro más humanizado quizás, Alister llevó a cabo su último movimiento. El látigo quedó enredado en el cuello de Ionel, mientras que el otro extremo del mismo quedó enganchado en el chocker de Violeta. Los dos vástagos sumisos arrodillados frente a su amo, los dos con sus rostros desbordados de placer y con el cuerpo cubierto de sangre, propia en su mayoría. Los dos jóvenes aparentemente excitados y la única joven deseosa de más placer, como si los afrodisíacos que habían tomado antes les hicieran efecto recién en ese momento, cuando la mayoría se había desvanecido a través de su sangre. Con esa escena plasmada en la mente de los pervertidos del público, los tres vástagos se marcharon del escenario aún con las correas puestas, pero caminando los tres al unísono. La actuación había terminado y los aplausos y silbidos del público daban cuenta de lo mucho que les había gustado, ahora restaba alistarse para seguir con su trabajo.

– – –

Silencio. El silencio no era común entre esas paredes, entre ninguna de las paredes de D’Amour era común el silencio. En ese momento los aplausos colmaban los oídos de los actores que a pesar de ya no estar sobre el escenario los escuchaban y sabían que iban dirigidos a ellos. Pese a todas esas personas que les habían visto y habían disfrutado, el reconocimiento por parte de aquellas personas nunca era deseado. Ser aplaudido por esos hombres con mente sucias y hasta mugrosas, ser usados como viles objetos de perversión no era algo que les gustara a ninguno de los presentes. Amaban bailar, o al menos les gustaba bastante, asique dejaban volar sus movimientos con pasión, pero al darse cuenta de su público no podían sentirse bien consigo mismos.

Soledad. Una sensación que se hacía carne en ellos. Desde que la sociedad les había hecho a un lado desde antes de ser vástagos, desde que el mismo Estado los había descartado como basura, como si su vida no significara nada, como si la vida para ellos fuera un regalo innecesario que merecía ser arrebatado para ser entregado a alguien más. Pero a pesar de esos pensamientos, a pesar de lo mucho que habían padecido cada uno en su infierno personal, seguían adelante pues se negaban a creer que realmente sus vidas no valieran nada. Tenían seres por los cuales luchar, amores a los cuales buscar, estilos de vida que anhelar, sus aspiraciones y deseos los mantenían no sólo a flote, sino cuerdos. A veces la soledad trastorna las mentes de aquellos que realmente se creen solos y sin un propósito para vivir.

El gran camerino donde estaban a veces se tornaba muy pequeño para estar solos ellos tres, o dos en ese momento. Ionel y Violeta se habían retirado antes, dejando atrás a un consternado Alister que poco podía comprender de todo lo que había hecho y lo que había pasado sobre ese escenario. Con el silencio y la soledad a cuestas los dos vástagos se sentaron en las sillas que estaban presentes en ese lugar, estaban un poco cansados y agotados por el show que habían brindado. Si bien sus heridas habían sanado completamente de una forma muy rápida, la sangre que habían perdido les había debilitado considerablemente, pues su alimentación no había sido especial o diferente ese día. La sangre era vital para que se mantuvieran con vida, era como el lubricante de sus órganos, la fuente de vitalidad que los mantenía vivos. Violeta fue la primera que se puso de pie y sacó una botella de sangre de la misma heladera. La sangre que se comercializaba para consumo de vástagos y vampiros, aún la de más baja calidad, debía pasar por un proceso previa para evitar que se coagule o se eche a perder con la rapidez natural. Con mucha sed, y hambre por supuesto, comenzó a beber el contenido. D’Amour les ofrecía sangre pura, la más pura posible, aunque no fuera de la más cara y de mejor calidad que hay en el mercado.

La sangre del tipo A+ u O+ no era considerada la más cara o de calidad dentro del mercado general de los vástagos y/o vampiros, por ese motivo los humanas con este tipo de sangre debían de pagar impuestos de sangre más caros o a veces complementar con dinero dichos impuestos. Aquellos con la suerte de poseer un tipo de sangre AB+ o su variante negativa eran considerados millonarios a los ojos de sus compatriotas humanos, pues podían pagar perfectamente sus impuestos al tener una sangre de mejor calidad. Por ese motivo los vástagos suponían que no estarían bebiendo ninguno de estos cuatro tipos de sangre mencionados, sino alguna otra intermedia, como podía ser un B+ o un O-, su paladar realmente no estaba preparado para sentir tantos sabores en la sangre, sólo los vampiros más puros y refinados podían percibir las sutiles diferencias entre los distintos tipos de sangre.

Violeta bebía con cierta rabia la botella de sangre, Alister había pasado un poco la línea que habían definido a la hora de planificar la actuación de esa noche, estaba bastante enojada con él de hecho. Éste último había permanecido en el último peldaño de la escalera de manera que conectaba el escenario con el pasillo angosto que le llevaría al gran camerino. Su mirada aún estaba perdida y su mente aún divagaba por los confines de sus pensamientos. ¿Qué había hecho ahí arriba? ¿De verdad había hecho aquellas cosas? Sentía que había bebido mucha sangre de vástago, sentía la boca un poco seca y sentía que su cuerpo daba vueltas alrededor de todo. No podía mantenerse en pie por sí sólo por mucho tiempo, por eso mismo se tomó de la pared y comenzó a caminar lentamente hacia donde estaban sus compañeros.

Apenas puso un pie en el umbral de la puerta pudo sentir la oleada de placer y dolor, no era solamente la actuación lo que lo había dejado en ese estado, aunque le molestara por sobremanera admitirlo. Había tenido que recurrir a eso por falta de entusiasmo, por miedo a no lograrlo, o quizás por miedo a disfrutarlo. Recordaba esos momentos de hace un par de años, aquellos momentos en los que ese tipo de actuaciones eran normales y muy disfrutables para él, pero cuando Ionel apareció, todo cambió. La compasión que había dormido en su ser todo ese tiempo despertó como por arte de magia al decidir ayudar a ese joven maltrecho sin hogar que había encontrado en la calle casi muerto de hambre. Desde ese día no pudo hacer daño, en sus actos por supuesto, como lo había hecho siempre. Sentía dolor al infringir dolor a sus compañeros, sentía un poco de asco de sí mismo al ver sus actitudes, al ver que disfrutaba de causar daño, estaba completamente consternado por eso. No obstante, no podía detenerse a pensar y analizar sus conflictos morales, o quizás hasta más profundo que eso, debía de seguir trabajando y no iba a hacer otra cosa que no fuera su trabajo de siempre. Había decidido sobrellevar su pesada carga a como dé lugar, aún si eso significaba la mirada de rabia que le dedicaba Violeta cuando hubo terminado de tomar su botella de sangre.

— ¿Lo disfrutaste al menos? —preguntó la mujer limpiando ese pequeño hilo de sangre que colgaba de sus labios.

—Creo que sí —dijo Alister con la voz queda y adentrándose en la sala. —No es que sea mi acto favorito.

—Claro… y por eso decides tomar esas mierdas tuyas antes de las actuaciones, ¿verdad? —comentó la joven dándole la espalda dirigiéndose hacia Ionel, quien estaba sentado en otra silla y cuyo semblante parecía bastante anémico, pese a la paradoja que es este hecho.

—Sin ellas no sería tan realista —contestó el contrario caminando al pequeño refrigerador y tomando una botella de sangre, tenía la boca bastante seca y saciaría su sed de esa manera.

—No me gusta que intoxiques tu cuerpo así, piensa en lo que estás haciendo —le sentenció Violeta mientras le pasaba la botella a Ionel.

—Gracias —contestó el vástago de mirada ausente que se debatía en la silla entre el desmayo y la lucidez.

—Lo tomaré en cuenta —contestó Alister con simpleza.

Las miradas se centraron por un momento en Ionel, quien bebía su botella de sangre con una parsimonia casi crispante. Mientras se podía ver en su semblante la debilidad, la pesadez de su cuerpo, se podía ver en las cuencas de sus ojos cómo su cuerpo caminaba por inercia sin razonar coherentemente lo que estaba haciendo, cualquier otro vástago estaría ahogándose en la sangre de esa botella, pero él no. Tomaba sorbos pequeños mientras sus ojos apenas sí recuperaban el semblante que deberían haber tenido con anterioridad, sus movimientos seguían siendo lentos y un poco torpes, al parecer la adrenalina que había corrido por su cuerpo en el escenario se había desvanecido.

A pesar de que había agradecido la sangre, a pesar de que comprendía que eso le ayudaría bastante a sentirse con energías nuevamente, comprendía en lo profundo de su mente que la ayuda que estaba recibiendo no era suficiente, no era siquiera el esbozo de la verdadera ayuda. Sus manos estaban dejando de temblar a medida que aquel líquido rojo era introducido en su torrente sanguíneo, podía sentir su cuerpo llenarse de leve energía, como quien come comida chatarra para saciar el hambre momentánea. Ionel era consciente de su condición, era consciente de la diferencia que guardaba en receloso secreto de sus compañeros, por eso mismo había recibido la botella de sangre y había bebido de ésta: para aparentar ser igual y pertenecer al mismo grupo.

A veces se asqueaba de sí mismo, a veces le molestaba lo que era realmente, a veces sentir el silencio que le invadía en medio de la gran cantidad de gente que le rodeaba le carcomía las entrañas, pero debía de soportarlo. Saberse diferente en un mundo donde se supone que debe ser igual era muy complicado para el joven vástago quien apenas sí lograba acoplarse a la vida diaria de ser un vástago común y corriente. Había tenido que aprender a sociabilizar a la fuerza, había tenido que comprender el significado de algunas palabras y expresiones que no había escuchado nunca en su vida, había tenido que adaptarse a tantas cosas que el fingir ser como los demás le salía de manera casi natural.

Engañarás a todos… pero a nosotros no —decía una de esas voces que solía escuchar, aquellos seres que a veces tenían cuerpo y a veces no, se manifestaban en los momentos donde más debilidad física sentía.

Tienes hambre y lo sabes —. A veces las voces adoptaban tonos femeninos, como si se trataran de una voz interna que le decía que en el fondo no era lo que aparentaba, que ni siquiera se sentía como un joven completamente heterosexual, pues su verdadero amor era un hombre, el único ser que le empujaba a seguir adelante aún sin estar presente.

Las ignoraba, aunque tenían razón. Las ignoraba aunque sabía que lo que decían era verdad. Solo él conocía su verdadera naturaleza, solo él conocía sus verdaderos instintos, solo él conocía lo que verdaderamente debía comer y le asqueaba saberlo. Se asqueaba de su vida y de su dichosa naturaleza especial, lo único bueno que le ha traído en esa vida esa dichosa condición de nacimientos era haberlo podido conocer a él. Sólo esperaba que ese joven al que tanto deseaba encontrar no fuera más que otro invento de su mente trastornada. Sabía que necesitaba no sólo tomar su medicación si quería que esos seres no hablaran más consigo mismo, sino que comprendía que debía alimentarse bien o ellos podían hacerse realmente insoportables, como lo estaban siendo.

Para colmo de los males que sentía en ese instante, saber que afuera le estaba esperando aquel vampiro con ansias de sangre y de someterlo a las humillaciones que se le ocurrieran le encolerizaba. Sentía como la adrenalina corría por su sangre nuevamente, como si estuviera a punto de salir a una de esas actuaciones improvisadas que tan bien le salían, iba a ir tras ese sujeto y le iba a empujar a donde debía ir. Tomó un poco de determinación, en el fondo sabía porqué estaba haciendo ese esfuerzo tan grande: su amado lo esperaba. Necesitaba el dinero para juntar más e ir a ver a su amado, necesitaba ese dinero para no darse por vencido y sumirse en la desesperación, y encontrar en la muerte un alivio a sus padecimientos.

Con esos pensamientos en la mente, se puso de pie de un solo movimiento. Sintió como sus piernas se tambaleaban y tuvo que sostenerse de uno de los pocos muebles ante el miedo de caer al suelo. Una de las heridas que tenía en el brazo amenazó con abrirse, pues la curación de ellas estaba siendo mucho más lenta de lo esperado. Al parecer su cuerpo hacía mucho tiempo que no se alimentaba bien y la pérdida de sangre durante la actuación había agravado el cuadro de debilidad que estaba teniendo.

Alister y Violeta le sujetaron por los hombros con la preocupación característica de dos amigos. En ese momento pudo sentir una calidez que había descubierto hacía relativamente poco. Confinado a esa mazmorra, en soledad y silencio, siendo tratado peor que a un animal causaba que cualquier muestra leve de afecto por parte de otros seres vivos le provocaran la calidez de la compañía. Ionel era muy simple en el fondo de su ser, no pedía mucho más de lo que tenía, pero su ambición llegaba hasta obtener la compañía que tanto anhelaba, la compañía de su amado. Por eso no iba a detenerse hasta conseguir ese sueño.

—Gracias amigos —dijo el vástago con una dulce y angelical sonrisa que ocultaba los deseos de alejarse del mundo que permanecían ocultos dentro de su corazón.

—Debes tener cuidado, bebe más sangre si es necesario —comentó Violeta, evidentemente preocupada por el estado de salud de su compañero.

—Tranquila, estaré bien —le tranquilizó el otro. —Mi noche recién empieza…

Al tiempo que terminaba de decir aquellas palabras, Alister se posicionaba delante de aquel decidido pero débil joven al que tanto cariño le había tomado.

—No debes hacerlo si no quieres —dijo el vástago con la mirada muy preocupada.

—Pero sí quiero —respondió el contrario con la única sonrisa que su cuerpo le permitió esbozar. Acto seguido, apartó levemente a su compañero de baile y se adelantó hacia la puerta por la que debía salir.

— ¿Por qué? —casi gritó el otro al tiempo que se volteaba y le contemplaba, Ionel quedó paralizado en el umbral de la puerta. — ¿Por qué quieres hacer eso? ¿Por qué no lo rechazas como muchos de aquí han hecho?

Hubo un silencio un poco incómodo entre los tres. A veces Alister era demasiado directo y casi obvio con sus preguntas, pero la verdad es que él mismo necesitaba que dijeran directamente porqué ese chico aceptaba pasar la noche con un sujeto como Gorca Rohde, con ese sádico que siempre le dejaba inconsciente y malherido, como si hubiera ido a una guerra o como si hubiera atravesado el mismísimo infierno. Violeta sólo no quería hablar, no se sentía capacitada para hacerlo, no podía ni se sentía legitimada para juzgar a alguno de sus compañeros. Habiendo tenido que hacer cosas de las que no estaba orgullosa por el bienestar de su hijo, no se sentía capaz de hablar en contra de lo que hacía Ionel, prefería intentar comprenderlo.

—Paga más que otros —dijo con simpleza Ionel, pues juntar el dinero suficiente para viajar era su meta.

—Pero muchas veces te da la mitad de lo que promete, no tiene sentido lo que haces —comentó nuevamente Alister.

— ¿Crees que otros hombres me pagarán más a mí por ser simplemente yo? —preguntó Ionel con la mirada un poco perdida, necesitaba comer algo más nutritivo y beber más sangre pronto. — ¿Acaso conseguiré muchos más clientes?

—Bueno… eres muy joven, te ves de menor edad inclusive, tienes gracia, encanto y eres muy agraciado físicamente, puedes conseguir muchos más clientes —intentó responder Alister pero el joven vástago negaba con la cabeza con cada cosa que le decía.

—No me siento capaz de estar con tantos clientes, sólo con Rohde me basta y me sobra, no toleraría sentir a muchos hombres varias noches seguidas —. Eso era cierto. A pesar de todos los aspectos positivos de Ionel, el joven no se sentía cómodo con ningún otro vástago o vampiro, además de que su personalidad bastante callada y reservada no le permitía hacer contacto o formar un vínculo rápido con otros seres. La verdad era que sus características físicas habían atraído al Lord vampiro, por su sola apariencia, y el dinero había motivado al vástago para aceptar su oferta. Aunque la verdad era que Lord Rohde no había sido el primer cliente del vástago cuando llegó bajo el cuidado de Rene.

—Pero… —intentó seguir cuestionando Alister.

—No, no me detengas —habló finalmente Ionel, pero antes de que saliera finalmente una añoranza en su corazón le hizo voltearse y contemplar a su salvador, a ese joven que le había dado una segunda oportunidad en el pasado y le sonrió. Aún en medio de su falta de certeza con respecto a todo lo que le rodeaba, pudo sonreír y mirarle, directamente a los ojos. —No me detengas, a menos que tengas un trabajo mejor para mí —repitió nuevamente para después desaparecer por esa puerta con un halo de resignación mezclado con determinación.

– – –

El salón principal de D’Amour estaba menos concurrido que antes. Durante el transcurso de la actuación muchos de los clientes del bar se habían marchado o bien habían conseguido uno de los trabajadores para pasar aquella noche tan bella a los ojos de cualquier vampiro o vástago en otras circunstancias. Entre aquellos que se encontraban aún presentes en aquel gran salón, estaban la vampiresa de vestido rojo, la dueña del bar, el vampiro que había llamado la atención de los trabajadores del bar y al que deseaban echar con todas sus fuerzas y aquellos vampiros que estaban muy animados hablando con él. Al parecer el show que habían brindado los vástagos había causado una suba de adrenalina en aquel hombre, razón por la cual se sentía con mayor confianza y estaba hablando animosamente con otro vampiro, otro empresario para ser precisos.

Las miradas de las mujeres se habían posado en aquel hombre descarado que no se iba del bar, que seguramente estaba esperando a Ionel para hacerle pasar una noche larga y dolorosa. Un leve gruñido escapó de los labios de aquella travesti al tiempo que apagaba el cigarrillo en el cenicero que tenían en medio de la mesa. Lady Balan no hizo otra cosa que observar a su amiga, evidentemente no le caía bien esta situación, sabía que ella desaprobaba completamente el sufrimiento de sus empleados, pero si Ionel aceptaba por voluntad propia no había algo que pudiera hacer, y eso la frustraba mucho.

Un suspiro escapó de los labios de la vampiresa después de beber el último sorbo de su bebida. Mas en cuento elevó la vista pudo divisar a un joven vástago de blanca piel y de oscuros cabellos, era más que evidente la utilización regular de tintes para el cabello y seguramente eran más duraderos que los comunes. Su menuda figura llamó la atención de los presentes y muchos le miraron con una sonrisa lasciva en sus rostros después de que cayeron en cuenta que era el joven que había actuado en el escenario. En cuanto a su mirada, escondida detrás de esos lentes negros, parecía más que sólo decidida, parecía una mezcla extraña de emociones que oscilaban entre la resignación y la esperanza. En el fondo nadie tenía la certeza de saber qué era lo que buscaba ese chico con ganar tanto dinero, ni sabían quién era ese amor del que tanto hablaba y del que se deleitaba hablando por horas y horas si le permitían eso, nadie sabía el nombre de aquel ser y muchos especulaban con que era de sexo masculino, pero ni siquiera el mismo Ionel le llamaba por su nombre.

Algunos de los compañeros de ese vástago de poca ropa que avanzaba por entre las mesas, con vista fija en la mesa de uno de los vampiros más odiado en el bar, le tildaban de loco. Era un completo loco por aceptar pasar una noche con Gorca Rohde, era un completo loco por hablar disparates sobre un amor en otro continente al que quería encontrar y al que debía ver lo más pronto posible aún sabiendo lo caro que era un pasaje de avión fuera de Gigat. Las políticas anti-inmigración del país más grande de todo el continente eran muy estrictas y, siendo un vástago rechazado por el ejército, era mucho más difícil salir por las vías legales. No obstante eso, las vías ilegales eran mucho más costosas y más difíciles de conseguir por la amplia demanda. Ionel debería viajar en una de ellas al carecer completamente de la documentación requerida y él mismo comprendía que era la forma más segura de viajar tomando en cuenta su persona, mas este hecho nadie lo conocía y nadie le había preguntado.

A pesar de que su vista se nublaba por momentos, a pesar de que su cuerpo perdía levemente el equilibrio con cada paso que daba, a pesar de que su corazón latía a mil por hora y que sus manos sudaban, Ionel logró acercarse a la mesa donde el vampiro estaba hablando con otro ser que parecía muy adinerado. En el fondo de su ser un vacío se formó, un vacío en su estómago se hizo mucho más presente a causa del poco alimento que había ingerido en esos últimos días, la sangre ya no le era suficiente, pero se negaba a comer otra cosa que no fuera eso. Las voces en su cabeza se acallaron levemente, pero el mensaje que le seguían trasmitiendo era el mismo: cómelo, mátalo; mátalo, cómelo. Con todo el pesar que esto le conllevó, logró acallar más esas voces cuando sus ojos se fijaron en los de Rohde. Indiferentes, imponentes, egocéntricos, pedantes… no era una descripción diferente de la que había hecho de los ojos de otros vampiros con los que se había cruzado a lo largo de su vida. Ese sujeto era un vampiro como todos los demás.

—Actuaste muy bien, pequeño —dijo el vampiro provocando un leve gruñido por parte del menor. A veces su fiera interna se dejaba manifestar en forma de leves gruñidos que no eran percibidos, la mayor parte del tiempo.

—Recuerdas el trato, ¿verdad? —contestó Ionel mirándole fijamente, sólo para acallar esas voces que aún hacían eco en sus pensamientos.

—Que impaciente eres —contestó el otro tras un suspiro de resignación. —Pero sí, lo recuerdo muy bien.

— ¿Vamos? —preguntó el vástago con la ansiedad de quien necesita dinero pronto.

—Estoy ocupado ahora, tengo que cerrar un trato —respondió y dirigió una sonrisa al hombre con el que estaba hablando.

Ionel no respondió nada, simplemente se quedó ahí parado, luchando contra sus instintos más salvajes, contra su lado más brutal, contra esa bestia interna que no le dejaba ni a sol ni a sombra y que se acaballaba con las pastillas que su amado le daba. Hacía ya mucho tiempo que no tomaba esas pastillas que hacía su día a día más calmado, por eso su lucha se había vuelto una guerra constante consigo mismo. Sin embargo, pronto sentir una mano que le rodeaba por la cintura y le movía de su lugar le sacó de su ensimismamiento.

Gorca Rohde le había tomado por la cintura y le había jalado hacia donde estaba él. La cercanía era mucha, la suficiente para que sus labios rozaran levemente le oído del vástago y que sólo éste pudiera escuchar lo que quería decirle.

—Pero tranquilo, estoy ansioso por pasar una noche contigo —comentó y lamió levemente el lóbulo de la oreja de Ionel en señal de deseo.

Con un sobresalto, Ionel le empujó y se alejó del agarre de aquel vampiro que se creía con la impunidad y el descaro de tocarlo de aquella manera frente a muchas personas y sin su consentimiento. Ese sujeto era realmente despreciable, de sólo pensar que pasaría una noche con él le asqueaba y le producía un dolor muy grande en el estómago, como si se anticipara a lo que venía.

—Te esperaré en mi habitación —sentenció le vástago una vez se hubo separado. —Sabes donde es —acotó y se encaminó hacia el cuarto que se encontraba en el mismo bar, en el segundo piso para ser precisos.

Los ojos de las dos mujeres se habían centrado en la escena con la impotencia de no poder hacer algo o golpear al vampiro, que se había ganado el odio de muchos para ese momento. Un fuerte suspiro escapó de los labios de las dos para después compartir miradas. La rabia y la impotencia se seguían reflejando en los ojos de la otra.

Parecía que un silencio incómodo se había formado en medio de aquella escena. Un joven vástago, un joven aparentemente pequeño y frágil, pero con la suficiente determinación como para enfrentarse a ese hombre que era más que un sádico, disfrutaba tanto con el sólo impartir dolor e intimidar a otros que su placer parecía estar complacido, pero no. Siempre iba a querer más, más sangre, más daño, más dolor, más sufrimiento, más espasmos en el cuerpo de ese pequeño vástago con una escasa cantidad de sangre que se tambalea mientras se acerca a una de las muchas puertas ubicadas al costado del gran salón.

A pesar de que el ruido se mantenía, de que la música seguía su curso y de que las personas hablaban como si nada, preocupándose de sus propias cosas, el tiempo no se había detenido sólo para aquellas dos mujeres adineradas. Una vástago travestida y una vampiresa nacida en cuna de oro sentían una gran empatía por esa pobre alma condenada a pasar su noche con Gorca Rohde, pero no sólo ellas. En el pasillo que se abría entre las mesas y las puertas de la pared del salón, caminaban los otros actores de D’Amour. Un andar tranquilo y taciturno mientras las miradas de ambos parecían perdidas en sus propias cavilaciones, cada uno pensando en lo que le depararía esa noche.

—Tengo un cliente —susurró Violeta mientras volteaba a la mesa de unos vampiros de un estrato social bastante más bajo que el de la vampiresa.

— ¿Segura que quieres hacer eso? —inquirió Alister en el mismo tono de susurro y con la mirada aún perdida en la nada.

—Obvio, es mejor que refugiarme en drogas para negar lo que soy —respondió ella y se desvió hacia dicha mesa.

Alister sólo siguió caminando, derecho, directo a los sillones donde estaban su jefa y su amiga y clienta, directo a esa zona donde la mesa entre ambas tenía un cenicero con abundantes colillas de cigarrillo. Al parecer las dos habían estado un poco estresadas durante la función, y es que conocían muy bien la naturaleza del joven vástago casi protagonista de los hechos. Su personalidad había cambiado sustancialmente desde que Ionel había aparecido en ese salón y desde que se habían hecho tan cercanos. Las dos eran conscientes de lo que pasaba por la mente del vástago, de la confusión que se veía en sus ojos, de lo mareado que parecía caminar y de lo taciturno que se volvía cuando el efecto pasaba.

Una vez que el Alister llegó más cerca de Lady Balan y de René, se paró detrás de la mesa ratona. Pudo notar que había dos vasos vacíos en medio de la mesa, uno a cada lado del cenicero lleno de colillas de cigarros. No lo miraron directamente, pero sí de reojo y pudieron ver como no reaccionaba. Sólo contemplaba a Lord Rohde como si quisiera asesinarlo en ese preciso momento, como si estuviera describiendo con su sola mirada cómo destruiría a ese ser de forma lenta y dolorosa. Sus manos temblaban levemente y su respiración era bastante agitada, pero la verdad era que no lo notaba, sus pensamientos estaban bastante confusos y no quería aceptar que todo en él estaba cambiando.

Meridia Balan fue quien habló primero, había ido a D’Amour con el deseo de pasar una noche con Alister pero estos hechos la habían tomado por sorpresa. En ese momento se dio cuenta de Alister la necesitaba más a ella, que viceversa. Suspiró al tiempo que exhalaba un poco del humo de su cigarro.

—Fue muy linda tu actuación —comentó la vampiresa aún sin mirarlo a los ojos. René elevó levemente la vista y contempló a ambos, no había prestado particular atención. No obstante, al ver la mueca desencajada del vástago, supo que no quería escuchar esa conversación.

—Debo irme —comentó la vástago, para luego ponerse de pie y alejarse de ese par.

Se formó un leve silencio, nada incómodo de hecho. Meridia fumaba con una parsimonia que carcomía los nervios del contrario, le destruía la poca tolerancia que había logrado juntar desde que ese sujeto le pagó por su revolcada antes de llegar al trabajo. Su trabajo nunca era muy bueno, su forma de hacer las cosas no siempre era la mejor, pero era lo que podía hacer. Antes el sólo disfrute de sentirse dominante, de sentir que podía golpear y hacer daño a alguien siendo consciente de que no lo lastimaría realmente le reconfortaba. Pero ahora esa sensación había desaparecido, Ionel estaba lastimado y débil y aun así iba a enfrentar a ese bastardo de Gorca. ¿Cómo podía disfrutar de algo así? No lo aceptaría, no quería aceptarlo.

— ¿Linda? ¿Mi actuación te pareció linda? —comentó Alister, logrando que la vampiresa lo contemplara fijamente.

Sin contestarle a aquellas preguntas, la mujer se puso de pie y apagó su cigarro en el cenicero. Le contempló desde los 5 centímetros que la separaban de ser igual que Alister, éste último elevó la cabeza y contempló a los ojos. Lady Meridia Balan era de la misma altura que ese joven vástago, pero con unos buenos tacos le sacaba esos cinco centímetros de distancia.

—Lástima que esas pastillas opacan todo lo que eres —dijo la mujer, causando el silencio por parte del contrario. —Vamos, te pagaré al final de la noche.

—Déjame cambiarme, no quiero que me vean así contigo—dijo bajito el contrario mientras la seguía. La vampiresa simplemente asintió con la cabeza.

– – –

―Vayamos a cenar a algún lado ―dijo Meridia después de que Alister se hubo subido al auto y cerrado la puerta del acompañante.

― ¿Cenar? ¿Por qué? ―preguntó algo sorprendido por la propuesta, ellos habían cenado juntos varias veces, pero siempre era una excusa para hablar de temas importantes o muy personales de ella. La verdad es que hoy no tenía muchos ánimos para cenar y hablar de temas varias con la vampiresa.

Meridia Balan dejó salir una risa bastante notable pero no desagradable. Le causó un poco de ternura ver la mueca que había formado, el joven vástago no había caído en cuenta de lo que acababa de decirle. Simplemente quería que fueran a cenar, a comer algo rico para que olvidara un poco sus pesares y sus dilemas emocionales. Ambos sabían muy bien la causa de los malestares del vástago y, al menos en la mente del más joven, comenzaba a pensar en una posible solución a sus dilemas, aunque su solución le causara una gran consternación. Pero también el tener que pedirle algo a ella, a Lady Meridia Balan, una vampiresa de renombre, le causaba cierta consternación.

Alister, a quien su apellido había sido arrebatado por el mismo gobierno que le había arrebatado su humanidad, en el fondo no podía ver a los vampiros más que con desprecio, él nunca podría amar a un vampiro como lo haría otro ser vivo. Para él, aunque trabajara para el entrenamiento de vampiros, aunque sus mayores clientes sexuales fueran vampiresas y vampiros, aunque sus compañeros fueran vástagos que intentaban hacerlo desistir de sus ideas, de sus prejuicios, explicándole que no todos los vampiros eran como él los pensaba, ese sentimiento de rencor y desconfianza no desaparecía de lo más profundo de su corazón. De todos los vampiros que había conocido, sólo Meridia Balan había causado en él una cierta conmoción que lo llevaron a pensar que podía tener una cercanía con ella más allá de lo laboral, pero eso sólo podía desarrollarse en una amistad tan cercana como la que tenían en esos momentos.

― Aún no me respondes ―cuestionó nuevamente Alister enarcando una ceja y un poco enojado por la reacción de la vampiresa.

—Simplemente quiero cenar contigo, eres mi amigo después de todo, es normal que quiera que me acompañes a comer algo ―respondió ella buscando que su respuesta fuera lo más coherente posible, no quería ser tan directa con él y explicarle el grave problema que estaba viendo o lo mucho que le dolía el verlo meterse esas pastillas dentro de las bebidas para sobrellevar el malestar emocional.

―Bueno… que bien que me vestí para la ocasión ―dijo el chico recuperando levemente su tono jovial.

―Eso es cierto —. Alister se había deshecho de la lanza de su oreja y había optado por poner unos pantalones más sueltos y una remera más cubierta, que dejara algo a la imaginación. Su cabello había permanecido del mismo color, pues no se iba a quitar el tinte esa misma noche. También había decidido quitarse esos lentes de contacto y cambiarlos por otros más oscuros.

― ¿A dónde iríamos? —preguntó de repente el vástago al notar que el auto se había puesto en marcha.

La vampiresa dejó salir otra risa, mucho más leve y menor burlesca pues conocía el temperamento de ese joven que se ofendía rápidamente Esa mujer le conocía con cierta facilidad, y es que él se sentía sumamente incómodo en lugares demasiado lujosos o dejando que ella pagara la totalidad de los gastos pese a sus pocos ingresos. Aunque admitía que ese joven no se vestía para nada mal y solía rechazar a varios clientes que él mismo consideraba desagradable, claro que ella le brindaba una buena paga por cada noche que pasaban juntos, por lo que pensaba que el sueldo de ese chico era bastante alto para ser un prostituto de D’Amour.

―Es un lugar no muy caro, creo que te gustará ir… Sabes que la cuenta será dividida en dos ―explicó ella sabiendo que esos eran los interrogantes que pasaban por la cabeza de aquel joven de cabello cambiante.

Alister lo pensó un poco, la propuesta sonaba bastante interesante, hacía mucho tiempo que no salía con esa mujer, y que no salía con ninguna mujer debido a que había estado muy enfocado en el trabajo, especialmente el baile. Quizás aceptar salir con ella era algo bastante bueno para su vida actual, más sabiendo que simplemente buscaba relajarse después de un largo día. Para él sería bastante relajante salir a un lugar bonito para comer algo y después tener una noche placentera.

―Sí, vamos entonces ―sentenció al final esbozando una sonrisa en su rostro.

De esta manera los dos emprendieron viaje hacia el lugar que Meridia Balan había seleccionado para la cena. Ambos estaban callados y cada uno comenzó a concentrarse en sus propios asuntos, como pasaba seguido con las personas que les rodaban. Cada uno sumido en su mundo podían conformar una pared bastante grande entre los dos, una pared que por momentos se rompía gracias a algún comentario del locutor de radio que se escuchaba a través del estéreo del auto que los llevaba a intercambiar remotas palabras. Alister cayó en cuenta de ello, por eso se dirigió a sintonizar otra radio, con música más movida y que le ayudase a pensar de una manera complemente diferente. Necesitaba pensar en algo que le beneficiara a él y a Ionel, pero sabía que quizás estaría pidiendo algo demasiado grosero, por eso luchaba en su mente de forma subconsciente.

— ¿Cuándo vas a aceptar mi propuesta? —preguntó de repente la vampiresa.

— ¿Qué? —cuestionó el contrario, al tiempo que lograba dar con una canción bastante buena. No pudo evitar mover levemente el cuerpo al ritmo de la melodía.

—Mi propuesta de que vengas a trabajar a mi mansión y dejes de trabajar en la calle —dijo con firmeza al tiempo que paraba, pues el semáforo estaba en rojo.

—Ya te he respondido que no quiero, la calle es a donde pertenezco —contestó el contrario recargándose en el asiento.

—Que hayas nacido ahí no significa que tengas que permanecer ahí, no es tu único lugar.

—Pero es el lugar donde elijo estar, es donde me siento cómodo —respondió y la conversación llegó a una especie de bache.

 

 

 

En cuestión de minutos se detuvieron delante de un restaurante que, desde afuera, parecía bastante lujoso, no poseía adornos de oro pero sí una fachada elegante, con luces de neón tenues y un cartel muy sobrio. Un par de ventanas adornaban el frente dándole un aspecto uy familiar, con un par de plantas que ayudaban a lograr este cálido ambiente. Aparco en el espacio reservado para los clientes antes de detener el motor y dejar que Alister contemplara el restaurante. Nunca había ido ahí antes, pues consideraba que no era el lugar adecuado para un vástago, mas ahora que lo veía bien y lo comparaba con otros sitios a los que había ido con Meridia, ese era el más “bueno, bonito y barato” de todos.

―Vamos ―dijo ella con una sonrisa un poco nostálgica que llamó la atención de Alister, por un momento la vio parpadear de más, buscando esconder sus lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos.

El interior era igual de lujoso y hermoso que el exterior, con una iluminación mucho más grande y que servía perfecto a sus fines básicos. Había varias personas, la mayoría de ellas vampiros por el simple hecho de que se les dificultaba salir de noche, por ese motivo la mayoría de los locales, especialmente los de comida, se mantenían abiertos toda la noche y la primero o segunda mitad del día siguiente teniendo en cuenta lo que se le pagaba a los empleados, que eran normalmente vástagos o humanos, claro que éstos últimos en menor medida y teniendo el menor contacto posible con el público vampiro. Para los humanos, el estar cerca de un vampiro era considerado un peligro, pues éstos podrían oler la sangre y atacarlos, en el caso de los vástagos su sangre no era ni la más rica ni la más nutritiva para un vampiro, salvo algunas excepciones, pero en general los vampiros no se sienten atraídos por la sangre de vástago. Por ese motivo sólo los humanos podían eximirse de pagar impuestos ofreciendo sangre en compensación de éstos mientras que los vástagos debían de pagar la totalidad de impuestos sin ninguna consideración especial.

Se ubicaron en una mesa cercana a la una de las pinturas que se encontraban en las paredes de aquel bonito lugar, “El violinista” ese era el nombre de la pintura cuyo autor no era más que un artista local cuyo nombre artístico era Leonard. La pintara retrataba a un joven violista con un sombrero de copa que proyectaba una sombra que ocultaba su rostro, los cabellos del violista eran largos y azabaches, y estaba vestido de camisa y pantalón azules. Parado en medio de un escenario, el violinista parecía estar en medio de un concierto frente a gente muy importante, o esa era la sensación que transmitía la pintura. Alister no le habría prestado tanta atención a la pintura de ese tal Leonard de no ser porque Lady Balan tenía la mirada fija en ella. Por eso mismo fue que Alister contempló la pintura que parecía haber sido hecha por un artista no muy famoso, pero después de todo la pintura no era su fuerte.

―Sabes… ―comenzó a hablar Lady Balan sin despegar los ojos de ese cuadro de pocos colores que oscilaban las tonalidades rojizas, ―solíamos venir a este restaurante con mi difunto esposo y mi hijo, siempre nos sentábamos en esta mesa porque a mi hijo le encantaba esa pintura ―sentenció con una sonrisa nostálgica mientras sus ojos, cansados de la rutina y recientemente agobiados por los recuerdo, se cristalizaban en la tristeza de la pérdida.

―Oh… entiendo ―comentó Alister mientras contemplaba nuevamente el cuadro.

―A mi hijo le encantaba el violín ―siguió hablando la mujer ahora sí contemplando al joven que tenía sentado al lado. ―Pero en realidad nunca tuvo talento para tocarlo, por eso prefirió dedicarse a otros instrumentos ―comentaba al azar para después dejar salir una risilla que buscaba ocultar la nostalgia que le provocaban esos recuerdos.

―Debió ser algo frustrante para tu hijo ―comentó el muchacho sin saber bien qué responder a esas palabras.

―Sí ―respondió bajando levemente la cabeza, mas después pudo reaccionar del momento incómodo que ambos estaban teniendo. ―Oh, lamento haberte aburrido ―dijo entre risas cuando le mozo se les acercó con la carta en mano para saludarlos cordialmente y entregar la misma al par de comensales.

―Descuida, para eso estoy ―contestó con una sonrisa y el doble sentido patente en sus palabras.

Sí, a Alister le pagaban por escuchar los problemas de sus clientas, por satisfacerlas en cama y darles el amor que no podían encontrar en otras personas, eso era parte de todos los servicios sexuales que solía prestar a esas vampiresas con las que fingía estar a gusto sólo para poder recibir una paga generosa y ganarse una clienta frecuente. Pero con Meridia Balan las cosas era muy diferentes, pues a esa vampiresa le había tomado cierto aprecio y no le disgustaba, o al menos no tenía que fingir tanto cuando la escuchaba hablar de su vida o de su trabajo. Además, la conocía demasiado bien como para saber que ella conocía y comprendía su pensamiento, razón por la cual podía ser muy sincero con ella sin sentirse culpable siquiera.

En cuanto a Meridia, no tomó importancia del comentario que había dejado salir su compañero y casi amor platónico. Le conocía y sabía que simplemente era sincero, no necesitaba que le diera explicaciones, después de todo no era más que un vástago que había tenido que trabajar de mozo, bailarín y hasta prostituirse, aunque no le gustase que le catalogaran de aquello, para sobrevivir día a día. Por momentos le gustaría que ese chico tuviera un futuro mucho más prometedor, pero estaba segura de que cuando lo quisiera recurriría a ella y estaría dispuesta a ayudarle por el amor que alguna vez le profesó y que se transformó en un cariño casi fraterno.

Ordenaron comidas sencillas, Alister se limitó a pedir el mismo platillo que Meridia por el simple hecho de conocer poco la gastronomía de ese restaurante. Mientras esperaban a que la comida estuviera servida en su mesa, las conversaciones triviales se hicieron presentes en ese lugar. Sobre los negocios de Balan Inc. que, aunque le vástago no comprendiera del todo por sus conocimientos básicos de negocios. Además de que él se limitaba a asentir y preguntar cosas puntuales, Meridia intercalaba preguntas sobre el joven, buscando que éste le respondiera, pero nada de eso pasaría. Alister era muy cerrado y no contaría ni su vida ni de sus pensamientos a una vampiresa, ni siquiera Lady Balan, era parte de su código de vida.

Aunque en su cabeza el rostro de Ionel se hiciera presente, sus lágrimas de cuando llegó al bar, su voz cantarina y su tarareo matutino, su positividad, todos los pequeños detalles que lo conformaban como persona y que eran destrozados por Gorca Rohde en una simple noche de salvajismo, no iba a decirle nada de eso, o al menos no aún. No sentía que tuviera la confianza de hacerlo en ese momento, se sentía un poco incómodo por la carga emocional que ese restaurante poseía para Meridia, se sentía en un territorio que no era suyo, sino de la mujer, por esa razón prefirió esperar a después, hablaría con ella después, esa vampiresa podría ser realmente su salvadora.

Mientras comían sus platillos, que consistían en carne con una guarnición bastante generosa, un podo de fiambre y, por su puesto, sangre de la más alta calidad para que tanto una vampiresa refinada como un vástago de los suburbios pudieran disfrutar a la perfección, un cómodo silencio reinó en la mesa. Los dos mantenían la costumbre de comer en silencio, ambas costumbres adquiridas de comer en soledad. Alister desde que fue obligado a ingresar al ejército se había mantenido al margen de los demás, sintiéndose él mismo como un excluido en medio de todas esas personas. Lady Balan había descubierto la soledad tras la muerte de su marido, un vástago que la condenó al ostracismo político y familiar, hasta la muerte de sus padres y la consecuente asunción como presidenta de Balan Inc. Su vida no había sido simple, detrás de todo el éxito empresarial de su empresa familiar, se ocultaban una amalgama de sacrificios por un amor que nunca pudo dejar atrás.

Maridia Balan, la joven vampiresa de una importante y reconocida familia con muchos contactos políticos, lo cual ayudaba al crecimiento de la empresa, que se había enamorado de un humano, un humano prestigioso, inteligente, muy apuesto y con muchos estudios que lo elevaban de categoría, pero un vástago al fin y al cabo, un simple y nada particular vástago. Su amor fue condenado, su noviazgo repudiado y su hijo humillado por vampiros y humanos. El fruto de ese amor prohibido llevó a que la pequeña familia tuviera que vivir en el extranjero, hasta que el accidente en avión que sufrieron los padres de Meridia les hicieran regresar para que la hija mayor del matrimonio Balan, asumiera su responsabilidad como dueña de la empresa. Fue un cambio muy duro para la familia, pero no por el hecho de ser endemoniadamente ricos, sino porque su pequeño hijo, un niño que tenía toda una vida de humano por delante, fuera transformado en vástago por órdenes de los vampiros de mayor rango.

Aún con un hijo vástago y un vástago como esposo, Meridia Balan se convirtió en una de las mujeres más poderosas de todo Gigat. Su marido era un médico de los más reconocidos de todo el país, profesor de la universidad inclusive, una eminencia en medicina como solían decirle, terminó trabajando para el mismo gobierno que le había despreciado por “corromper” a una vampiresa con su asquerosa sangre humana y su mortalidad. A pesar de todos los prejuicios y el hecho de que era un vástago, un simple humano conversito, el gobierno lo contrario porque no tenían una mejor opción. La muerte temprana de ese hombre significó una caída emocional para la vampiresa, quien aún lucha para sobreponerse a la pérdida de ese hombre que fue el amor de su vida. La vida humana es tan frágil que ni los mejores médicos podrían sobreponerse a una enfermedad tan terrible como un cáncer tan avanzado que se hubiera ramificado por todo el cuerpo de ese pobre hombre que aplacaba la agonía de la muerte con calmantes muy potentes antes de someterse a una operación de la cual podría no salir caminando o pensando. Un hombre que vivió para obtener conocimiento, la codicia de conocimiento lo llevó a la ruina.

Los recuerdos de su familia, ahora mucho más pequeña que es ese tiempo, le habían sentirse melancólica y las lágrimas siempre amenazaban con brotar de sus ojos sin control alguno. Pero en esta ocasión las cosas eran muy diferentes, porque estaba acompañada de alguien a quien apreciaba con sinceridad y que era lo más cercano a un amigo que alguna vez hubo tenido, en el fondo sabía que Alister no sólo buscaba dinero de ella. No sabían cuan acertada estaba en este pensamiento, su facilidad para comprender a las personas, su empatía, le hacía ser una persona con una intuición muy acertada en la mayoría de los casos.

―Meridia ―escuchó la voz de Alister quien le llamaba con el mismo respeto con el que le hablaba siempre. En cuanto la mujer reaccionó pudo sentir la mano de ese joven tomando la suya, pudo sentir sus cálidos dedos entrelazándose con los propios y se sorprendió un poco, él nunca había hecho un contacto tan dulce o cariñoso. ―Lamento mucho que tengas esos recuerdos tan tristes y que un lugar tan bello le haga recordarlos ―comentó Alister mientras presionaba la mano de aquella vampiresa, realmente le molestaba verla triste. ―Pero estoy aquí ahora, no estás sola.

―Alister ―dijo ella sorprendida de escuchar esas palabras salir de la boca de aquel joven que normalmente se mostraba distante y casi apático en muchas situaciones. Sintió cómo una chispa dentro de su corazón se encendió, fue como si ese ser le despertara la más sincera ternura y cariño. Por esa razón estiró la mano y acarició con suavidad la mejillas de ese joven vástago que aún siendo dueño de ese sentimiento de rechazo hacia los vampiros, el mostraba afecto a ella, sólo a ella. ―Sé que si estoy contigo no estaré sola.

El joven se dejó acariciar por aquella vampiresa, la tibieza de su mano se le hizo muy familiar, más por haberla sentido de aquella manera muchas veces sino por la intención. Hacía mucho tiempo no sentía esa calidez, ese sentido de cariño, de afecto, ese amor fraternal que a veces una madre podría demostrarle a su hijo. Pero no, él no era el hijo de aquella vampiresa, a lo sumo podría haberlos unido una amistad que iba más allá de lo laboral, una unión carnal que no los separaría fácilmente del rol de amantes. Pero la amistad y el cariño que habían formado en ese tiempo iba mucho más allá de una simple unión carnal, ellos lo sabían, pero también sabían de lo necesario de aquella unión como una mera excusa para seguirse buscando en un futuro o en el mismo futuro cercano.

Con cuidado, el vástago colocó su mano sobre aquella mano blanca que se mantenía sobre su mejilla. Fue como si quisiera tener una mayor cercanía con esa mujer con la que hizo contacto visual. Inevitablemente, sus ojos se fundieron en miradas que querían decir muchas cosas. La preocupación, el deseo, las ganas de sentirse acompañados pero no por cualquier persona, sino por esa persona que estaba delante de sus ojos. Ambos sabían lo que querían a partir de ese momento.

―Hazme compañía esta noche ―le dijo la vampiresa con una leve sonrisa esbozada en su rostro.

―Por supuesto, mi lady ―respondió el otro mientras tomaba con suavidad la mano que acariciaba su mejilla.

― ¿A dónde quieres ir? ―dijo la mujer a lo que Alister esbozó una sonrisa antes de dejar salir su respuesta.

Pagaron la mitad de la cuenta cada uno, y es que como ambos comieron lo mismo la cuenta era igual. Alister no estaba de acuerdo en una mujer, una vampiresa, pagara la totalidad de la cuenta. Mientras que Meridia se negaba a que el joven pagase todo sabiendo la poca paga que recibía y que, si bien le servía para vivir cómodamente, no le permitía darse grandes lujos. Por esa razón decidieron pagar la mitad cada uno, de manera que no fuera todo a cuenta de uno u otro.

No fue un recorrido muy largo, tampoco fue un recorrido poco conocido, ellos sabían a dónde iban, sabían porqué iban a ese hotel en vez de ir a la casa de aquella vampiresa. Ninguno de los dos se sentía con la potestad de, sin ser pareja formal, ir a la casa donde había vivido la familia Balan, donde había tenido los momentos más felices y hermosos y opacarlos con el acto sexual más descarnado como es el sexo por dinero. Pero ellos eran algo más, algo diferente, algo más que una simple pareja de negocios o que se conocen por mera conveniencia, en ellos ya había un vínculo, algo que no era amor, que no era amistad, que era una suerte de amistad con beneficios sexuales, pero donde él hacía ya mucho tiempo que no cobraba por los servicios que brindaba. Esa era su verdad, esa era su realidad, ambos habían quedado con una relación extraña que sólo ellos comprendían, aunque para el resto de la sociedad él no era más que un prostituto o acompañante que Meridia Balan contrataba, para ellos era una amistad diferente de la del resto.

El hotel no era el más lujoso, tampoco era un motel de mala muerte, era accesible para el acotado sueldo de Alister y tan bonito que satisfacía las necesidades de limpieza y belleza de la vampiresa. Siempre usaban la misma habitación, aquella suite que poseía un baño amplio con una ducha y una bañera grande en caso de que decidieran bañarse juntos, como solían hacer al día siguiente; con un balcón pequeño que daba una gran vista hacia la ciudad con sus luces eternas y despampanantes; con una de las camas más amplias del hotel, con un televisor que les servía de “ruido” cuando el silencio post-sexo ameritaba y una pequeña nevera donde podrían guardar un poco de alcohol para esa misma noche, obviamente la mujer era la que pagaba por esos pequeños lujos que le gustaba darse.

Los dos avanzaron por la habitación, con las luces tenues pues se sobreentiende que las personas allí no estaban para vivir y sólo era para pasar la noche. Con lentitud, la mujer fue quien abrió la heladera para sacar de ella una botella de vino bastante caro para el bolsillo de cualquier mortal. Alister tomó las dos copas que se hallaban sobre la mesa de noche, y tomando la botella de entre las manos de la mujer, comenzó a servir el vino en las copas. Acto seguido, los dos se sentaron en la cama, como si disfrutaran del momento previo que era tomar un poco de vino, o la bebida que ella quisiera. Siempre era lo que ella quería, siempre era lo que ella necesitara en medio de aquellas noches de pasión que solían compartir.

En medio de esa silenciosa conversación donde ambos bebían lentamente, degustando cada gota como si se tratara de la sangre más deliciosa de la noche, o la última gota de sangre sobre la tierra. Ambos compartían muchas cosas, como una vida dura y la lucha diaria contra los demás seres humanos o vampiros o vástagos que no les reconocían en medio de la oscuridad, ellos habían hecho sus carreras a costa de dolor y esfuerzo, a costa de mucho sufrimiento; pero esa razón era la principal de que estuvieran juntos. Aunque Meridia necesitaba a Alister y le pagaba para que éste le preste un servicio de acompañante completo, y aunque la relación meramente laboral había desembocado en una relación la relación de amistad forzada más grande del mundo. El amor que ella le profesaba había sido rechazado, pero le comprendía, comprendía porqué no le amaba, mas no comprendía la falta de confianza patente en sus ojos. Le contemplaba mirar a la nada mientras bebía esa copa de vino, con esos bellos ojos cubiertos de lentes de contacto y ese cabello que sólo dejaba ver lo mucho que él odiaba ser un vástago, y sabía que algo le pasaba. Algo que no le diría, pero quería saber. Ella quería ayudarle a como diera lugar, no podía tolerar ver así a ese ser tan querido.

―No me lo dirás, ¿verdad? ―comentó la vampiresa haciendo que el joven volteara la cabeza y la contemplara a los ojos. Había algo que ella tenía, era una habilidad que le molestaba y le aliviaba a la vez, y era que podía leer fácilmente sus pensamientos. Meridia Balan le conocía demasiado bien para su gusto, pero eso le ayudaba más que nada.

―Lady Balan… yo… ―comenzó a contestar, mas sentía que no era ese el momento adecuado para tener esa conversación, aún se sentía muy tenso.

―Confía en mí, ¿sabes? ―dijo ella terminando la segunda copa de vino que había comenzado a beber hacía relativamente poco. Ante el silencio del contrario, se puso de pie antes de que el otro pudiera agregar algo más a su patente silencio. Dejó la copa en la mesa de luz de la habitación antes de caminar lentamente hacia la ventana.

Sentado en la cama, Alister sólo pudo contemplar la espalda de aquella mujer, de aquella vampiresa que le doblaba en edad y en experiencia, fuerte como una roca y con todo el poder que le confería su estatus social y su esfuerzo, una mujer que seguía batallando con fantasmas de su pasado pero que aún así se mantenía en pie, firme y hermosa. Su cuerpo aún no dejaba ver el paso del tiempo, sus curvas aún eran prominentes y lo serían por muchos años más, pero para un ser casi eterno la eternidad no es más que lo corto de la vida misma. Para ella el paso del tiempo parecía rápido aunque su cuerpo siguiera tan hermoso como cuando cumplió sus veinte y tantos años, era hermosa y poderosa. No pudo hacer otra cosa que contemplarla caminar por la habitación, contoneando su cuerpo como solía hacer cada vez que pensaba, no notaba lo bella e imponente que se veía en esos momentos. Quizás sabía que ese andar fuerte, ese andar empoderado, le cautivaba por sobremanera y le llevaba a acercarse a ella como un domador deseoso de domar a una belleza salvaje y poderosa.

―Quisiera que confiaras más en mí, Alister ―dijo una vez parada detrás del vidrio que la separaba del balcón de su habitación. A través de ese gran ventanal se podían ver las luces de la ciudad, Lumina se veía realmente iluminada por las noches. Nada se detiene en esa ciudad, nada para de moverse; siempre se avanza, siempre hay cambios; la dialéctica en su máxima expresión, bella danza de cuerpos moviéndose de un lado a otro. ―Yo sé que estás conmigo, y que no me dejarás, pero quiero que comprendas que yo también estaré siempre contigo, siempre a tu lado, y para eso debes confiar en mí.

Las palabras de aquella vampiresa le hicieron estremecer. Siempre… esa simple y corta palabra encerraba tanto tiempo que sintió cómo su cuerpo se congelaba en medio de una paradoja. Siempre… la afirmación de algo que es lo opuesto a nunca. Siempre… un espacio atemporal, donde los días no pasan, donde las semanas tampoco pasan, donde los meses y los años son iguales a la nada misma. Si siempre no es parecido, o remotamente parecido, a eternidad, la cabeza de Alister explotaría. Es mucho tiempo, es toda una vida. ¿Toda la vida unido a aquella vampiresa a la que no amaba pero que veía desde atrás y seguía a donde ella dijera como un leal compañero? ¿No debería caminar a su lado para ser un compañero o se conformaba con simplemente contemplarla desde atrás, contemplarla en toda su expresión y grandeza como una musa celestial? No, esas preguntas venían a su mente por una simple palabra y su cabeza divagaba en múltiples posibilidades que le estremecían, pero no mas que la respuesta a aquellas preguntas. Sí. No amaba a esa mujer, no sentía el amor que todo ser vivo pudiera sentir, pero no quería separarse de ella, quería estar a su lado o seguirla como un fiel seguidor, como había hecho hasta ahora.

Sonrió levemente y se puso de pie mientras la vampiresa contemplaba la luces de la ciudad que nunca duerme. Por un momento vio el reflejo de Alister acercándose a ella y sonrió un poco al ver la sonrisa en el rostro ajeno. Ese chico era muchas cosas, podía ser un bailarían, podía ser un vástago, podía ser frío o risueño, pero siempre era sincero y se dejaba llevar por emociones que a veces ella no comprendía. No podía colocar título a la relación o a las emociones que le despertaba la presencia de Alister, tampoco podía describir completamente lo que éste tenía en mente, pero podía percibirlo con una simple mirada. Era una relación más complicada de comprender que de llevar y ambos lo sabía, se aprovechaban de eso para despistar a la gente y que nadie supiera en realidad lo que pasaba entre ellos.

Con lentitud, el joven vástago se colocó detrás de la mujer, teniendo ambos casi la misma altura pudieron contemplarse a los ojos a través del ventanal. Los falsos ojos negros chocaron con el mar celeste de los contrarios, aún a través del vidrio parecían estar completamente compenetrados unos con los otros. Compartieron una sonrisa placentera, una cómoda sonrisa que demostraba la confianza que ambos se tenían y los deseos de expresar sus pensamientos. No obstante eso, había algo que los detenían aún, algo que Alister llamaría necesidad y que Meridia llamaría deseo. El cuerpo de ambos reclamaba la presencia del cuerpo contrario, a fin de cuentas esa era la razón que los había unido en ese momento en primer lugar.

―…Aprecio sus palabras, mi Lady ―susurró el joven al oído de la vampiresa, quien se dejó estremecer por su aliento chocando contra su piel. Con suavidad, la suavidad digna de un amante bondadoso, Alister acarició el cuello de Meridia haciendo que ésta volteara el rostro y le contemplara directamente a los ojos. La mujer se dejó hacer y se dejó vencer nuevamente por esa oscuridad patente en aquellos ocultos ojos miel, en ese joven mucho menor que ella pero que le despertaba el deseo que hacía años nadie despertaba. ―Confiaré, confiaré eternamente… Confía en mí, eternamente… ―esas palabras fueran las que precedieron a un beso.

La unión de sus labios raras veces era corta y sencilla. Lenta y parsimoniosa, sin devorarse mutuamente, sin buscar superioridad o dominio, sólo disfrutando mientras los brazos de ella se rodeaban al cuello y de él y los brazos de él se rodeaban a la cintura contraria. Sus labios danzando en medio de ese acto de cariño, para ellos, sus lenguas uniéndose a ese roce al principio tímido y finalmente desenfrenado pero calmo. Una beso casi silencioso, sin jadeos extras, sin gemidos atascados en la garganta, un beso largo que servía para que las manos aprovecharan de recorrer el cuerpo contrario por la espalda y llegando más allá de ella.

Entre caricias, besos más cortos, leves risas de dos amantes que disfrutan la compañía contraía y abrazos que parecían ser eternos a pesar de durar apenas segundos, ambos cayeron sobre la cama. Ya sin el calzado que les molestaba a la hora de moverse, el roce de ambos cuerpo, aún por sobre la ropa, comenzaba a ser más descarado a medida que las manos eran redirigidas a los rincones más recónditos del cuerpo contrario. Fue Alister quien tomó la iniciativa, siempre deseando que ella no le detuviera en el último segundo de sus actos –como le gustaba hacer sólo para molestarlo, vale aclarar–, y comenzó a repartir besos primero por el cuello para ir bajando lentamente. A medida que iba bajando la ropa iba estorbando.

Quitó levemente los breteles del vestido rojo que tan bien se amoldaba al cuerpo de ella, sólo para seguir repartiendo besos y leves mordiscos, por ese par de pecho, si bien no exuberantes, sí firmes. Leves mordiscos sacaron suaves jadeos de los labios rojos de la vampiresa, esos sonidos que elevaban aún más el deseo del vástago, quien estaba decidido a brindarle el mayor placer posible. Continuó bajando por el cuerpo de aquella vampiresa que se retorcía levemente en una mezcla de cosquillas y placer, sentía las manos de ella enrodarse en su cabello y jalarlo levemente, esa era seña de que estaba haciendo lo correcto, por lo cual no se detuvo hasta quitar completamente el vestido rojo que empezaba a parecerle incómodo.

Ver el cuerpo semi desnudo de aquella mujer, cubierto sólo por la ropa interior le hizo detenerse y erguirse sólo para tener una mejor vista y halagar con sólo una mirada su belleza. Meridia sin perder el control pero guiándose por un deseo profundo, tomó el cuello de la camisa de Alister y lo jaló para acercarlo a ella. Mientras le regalaba un beso más profundo, más apasionado, más deleitante, sus manos recorrieron la espalda de ese chico para después pasar al pecho bien formado por el hecho de ser bailarín. Rápidamente desprendió los botones de dicha camisa, para quitársela ella misma.

Con una leve sonrisa, sintiéndose aún más deseado, Alister se volvió a erguir, buscando que Meridia le contemplara mejor y buscando él mismo su comodidad, anticipándose a los hechos. Con ambas manos, la vampiresa siguió recorriendo le pecho de ese joven que renegaba de ser vástago, hasta llegar al borde del pantalón que aún continuaba prendido. Sin despegar sus ojos de los ojos contrario, la mujer comenzó a desprender le pantalón, sin apuro pero la agilidad de sus manos le impedía hacerlo lento. Sólo bajó la cabeza por la curiosidad, no importaba la cantidad de veces que tuviera sexo con Alister, el bulto que se formaba debajo de los bóxeres le parecía demasiado lascivo. Introdujo una de sus manos debajo de la ropa interior del joven, provocando un leve suspiro por parte de él, cosa que le llevó a reír levemente antes de introducir su otra mano y masajear su erección no sólo con delicadeza, sino con disfrute, que era el fin último de lo que estaban haciendo.

Entre la excitación y el toque de Lady Balan, Alister sentía que lentamente llegaba al paraíso aún sin siquiera rozar sus manos. Terminó él mismo de quitarse la ropa, aunque esto sólo significaba que estaba totalmente cegado por el deseo, viendo cómo ella se deshacía del sostén que aún le separaba de ver sus pechos completamente expuestos. Una vez que la ropa no estorbó, el vástago se inclinó sobre ella para chupar y repartir mordiscos por sus pechos ya levemente erectos por el roce de los dedos. Si bien leves gemidos y jadeos salían de la boca de ella, un gemido bastante más fuerte se hizo presente cuando unas de las manos del contrario se adentró entre sus piernas y le había comenzado a acariciar casi como si estuviera jugando.

― ¡Alister! ―le dijo en un tono de regaño considerable.

― ¿Qué? ―le susurró mientras continuaba acariciando su entrepierna al tiempo que con su otra mano quitaba la ropa interior. ―Haré lo que me pida, mi Lady ―siguió susurrando para después chupar suavemente el lóbulo de su oreja.

―Sólo… ―dijo ella mas una gemido le interrumpió al sentir un par de dedos adentrarse en su vagina, sentir cómo se movían dentro, cómo le acariciaba con la otra mano, cómo sus brazos se aferraban con más fuerza a ese cuerpo de vástago y clavaba levemente las uñas en su pálida espalda, sentía que necesitaba más que eso. Tras un par de segundos donde los leves gemidos seguían saliendo de su boca y sentir que las acciones del joven sólo le provocaban más, un fuerte arañazo a la espalda del contrario le hizo detenerse. ―Hazlo… ya…

―Como ordene ―respondió el joven con una sonrisa de lujuria patente en sus ojos negros.

Hay quienes piensan que la penetración es el acto sexual en sí mismo, que las embestidas y el vaivén de caderas de los dos cuerpos hechos uno sólo es el acto de amor más grande que pueda existir, pero para ellos no era así. La previa, las caricias, los besos, los abrazos… todo era parte de hacer el amor, todo era parte de sentir y compartir le placer que ambos sentían al pasar un noche juntos, al tener sexo de la manera más dulce al principio y más salvaje después. La penetración no era más que la culminación de sus deseos sexuales, no era más que la forma de demostrarle al contrario que aún estaba a su lado y que eso les uniría siempre y para toda la eternidad.

Los gemidos inundaron la habitación, el rechinar de la cama acunó aquella noche calmada y el sudor de la pasión fue la frutilla del postre en medio de ese pastel de amor, amistad y sexo. Uno. Los brazos de ella se aferraban al cuello de él mientras las piernas de ella le rodeaban la cadera, profundizando las embestidas y llevando a lugares que desataban la locura. Dos. Él abajo, cediendo a los placeres de ella, él dejándose hacer, dejando que ella marque el ritmo, dejando que ella decida cuando detenerse y dónde desea ser tocada. Una de las posiciones más placenteras. Tres. Un juego, un juego que los lleva a estar de pie, que los lleva a disfrutar y que la pared de esa habitación les sirva de soporte para tales actos que desbordaban la lujuria. Cuatro. Un simple cambio de roles y un par de nalgadas, un par de mordidas en los hombros, marcas repartidas por el cuerpo contrario, mordidas y arañazos en el desenfreno de los instintos dejados sueltos en una habitación de hotel. Infinitas. Las horas pasan volando y en medio del frenesí, en medio del caos, en medio de ese sinfín de melodiosos sonidos, ambos cuerpos pudieron llegar al paraíso incontables veces.

Tocar el cielo con las manos, la vista nublada y ese gemido que se ahogó en sus gargantas, esa sensación ya incontables veces repetida, pues le hecho de ser vástago y vampiresa les dotaba de una resistencia que sería imposible para los humanos. Saciados ambos, agotados los dos, el silencio volvió a reinar en esa habitación de hotel. Ambos cuerpos desnudos permanecieron en la cama, abrazos mutuamente y sintiendo la calidez contraria, sus piernas entrelazadas y sus frentes juntas, compartiendo leves besos como dos bestias calmadas. El lado salvaje de ambos había sido completamente aplacado, el sexo los había calmado y relajado, les había hecho caer en la realidad paralela que envuelve a los amantes y les hace creer que el tiempo no avanza. La noche había caído sobre ellos y aún el sueño nos los vencía, la calma había hecho relajarse a ambos, especialmente a Alister. No obstante eso, fue ella la primera en decir palabra alguna.

―Deberíamos bañarnos antes de dormir, pequeño ―le comentó mientras le acomodaba el pelo detrás de la oreja. Ese acto maternal estremeció al contrario, pero éste no dijo nada. Acto seguido, la mujer se sentó en la cama, para levantarse.

―Espera, por favor ―le llamó Alister antes de tomarla de la muñeca. ―Sí, estoy preocupado por… algo ―dijo finalmente, cumpliendo los deseos de la vampiresa quien se volteó con una sonrisa comprensiva.

― ¿Algo o alguien? ―preguntó ella muy rápida para atar cabos sueltos, pues ella comprendía que lo material no era algo que realmente le preocupara a ese joven, pese a ser muy coqueto consigo mismo.

―Alguien ―contestó él sintiéndose rendido ante aquella mujer que había aprendido a leerle con sólo una ojeada.

― ¿Alguien especial? ―preguntó de nuevo al ver que él no hablaba, a veces era muy difícil hacerlo hablar de algo que le preocupara o importase, por eso era un buen acompañante pues era un buen oído para cualquier mujer deseosa de tener compañía, pero no para Meridia Balan, quien buscaba ella también acompañar a aquel joven que renegaba de ser un vástago. Cuando lo vio titubear de nuevo, suspiró ya cansada y resignada a las complicaciones de aquel contradictorio muchacho. ―Bueno si no vas a decirme…

―Es un amigo, muy especial, que no está pasando por una buena situación ―le terminó explicando casi como si diera un manotazo de ahogado, escupió las palabras buscando evitar que ella se marchara.

― ¿Un amigo? ―preguntó ella muy extrañada debido a que ese muchacho siempre se refería a la gente como “compañero/a de…”, nunca le había escuchado decir la palabra “amigo” aunque estaba segura de que muchos le consideraban un amigo más que un mero camarada. ―Nunca me habías hablado de un amigo ―dejó salir de sus labios haciendo que el muchacho se pusiera un poco incómodo. Ella tenía razón, no consideraba a las personas como “amigos”, hacía años que había dejado de usar ese término, pero con Ionel las cosas eran diferentes, ese chico se había ganado su amistad antes de que pudiera evitarlo.

―Sí, lo sé ―comentó sonriendo y dejando salir un leve risilla después. ―Sé que es muy extraño lo que te estoy diciendo, pero él es un chico muy especial para mí, por eso lo considero un amigo; y no está pasando por un buen momento, es más, en este instante él seguramente está sufriendo más que disfrutando.

La mujer se quedó pensando un momento, buscando colocarle rostro a esta persona especial para Alister. Nunca le vio actuar diferente con nadie, es más, se había comportado normalmente desde que se habían encontrado en el bar. René tampoco le había mencionado nada con respecto a Alister, ella se había comportado normalmente, inclusive reaccionó como siempre reaccionaba al ver a Gorca Rohde entrar en el D’Amour. Nada había sido fuera de lo común, a excepción de… el chico nuevo en el bar. Comenzó a recordar y ver en su mente la secuencia de baile de Violeta, Alister y ese chico nuevo de gráciles movimientos y mirada angelical, recordó ver las miradas que su compañero sexual le dedicaba a ese aparente niño, pues no se notaba sus más de 100 años, inclusive a través de esos ojos negros y ese cabello azabache. Pudo ver cómo el chico se había quedado estupefacto viendo como Gorca Rohde se llevaba a ese joven a través de la puerta que daba a las habitaciones del bar, recordaba que desde ese momento el chico se mantuvo pensativo y había sido muy poco hablador a comparación de otras veces. No podía estar tan equivocada.

Mientras analizaba los hechos en su mente, la vampiresa se puso de pie, exponiendo completamente su bello cuerpo desnudo ante la mirada expectante del vástago que no pudo quitarle los ojos de encima. La mujer tomó la copa de Alister que estaba a medio terminar y la bebió parada junto al joven. Acto seguido a terminar la copa de vino, volteó la cabeza y le contempló con una sonrisa sincera en el rostro, ella estaba completamente segura de a quien se refería el vástago con “un amigo” o “alguien especial”.

― ¿Yo conozco a ese muchacho, Alister? ―preguntó ella causando una risa bastante más audible por parte del contrario.

―Siempre fuiste muy observadora, mi Lady ―le elogió antes de darle una respuesta a su pregunta. ―Sí, actuó conmigo hoy.

―Sí, bailaba realmente bien y parecía muy joven ―comentó ella pensativa haciendo que el otro asintiera con una sonrisa al ver que ella pudo saber fácilmente de quien se trataba. ―También vi a Gorca Rohde llevárselo…

Con esas palabras un silencio incómodo se apoderó de la habitación de hotel. La sola mención de ese nombre estremecía a los ocupantes de la misma. Ese hombre no era muy querido por Meridia tampoco, le molestaban sus hábitos desagradables y su forma altanera al dirigirse a su persona, especialmente cuando recién comenzaba a ocupar el lugar de su padre en los negocios familiares, él fue el primero en señalarla con el dedo cuando decidió casarse con un humano, un simple médico humano. En cuanto a Alister, estaría de más explicar el motivo de su repudio y repulsión hacia ese vampiro que adoraba de dominar a vástagos que parecieran menores de edad y menores en fuerza que él, aunque el chico con el que estuviera sería recompensado con una paga considerable, ni siquiera estaba seguro de que pagara lo que decía. La mención de ese nombre le molestaba a ambos por lo que decidieron cortar con esa atmósfera tan tensa que se había formado poniéndose de acuerdo con el mero contacto ocular.

Ambos se adentraron en el amplio baño, que era parte de los requisitos para que esa habitación sea la que siempre utilizaban. Los azulejos celestes que cubrían las paredes pronto se empañaron por el vapor del agua caliente saliendo de la ducha. El espejo pronto quedó como una nebulosa y las luces parecían no iluminar bien ese gran lugar cubierto totalmente de vapor. Los dos seres estaban enjabonándose mutuamente mientras el agua caía sobre sus cuerpos brindándoles una sensación muy confortable y sacando de sí mismos cualquier rastro de sudor. Aunque a la mayoría de las personas les cueste creerlos, ellos habían llegado a un acuerdo en el que el sexo se practicaba en cualquier lado menos durante la ducha. Tomar juntos una ducha caliente había pasado a significar más que un acto erótico un acto de compañerismo para ambos, pues Alister solía bañarse seguido y de una manera casi obsesiva, mientras que Meridia gozaba de la compañía y la confianza del contrario y no necesitaba nada más para estar completamente satisfecha. El baño para ellos era un espacio de charla y diversión, pues varias veces se habían visto a sí mismos jugando como si fueran niños. Sin embargo, en esta ocasión era el mejor lugar para hablar.

― ¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo? ―preguntó ella mientras enjuagaba el jabón que había sido esparcido por su cuerpo. —¿Yonel?

―Ionel… también es un vástago ―comentó el joven terminando de enjabonarse antes de acompañar a la mujer completamente debajo de la lluvia.

―Eso era de suponer ―respondió ella ante la obviedad, causando que él riera algo nervioso.

La verdad es que ella no sólo anteponía que era un vástago por el hecho de que trabajase en el bar de René, sino también porque al nombrarlo no le dijo el apellido. Aquellos humanos que son transformados en vástagos pierden no sólo su humanidad, ya que son entrenados desde esa edad para ser soldados dispuestos a matar si es necesario para cumplir con su deber y/o misión asignada, sino que también se les arrebata su apellido y su nombre humano, siendo rebautizados con otro nombre y sin apellido, para que comprendan que ellos no pertenecen a ninguna familia, sino que son propiedad del Estado. Lamentablemente, aquellos vástagos que son echados del ejército por las diferentes causas no recuperan su nombre o su apellido humano, por lo que siguen usando su nombre de vástago a menos que quieran ir a la cárcel o ser asesinados por desacato a la normativa del Estado.

En el caso de Alister, su nombre significaba “protector de los hombres”, lo cual iba muy bien con su personalidad, razón por la cual ese era el único rasgo de vástago que no le molestaba en absoluto. Ya no podía volver con su familia después de todo, por eso sería mejor que se mantuviera lejos y que ni mencionara su apellido de humano, por eso nadie le conocía por otro nombre que no fuera Alister. Por esa razón, debido a que Ionel no era un nombre común entre humanos, nadie se sorprendió cuando el joven no les dijo otro nombre que no fuera ese. Ionel “agraciado por Dios”, un nombre que parecía haber sido irónicamente colocado en aquel joven de pasado desconocido para aquellos que le rodeaban, incluido Alister.

―Yo mismo le encontré tirado en la calle, completamente desmayado por la falta de sangre ―comentó el joven recordando ese día caótico donde ellos mismos tuvieron que salir a buscar a un médico para ese muchacho que parecía al borde de la muerte. No obstante eso, con un poco de sangre y cuidados apropiados, en relativo poco tiempo estuvo en pie nuevamente. ―Pero nunca nos dijo porqué lo habían rechazado del ejército, yo tampoco entiendo porqué ―siguió diciendo respondiendo a la pregunta mental que Meridia se estaba haciendo. Eso era muy sospechoso, pero al parecer no tanto como para hacer dudar de más a Alister, de alguna forma ese chico se había ganado su confianza, lo cual despertaba la curiosidad de la vampiresa. A pesar de eso, fingir sorpresa para alivianar el peso de que René le hubiera dicho todo era bastante difícil.

― ¿Eso no te parece sospechoso? ―preguntó ella sólo para saber exactamente qué pensaba él.

―Al principio sí, pero después vi lo callado y reservado que es, creo que simplemente no le gusta hablar de eso. ―La respuesta no fue muy satisfactoria para la mujer, quien frunció el ceño y guardó silencio mientras seguía con el proceso del baño, ya comenzando con el lavado de su bella y rubia cabellera. Alister se inquietó, realmente deseaba que le creyera y comprendiera, sabía que necesitaba expresarse mejor y explicar un poco más si quería que Lady Balan le ayudara. ―Creo que es un buen muchacho, es amable, atento, servicial, muy optimista y, aunque no habla mucho, cuando lo hace dice las palabras justas y es muy sincero. No encontré motivos para sospechar de él después de que lo conocí mejor.

―Veo que tiene muchas cualidades ―comentó la vampiresa contemplándole tras enjuagar su cabello y pasarle el pote de shampoo al joven vástago para que se aseara. ―Entonces… el problema es sólo que Gorca Rohde puso sus ojos en él, ¿verdad?

―Sí, bueno… no sólo eso ―dijo el joven mientas comenzaba a lavar su cabello. ―Él no pertenece a este mundo de bares, sexo, alcohol y algunas drogas ―con “algunas” sólo quiso suavizar el impacto negativo que la mención de “drogas” provocaba en Meridia Balan ―, creo que es demasiado bueno, no inocente, pero sí muy gentil y amable para estar rodeado de personas como… yo o mis compañeros ―dijo con un aire de resignación. ―Nosotros hacemos lo que sea necesario para sobrevivir, aunque nos protegemos entre nosotros y somos buenos compañeros, todo conlleva una cuota de sacrificio y fortaleza que ese chico no tiene, me da miedo que pueda salir más lastimado de lo que ya está, él no se merece tener clientes sexuales como Rohde, es un buen chico ―. La explicación que le daba parecía secundaria en comparación con la mirada de compasión y preocupación que se traslucía a través de esos ojos negros que ocultan los ojos de un vástago. Ese fue el verdadero motivo por el cual Lady Balan comenzó a ceder en la petición de Alister.

― ¿Crees que yo lo puedo sacar de ese sitio? Recuerda que él aceptó estar en la situación donde se encuentra, aceptó trabajar en D’Amour, aceptó prestar servicios sexuales, aceptó tener a Gorca Rohde de cliente, más de una vez, ¿crees realmente que él quiere salir de ese lugar?

―Bueno, eso es verdad pero… ―comenzó a decir pero fue interrumpido.

― ¿Y si estás equivocado? ¿Y si ese chico, Ionel, sí quiere tener esa vida? ―preguntó Lady Balan intentando comprender si era necesaria su ayuda o era sólo un capricho provocado por el cariño que Alister tenía hacia ese chico nuevo que había conocido hace poco tiempo.

―No, yo creo que él no sabe qué otras cosas puede hacer… creo que no conoce mucho más de lo que ha visto ―respondió Alister con una sinceridad que sorprendió a la vampiresa, él realmente creía que Ionel era un joven que había estado “encerrado” en algún lugar y que sólo conocía el bar de René como medio de subsistencia. ―Creo que usted puede abrirle las puertas para que conozco algo mejor, yo no podría mostrarle algo así, sólo conozco… estos sitios horribles donde se arrastran las alimañas desechadas por el gobierno…

Aquellas dolorosas palabras que calaban profundo no sólo en el corazón de quien hablaba sino de quien le escuchaba, fueron calladas por un suave y tierno beso en esos labios que no dejaban de hablar de manera tan devastadora de sí mismo y del contexto en el cual vivía. Aunque parte de lo que hablaba era cierto, aunque esa era la zona de Lumina con menos luces debido a la realidad que cada uno de los vástagos atravesaban y a los medios que usaban para sobrevivir, a la pobreza que se escondía detrás del esplendor y a las zonas marginales que René y Alister recurrían para reclutar nuevos vástagos desechados y dispuestos a trabajar de la manera más digna posible para sobrevivir. Pese a que el nuevo local de D’Amour se encontraba en una zona lujosa, los alrededores de esa ciudad eran totalmente diferentes, era una realidad completamente distinta con sólo caminar un par de metros.

 ―No digas esas cosas tan hirientes ―dijo la mujer tomando por las mejillas a ese joven cuyo semblante se había tornado triste. ―Sabes que puedes irte de este lugar también…

―Sí, y agradezco siempre tus ofertas mi Lady ―comentó el joven volviendo a sonreír y tomando con suavidad las manos cálidas de esa mujer, la única vampiresa que había logrado ir más allá de la relación laboral. ―Pero yo sí pertenezco aquí… cuando este deje de ser mi asqueroso hogar, iré contigo. Sabes cuáles son mis sentimientos.

―Sí, eso lo sé. Dejaste muy en claro tus sentimientos anteriormente. ―La respuesta de ella le dejó completamente tranquilo, mas aún faltaba que le dijera que sí a su pedido con respecto a Ionel. ―Ahora dime… ¿qué podría hacer yo para ayudar a tu amigo Ionel? —inquirió haciéndose la distraída.

―Él es muy servicial, es rápido para atender a los clientes y acata muy bien las órdenes, además de que es muy ordenado y tiene todas las cualidades que le mencioné; creo que sería un buen sirviente para su mansión, mi Lady ―explicó el muchacho causando una sonrisa en el rostro de esa mujer.

―Me parece una idea muy sensata ―esa fue la respuesta que causó una gran sonrisa en la cara del joven vástago.

― ¿Le ayudarás? ―preguntó el chico con esa sonrisa infantil que solía esbozar cada vez que algo que realmente quería se concretaba o lograba un objetivo que de verdad quería y era importante para él. Ver esa expresión en su rostro fue lo más reconfortante para Meridia.

―Hablaré con René mañana, y tú hablarás con Ionel para que comprenda todo lo que está pasando, no quiero que el muchacho malentienda algo o pase un mal momento, ¿entendido? ―sentenció para poder quedarse completamente tranquila sobre su accionar.

―Sí, como usted diga mi Lady ―comentó el joven sin quitar esa expresión de su rostro y tratándola formalmente de nuevo en señal de mucha gratitud.

Su cometido se había logrado, finalmente, nunca había sentido tal felicidad por el simple hecho de ayudar a alguien más. No es que fuera un joven sin corazón, al contrario, Alister siempre estaba dispuesto a darlo todo para ayudar a sus compañeros. Pero nunca había tenido la sensación de estar realmente ayudando a un amigo, a alguien cercano a su persona. Nunca había tenido la oportunidad de compartir algo como la amistad con otro vástago y había descubierto algo nuevo en ese proceso. Meridia Balan, quien hacía mucho tiempo había dejado de ser su simple compañera sexual, se había vuelto más que eso, se había vuelto una gran amiga y compañera, un vampiresa de elite, de alto estatus social pero con un corazón lo suficientemente gran como para dejarlo a él, a un vástago de poca monta, entrar en él. Había tenido a su lado a una mujer hecha y derecha, a una vampiresa dispuesta a darlo todo por un amor no correspondido y que le había logrado comprender en su totalidad. Había tenido un tesoro a su lado todo ese tiempo, pero no lo había notado hasta esa noche.


“La calle es su lugar.
Ella sabe bien
No va a volver atrás,
ni por uno, ni por veinte, ni por cien.”

GIT


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