Capítulo II:
La
calle es su lugar
“Ella es amiga de
un pordiosero,
y toma anfetas cuando está mal.
Si su cuna fue un triste agujero,
¿cuál es la culpa que debe pagar?”
GIT
Los dos se pararon en aquella
pequeña escalera de madera, la que se encontraba detrás del escenario. Para
cualquier bailarín esta etapa conllevaba un momento de muchas mezclas
emocionales. La ansiedad de querer subir en ese preciso momento, la emoción de
ver al público aplaudiendo y silbando, verlo disfrutar de los movimientos que
ellos realizan; el pánico de equivocarle, la torpeza que sientes que se plasma
en tus manos y pies y que te llevan a moverte de manera extraña; los nervios
que te carcomen por dentro pero que se superan una vez ponen un solo pie sobre
las tablas de aquel escenario, o el que sea. Para cualquier bailarín es una
mezcla de emociones desgastantes que te destrozan el alma y estrujan el corazón
antes de salir a escena y que las luces te enfoquen como la atracción principal
de esa noche. La respiración agitada, las palpitaciones que se hacen sentir
debajo del pecho y ese leve mareo producto de todo eso se agolpaba en los
corazones y pensamientos de cualquier bailarín, pero ellos eran diferentes.
Ionel y Violeta estaban
emocionados porque subirían finalmente al escenario y su actuación por fin
llegaría a su fin. Ambos amaban bailar, ambos estaban totalmente satisfechos de
que D’Amour fuera un espacio indicado
para que ellos mostraran sus capacidades y su forma de hacer arte, pero no era
esa noche la noche más esperada por ellos. Saber que más ojos estarán
pendientes de sus cuerpos que de los movimientos que realicen, saber que
después de eso algunos les seleccionarían como si fueran algo que pueden
consumir y por lo que se venden con relativa facilidad, amargaba los deseos de
cualquiera, pero más los deseos de Violeta. Una mujer correcta, una vástago
casi tan pulcra como sus trabajos, pues ella no aceptaba la labor de
prostituta, las pocas veces que lo hizo fue por una mera y gran necesidad. Una
mujer vástago que esconde un secreto sabido sólo por René, la única que le
tendió una mano y que le ayudó con sus pesares, la única vástago capaz de
contemplarla con ojos comprensivos y que no la juzgó en ningún momento. A ella
le debía mucho más de lo que le debía a otros vástagos o humanos, los mismos
humanos que la entregaron a los vampiros y la dejaron de lado sólo para
salvarse ellos. Violeta había estado sola durante mucho tiempo, hasta que René
la salvó, no podía negarse a bailar.
Amaba bailar desde que era
pequeña, desde que era humana de hecho. Su forma de bailar no era muy refinada,
pero sí era muy femenina de hecho, sus movimientos eran gráciles y parecían un
poco frágiles, por eso es que René le pedía que actuara junto a Alister en ese
tipo de shows. Cuando Ionel se incorporó al grupo lo hizo por un motivo
similar. Su rostro angelical, su mirada cargada de inocencia, su contextura delgada
y pequeña le hacían parecer un joven vástago con menos de cien años de vida. Además
su forma de bailar destilaba inocencia y emociones, destilaba sentimientos que
no podía sacar en su vida cotidiana.
Ionel era un caso diferente al
de Violenta, pero ambos habían sido rescatados por René y su gente, aunque en
su caso fue Alister quien le ayudó en primer lugar. Era un joven perdido a la
suerte del altísimo y que no sabía cómo sobrevivir en las calles, su buen
corazón hacía que su inmensa fuerza no sirviera de mucho, negándose a
alimentarse correctamente hasta desfallecer producto del hambre y el
agotamiento. Alister le había devuelto la esperanza de seguir viviendo, le
había ayudado con sus constantes miedos y temores, había sido ayudado por todos
en ese bar, por eso no se podía negar. A pesar de todo eso, no podía hacer otra
cosa que ignorar aquella voz que le perturbaba desde que tenía uso de
conciencia y le decía que no lo hiciera, que matara a todos los presentes,
aquella voz sanguinaria que le carcomía las emociones y la cabeza cada vez que
se presentaba un silencio o cada vez que los nervios le atacaban, como en ese
momento. Subir a ese escenario le molestaba, no quería que Gorca le viera en
aquella actuación, pero había decidido que asumiría la responsabilidad que
había tomado y por eso se había negado a dar marcha atrás. Todo eso no impedía
que las voces en su cabeza le dijeran que no fuera a ese lugar, que bajara de
ahí y asesinara no sólo a ese vampiro sino a todos los demás. Sus voces estaban
movidas por el hambre, le decían que
se alimentara, que por fin probara un
bocado digno de su naturaleza, pero él se negaba a ella. No iba a dejar que su
dichosa naturaleza, aquella que le condenó a la vida que estaba viviendo, que
vivió y que vivirá, le manipulara, o al menos no tan fácilmente.
Desde donde estaban, desde el
primer escalón de la dichosa escalera, podían ver la puerta, bastante ancha,
que les llevaría a pisar las tablas del espacioso escenario de D’Amour. Las luces aún estaban
tenuamente encendidas, como para que los clientes pudieran disfrutar de sus
comidas y bebidas, así como de la charla y la música suave que estaba sonando.
El jazz se mezclaba con la charlatanería de todos esos vástagos, y algunos
vampiros, adinerados y pervertidos que se agolpaban para ver ese show. Un poco
les revolvía el estómago, pero era su estilo de vida, el estilo de vida que
habían aceptado. Una vez que las luces bajaran, una vez que escucharan la
música podrían subir al escenario para mostrar la rutina que tanto habían
ensayado. Suspiraron levemente, no necesitaban hablar para comunicar lo que
estaban pensando, no necesitaban decir nada más que eso para que el otro
supiera lo que estaba pensando.
El momento llegó. Las luces
cayeron, las voces se apagaron y la música se silenció por un momento. Eran los
segundos claves en que ellos debían esperar para subir y adentrarse en el
escenario, en el mundo de la danza y del deseo, el momento en que dejarían de
ser quienes eran para volverse un personaje. En ese momento Alister se unió a
ellos y se paró detrás del dúo, sus ojos un poco idos, sus movimientos más
toscos que de costumbre y su sonrisa lujuriosa daban cuenta que no era sólo él
quien estaba con ellos esa noche, sino las dichosas pastillas que usaba para
entrar en ese personaje. En el personaje sádico que le habían dicho que tenía
que ser, en ese personaje deseoso de dolor y padecimiento, aquel ser que jugara
con las vidas de sus compañeros hasta el punto de excitarse, una diversión
debía ser para él. Alister sabía que eso
era en el fondo, un pequeño y sádico monstruo, pero esa noche no lo quería ser,
no quería hacer su papel, por eso mismo decidió que lo mejor sería que se
entregara a aquellas drogas y hacer un buen rol. Suspiró y sonrió cuando la
música comenzó a sonar, Ionel apretó los puños y se contuvo mientras apagaba su
mente por unos segundos antes de subir por las escaleras, y Violeta negaba con
la cabeza al no estar de acuerdo con la actitud que tomaba su joven compañero
con la lanza en la oreja.
Los pasos de los dos jóvenes
vástagos, quienes subían primero se hicieron presentes en el escenario.
Movimientos gráciles, profundos, como si sintieran esa melodía triste y
sofocante como parte de su alma. Ambos movían las manos y pies con actitudes
diferentes, Violeta parecía más bien resignada a elevar sus brazos y dejarse
vencer con esos sentimientos de lujuria que la invadían, sus ojos hacia atrás
la hacían parecer en éxtasis. Ionel era inocente, era pequeño, era joven, era
un adolescente que se movía con libertad, como si buscara encontrarse o
encontrar a ese alguien con el que soñaba. Los dos disparaban jovialidad y
hermosura, moviéndose por ese escenario, jugando con una de las sillas de
madera que había en un costado, enrollándose con dulzura en ese caño de metal colocado
en medio del escenario, riendo como si se divirtieran, como si eso fuera un
juego. A veces se tocaban, a veces sus manos rozaban sus zonas más íntimas,
como con timidez, como si fuera un juego inocente, como si no supieran lo que
hacían, ese era el momento culminante de su primera actuación.
La inocencia que se va
perdiendo, el alma y el cuerpo que van creciendo, la lujuria que se va
desenvolviendo en el cuerpo de ellos, como si no fueran vástagos que no pueden
crecer. Los vampiros y vástagos tienen una niñez tan corta que después no la
vuelven a vivir, como si fuera un suspiro su vida de niño pasa frente a sus
ojos a cambio de una larga vida de miseria y adultez que se deja de lado. El
único momento de juego pasa a ser el sexual, pasa a ser el de esos jóvenes
descubriendo sus fetiches, sus gustos, sus placeres y sus ideas nuevas. Eso le
gustaba ver a los vampiros, y varios vástagos, cómo la inocencia se corrompía y
destrozaba, cómo se les era arrebatado lo hermoso con un solo toque, como los
besos podía ser algo más horrible y placentero. Los rocen, los toques, las
lenguas que danzan en un movimiento unísono, los labios que envuelven al de
otros, ese abrazo que no trasmite cariño, sino deseo, ese beso que Ionel y
Violeta están interpretando con todo el sentimiento fingido que puedan poseer.
Leves gemidos y suspiros, así como enlaces entre manos hacían que el público se
deleitara y sonriera como si vieran la mejor botella de sangre para comprar.
La música acompañaba el
momento, la música era mítica, tranquila y emocionante a la vez, deseosa e
inocente al mismo tiempo, parecía que esa melodía danzaba y se movía al compás
de ellos, parecía que había sido creada por sus espíritus. Parecía que una vez
que sus espíritus se perdieron, la música se perdió. En medio de ese beso
lujurioso, cargado del deseo reprimido, de las ganas de llegar a mayores, la
música se detuvo, el silencio captó aún más la atención del público, hizo que
la atención cayera aún más sobre ellos, hizo que todo el tiempo se detuviera en
medio de la contemplación. Ese efecto hizo que, cuando los jóvenes se separaron
quedando unidos por un hilo de saliva, pues ninguno había mordido al otro, se
sintiera aún más el cambio de atmósfera, la entrada de aquel personaje y el
cambio de melodía.
El sonido del aire siendo
cortado por el latigazo que Alister dejó ver, como una especie de entrada
triunfal en aquel escenario donde sus dos compañeros se agazaparon, como si
fueran dos bestias salvajes dispuestas a ser amansadas y mostrando los
colmillos de vampiro que ahora estaban completamente expuestos. La mirada de
Alister era completamente diferente a la que estaban acostumbrados a ver, los
ojos perdidos en las divagaciones, la sonrisa que mostraba los colmillos y la
cabeza ladeada, como si de un loco se tratase. Una risa estridente se hizo
notar en medio de la música y el silencio del público, que estaba expectante
por ver a ese ser que parecía salido de una película de terror. Un nuevo
latigazo que chocó contra el suelo captó la atención y logró el sobresalto de
los dos vástagos. Ionel se movió hacia un costado, su actuación de “ser
bestial” era más que perfecto, pues sentía que algo dentro de él se sentía
libre en ese momento, cosa que nunca le había pasado con anterioridad, ni
siquiera durante los ensayos. Violeta no se movió de su lugar, tal y como lo
habían estipulado en los ensayos.
Tomando a la vástago por el
cabello, Alister la levantó con rudeza del suelo, para besarla con una fuerza y
una demanda que ella bien no recibía, era todo parte del acto. La joven parecía
resistirse, parecía luchar contra el vástago que comenzaba a pasar sus manos
por el cuerpo de aquella mujer, mordiendo parte de su cuerpo, sin llegar a
beber su sangre, pero causando que parte de ésta comenzara a correr por su
cuerpo. Ver la sangre correr por su cuerpo, ver como el vástago arrancaba parte
de la vestimenta de la mujer, hacía que el público se volviera completamente
loco. En medio de bailes grotescos y de el látigo de Alister que danzaba sobre
el escenario, golpeándolo, pero también enredándose en el cuerpo de Violeta,
apretándole levemente, entre mordiscos y besos robados a la fuerza, la joven
fue cediendo ante los pedidos de ese hombre que demostraba su dominio mediante
fuerza bruta.
Una vez Violeta cedió ante las
peticiones violentas del otro vástago, éste la tomó nuevamente por el cabello,
para después tomarla por el cuello. Una de sus uñas causó un fuerte corte en el
cuello de la chica, el lado que daba al público lógicamente, deleitándolos con
la mueca de dolor de la joven, que la exageró para mayor placer. Acto seguido
bebió aquella sangre que corría por su cuello, lamiendo la misma y saboreándola
como si fuerza el mayor manjar del mundo. Ahora sí estaba bebiendo la sangre de
su compañera, hecho al que estaba reacia, pero ella le había pedido que lo
hicieran, pues comprendía que el público no estaría tan acostumbrado a ver la
tercera parte de aquel baile. De una sola lanzada y usando su propio cabello,
Alister lanzó a la joven lejos, ella rozó apenas el caño en medio del escenario
y cayó al suelo. Acto seguido sus ojos se posaron el Ionel, el único que le había
pedido que no bebiera de su sangre. A pesar de que sentía curiosidad por saber
el porqué de esta petición, la dejó de lado rápidamente y se dedicó a llevar a
cabo su papel.
Ionel estaba agazapado como
una fiera, se había quitado la remera que apenas sí le cubría el pecho y la
espalda, mientras que Violeta estaba del otro lado del escenario, jugando con
ese caño de metal en medio del mismo, pero sin llamar mucho la atención y que
ésta se desviara de sus compañeros. Alister esbozó una sonrisa lujuriosa,
perversa, una de esas sonrisas capaces de helar la sangre de las cualquiera que
la mirase, y acto seguido sacó nuevamente su látigo, haciéndolo chistar en el
aire. El chasquido fuerte que provocó el movimiento en medio de aquella música
estridente y que llenaba de adrenalina a los presentes, hizo que se escuchara
un grito colectivo del público. El gruñido casi bestial de Ionel fue el momento
indicado para que aquel látigo se golpeara contra su piel, provocando un grito
de dolor, como el de una bestia herida, que resonara en medio del salón. Leves
gotas de sangre comenzaron a correr por la espalda del joven, la marca de la
herida era muy visible en medio de su blanca piel.
Sin dar tiempo a que Ionel se
preparara o se moviera del lugar donde estaba en medio de un espectáculo donde
el dolor era parte del placer, Alister usó nuevamente le látigo, pero esta vez
de forma diferente. El látigo se enroscó en el cuello del joven vástago que de
inmediato sintió la fricción del mismo, además de la leve presión que ya
generaba su chocker. Un grito ahogado se dejó salir de la garganta de la
pequeña bestia quien había captado la mirada de todos los presentes, mientras
que la risa estridente hizo eco en medio de la música que resonaba en D’Amour. Sin un ápice de compasión,
Alister jaló a su compañero del cuello, hasta dejarlo junto a sí. Los dos
vástagos se observaron mutuamente, como si lucharan y se desafiaran mutuamente.
Pronto el vástago dominante jaló con más fuerza el látigo que envolvía su
cuello, causando muecas de dolor del contrario y que éste se arrodillara en el
suelo, con sus manos intentando quitar el objeto. De frente al público, con los
ojos cristalinos por la asfixia, la boca abierta dejando ver sus colmillos, su
dominante detrás, ajustando el amarre como si éste fuera su perro acompañado de
su sonrisa lasciva, toda esa escena era el deleite puro de los espectadores.
Dando pasos al compás del rock
pesado que resonaba, Alister rodeaba el cuerpo del joven vástago al tiempo que
desajustaba el amarre que mantenía sobre su cuello. El jadeo brusco, causando
por el prolongado momento de asfixia causaba la excitación en los espectadores,
sobretodo en uno que estaba pendiente de las muecas y facciones de su chico elegido. Pronto el vástago
mayor se colocó en cuclillas junto al menor, tomándolo de la trenza que Violeta
le había hecho y jalándola, haciendo que su cabeza quedara hacia atrás y le
contemplara. Con una sonrisa besó sus labios, dejando que el público viera de
forma patente como su lengua danzaba en el interior de la boca del menor, que
vieran cómo éste intentaba alejarse y era detenido por el agarre de su pelo.
Cuando se separaron y se escuchó un gruñido provenir de la garganta de Ionel,
Alister hizo uso de sus garras de vástago. Con lentitud y deleite, comenzó a
rasgar la piel del pecho del joven al tiempo que pasaba su lengua por el
cuello, besando la longitud de éste y pasando por momento por el lóbulo de la
oreja del chico. Una mezcla de dolor y placer se agolpaba en el cuerpo del
joven vástago, sentía cómo sus heridas sangraban y sentía como Alister le
besaba el cuello y le lamía con un deseo que no podía describir. ¿Realmente ese
vástago estaba actuando? A veces esa pregunta se le atravesaba por la cabeza,
pero en ese momento su mente permanecía en blanco, sin poder articular
pensamiento alguno.
Una vez la sangre del vástago
llegó hasta el escenario, una vez que las primeras gotas de la misma mancharon
las tablas, Alister dio un último jalón de pelo a Ionel y arañó su cuello,
provocando que más sangre corriera por su cuerpo. Acto seguido, ambos se separaron.
Alister comenzó una danza violenta con Violeta que bajaba del caño para
enfrentarse a él. Sus cuerpos se movieron con brutalidad casi salvaje, como dos
animales guiados por instintitos y por deseos, la lujuria y la perversión se
entremezclaban en los movimientos de sus cuerpos, en los roces de sus
genitales, en los toques lascivos que ambos se dedicaban. Mientras todo esto
ocurría a sus espaldas, Ionel aún se encontraba arrodillado de frente al
público, su vista perdida en el placer, sus ojos casi blancos por la pérdida de
sangre, mas pronto sus heridas fueron sanando. Los vástagos tenían un rápido
proceso de curación que era aprovechado por Alister a la hora de elaborar la
danza que llevarían a cabo.
Para finalizar sus movimientos
junto a Violeta, la mujer se posicionó delante de él y mientras una de sus
manos se abría paso entre sus piernas, la otra hacía a un lado sus cabellos.
Los colmillos de Alister se clavaron una vez más en el cuello de la mujer, la
sangre brotó rápidamente y fue bebida por el contrario, quien se sentía más
fuerte con ese acto. Con la boca ensangrentada y los colmillos bien marcados,
esbozó una sonrisa hacia el público y hacia el otro vástago que le miraba con
ojos dóciles desde el suelo. Ionel se puso de pie y caminó entre giros y pasos
hacia sus compañeros, los tres se enfrascaron en una guerra por quien sería la
verdadera y mejor mascota de Alister, dejándose hacer y deshacer por éste a su
gusto y placer. El látigo, las garras y los colmillos del vástago dominante
marcaron el cuerpo de sus compañeros en múltiples ocasiones. Una vez le
despojaron de los pantalones, los dos vástagos sumisos se arrodillaron y
comenzaron a besarle desde los pies hasta llevar a su entrepierna, dando a
entender un acto mucho más sexual de lo que realmente fue. Besos y caricias se
mezclaron al tiempo que la música se hacía lenta y daba a entender la llegada
del final de la actuación.
Con un gemido de placer de los
tres, uno más gutural que los otros u otro más humanizado quizás, Alister llevó
a cabo su último movimiento. El látigo quedó enredado en el cuello de Ionel,
mientras que el otro extremo del mismo quedó enganchado en el chocker de
Violeta. Los dos vástagos sumisos arrodillados frente a su amo, los dos con sus
rostros desbordados de placer y con el cuerpo cubierto de sangre, propia en su
mayoría. Los dos jóvenes aparentemente excitados y la única joven deseosa de
más placer, como si los afrodisíacos que habían tomado antes les hicieran
efecto recién en ese momento, cuando la mayoría se había desvanecido a través
de su sangre. Con esa escena plasmada en la mente de los pervertidos del
público, los tres vástagos se marcharon del escenario aún con las correas
puestas, pero caminando los tres al unísono. La actuación había terminado y los
aplausos y silbidos del público daban cuenta de lo mucho que les había gustado,
ahora restaba alistarse para seguir con su trabajo.
– – –
Silencio. El
silencio no era común entre esas paredes, entre ninguna de las paredes de D’Amour era común el silencio. En ese
momento los aplausos colmaban los oídos de los actores que a pesar de ya no
estar sobre el escenario los escuchaban y sabían que iban dirigidos a ellos.
Pese a todas esas personas que les habían visto y habían disfrutado, el reconocimiento
por parte de aquellas personas nunca era deseado. Ser aplaudido por esos
hombres con mente sucias y hasta mugrosas, ser usados como viles objetos de
perversión no era algo que les gustara a ninguno de los presentes. Amaban
bailar, o al menos les gustaba bastante, asique dejaban volar sus movimientos
con pasión, pero al darse cuenta de su público no podían sentirse bien consigo
mismos.
Soledad. Una sensación
que se hacía carne en ellos. Desde que la sociedad les había hecho a un lado
desde antes de ser vástagos, desde que el mismo Estado los había descartado
como basura, como si su vida no significara nada, como si la vida para ellos
fuera un regalo innecesario que merecía ser arrebatado para ser entregado a
alguien más. Pero a pesar de esos pensamientos, a pesar de lo mucho que habían
padecido cada uno en su infierno personal, seguían adelante pues se negaban a
creer que realmente sus vidas no valieran nada. Tenían seres por los cuales
luchar, amores a los cuales buscar, estilos de vida que anhelar, sus
aspiraciones y deseos los mantenían no sólo a flote, sino cuerdos. A veces la
soledad trastorna las mentes de aquellos que realmente se creen solos y sin un
propósito para vivir.
El gran camerino donde estaban
a veces se tornaba muy pequeño para estar solos ellos tres, o dos en ese
momento. Ionel y Violeta se habían retirado antes, dejando atrás a un
consternado Alister que poco podía comprender de todo lo que había hecho y lo
que había pasado sobre ese escenario. Con el silencio y la soledad a cuestas
los dos vástagos se sentaron en las sillas que estaban presentes en ese lugar,
estaban un poco cansados y agotados por el show que habían brindado. Si bien
sus heridas habían sanado completamente de una forma muy rápida, la sangre que
habían perdido les había debilitado considerablemente, pues su alimentación no
había sido especial o diferente ese día. La sangre era vital para que se
mantuvieran con vida, era como el lubricante de sus órganos, la fuente de
vitalidad que los mantenía vivos. Violeta fue la primera que se puso de pie y
sacó una botella de sangre de la misma heladera. La sangre que se
comercializaba para consumo de vástagos y vampiros, aún la de más baja calidad,
debía pasar por un proceso previa para evitar que se coagule o se eche a perder
con la rapidez natural. Con mucha sed, y hambre por supuesto, comenzó a beber
el contenido. D’Amour les ofrecía
sangre pura, la más pura posible, aunque no fuera de la más cara y de mejor
calidad que hay en el mercado.
La sangre del tipo A+ u O+ no
era considerada la más cara o de calidad dentro del mercado general de los
vástagos y/o vampiros, por ese motivo los humanas con este tipo de sangre
debían de pagar impuestos de sangre más caros o a veces complementar con dinero
dichos impuestos. Aquellos con la suerte de poseer un tipo de sangre AB+ o su
variante negativa eran considerados millonarios a los ojos de sus compatriotas
humanos, pues podían pagar perfectamente sus impuestos al tener una sangre de
mejor calidad. Por ese motivo los vástagos suponían que no estarían bebiendo
ninguno de estos cuatro tipos de sangre mencionados, sino alguna otra
intermedia, como podía ser un B+ o un O-, su paladar realmente no estaba
preparado para sentir tantos sabores en la sangre, sólo los vampiros más puros
y refinados podían percibir las sutiles diferencias entre los distintos tipos
de sangre.
Violeta bebía con cierta rabia
la botella de sangre, Alister había pasado un poco la línea que habían definido
a la hora de planificar la actuación de esa noche, estaba bastante enojada con
él de hecho. Éste último había permanecido en el último peldaño de la escalera
de manera que conectaba el escenario con el pasillo angosto que le llevaría al
gran camerino. Su mirada aún estaba perdida y su mente aún divagaba por los
confines de sus pensamientos. ¿Qué había hecho ahí arriba? ¿De verdad había
hecho aquellas cosas? Sentía que había bebido mucha sangre de vástago, sentía
la boca un poco seca y sentía que su cuerpo daba vueltas alrededor de todo. No
podía mantenerse en pie por sí sólo por mucho tiempo, por eso mismo se tomó de
la pared y comenzó a caminar lentamente hacia donde estaban sus compañeros.
Apenas puso un pie en el
umbral de la puerta pudo sentir la oleada de placer y dolor, no era solamente
la actuación lo que lo había dejado en ese estado, aunque le molestara por
sobremanera admitirlo. Había tenido que recurrir a eso por falta de entusiasmo,
por miedo a no lograrlo, o quizás por miedo a disfrutarlo. Recordaba esos
momentos de hace un par de años, aquellos momentos en los que ese tipo de
actuaciones eran normales y muy disfrutables para él, pero cuando Ionel
apareció, todo cambió. La compasión que había dormido en su ser todo ese tiempo
despertó como por arte de magia al decidir ayudar a ese joven maltrecho sin
hogar que había encontrado en la calle casi muerto de hambre. Desde ese día no
pudo hacer daño, en sus actos por supuesto, como lo había hecho siempre. Sentía
dolor al infringir dolor a sus compañeros, sentía un poco de asco de sí mismo
al ver sus actitudes, al ver que disfrutaba de causar daño, estaba
completamente consternado por eso. No obstante, no podía detenerse a pensar y
analizar sus conflictos morales, o quizás hasta más profundo que eso, debía de
seguir trabajando y no iba a hacer otra cosa que no fuera su trabajo de
siempre. Había decidido sobrellevar su pesada carga a como dé lugar, aún si eso
significaba la mirada de rabia que le dedicaba Violeta cuando hubo terminado de
tomar su botella de sangre.
— ¿Lo disfrutaste al menos?
—preguntó la mujer limpiando ese pequeño hilo de sangre que colgaba de sus
labios.
—Creo que sí —dijo Alister con
la voz queda y adentrándose en la sala. —No es que sea mi acto favorito.
—Claro… y por eso decides
tomar esas mierdas tuyas antes de las actuaciones, ¿verdad? —comentó la joven
dándole la espalda dirigiéndose hacia Ionel, quien estaba sentado en otra silla
y cuyo semblante parecía bastante anémico, pese a la paradoja que es este
hecho.
—Sin ellas no sería tan
realista —contestó el contrario caminando al pequeño refrigerador y tomando una
botella de sangre, tenía la boca bastante seca y saciaría su sed de esa manera.
—No me gusta que intoxiques tu
cuerpo así, piensa en lo que estás haciendo —le sentenció Violeta mientras le
pasaba la botella a Ionel.
—Gracias —contestó el vástago
de mirada ausente que se debatía en la silla entre el desmayo y la lucidez.
—Lo tomaré en cuenta —contestó
Alister con simpleza.
Las miradas se centraron por
un momento en Ionel, quien bebía su botella de sangre con una parsimonia casi
crispante. Mientras se podía ver en su semblante la debilidad, la pesadez de su
cuerpo, se podía ver en las cuencas de sus ojos cómo su cuerpo caminaba por
inercia sin razonar coherentemente lo que estaba haciendo, cualquier otro
vástago estaría ahogándose en la sangre de esa botella, pero él no. Tomaba
sorbos pequeños mientras sus ojos apenas sí recuperaban el semblante que
deberían haber tenido con anterioridad, sus movimientos seguían siendo lentos y
un poco torpes, al parecer la adrenalina que había corrido por su cuerpo en el
escenario se había desvanecido.
A pesar de que había
agradecido la sangre, a pesar de que comprendía que eso le ayudaría bastante a
sentirse con energías nuevamente, comprendía en lo profundo de su mente que la
ayuda que estaba recibiendo no era suficiente, no era siquiera el esbozo de la
verdadera ayuda. Sus manos estaban dejando de temblar a medida que aquel
líquido rojo era introducido en su torrente sanguíneo, podía sentir su cuerpo
llenarse de leve energía, como quien come comida chatarra para saciar el hambre
momentánea. Ionel era consciente de su condición, era consciente de la
diferencia que guardaba en receloso secreto de sus compañeros, por eso mismo
había recibido la botella de sangre y había bebido de ésta: para aparentar ser
igual y pertenecer al mismo grupo.
A veces se asqueaba de sí
mismo, a veces le molestaba lo que era realmente, a veces sentir el silencio
que le invadía en medio de la gran cantidad de gente que le rodeaba le carcomía
las entrañas, pero debía de soportarlo. Saberse diferente en un mundo donde se
supone que debe ser igual era muy complicado para el joven vástago quien apenas
sí lograba acoplarse a la vida diaria de ser un vástago común y corriente.
Había tenido que aprender a sociabilizar a la fuerza, había tenido que
comprender el significado de algunas palabras y expresiones que no había
escuchado nunca en su vida, había tenido que adaptarse a tantas cosas que el
fingir ser como los demás le salía de manera casi natural.
—Engañarás a todos… pero a nosotros no —decía una de esas voces que
solía escuchar, aquellos seres que a veces tenían cuerpo y a veces no, se
manifestaban en los momentos donde más debilidad física sentía.
—Tienes hambre y lo sabes —. A veces las voces adoptaban tonos
femeninos, como si se trataran de una voz interna que le decía que en el fondo
no era lo que aparentaba, que ni siquiera se sentía como un joven completamente
heterosexual, pues su verdadero amor era un hombre, el único ser que le
empujaba a seguir adelante aún sin estar presente.
Las ignoraba, aunque tenían
razón. Las ignoraba aunque sabía que lo que decían era verdad. Solo él conocía
su verdadera naturaleza, solo él conocía sus verdaderos instintos, solo él
conocía lo que verdaderamente debía comer y le asqueaba saberlo. Se asqueaba de
su vida y de su dichosa naturaleza especial, lo único bueno que le ha traído en
esa vida esa dichosa condición de nacimientos era haberlo podido conocer a él. Sólo esperaba que ese joven al que
tanto deseaba encontrar no fuera más que otro invento de su mente trastornada.
Sabía que necesitaba no sólo tomar su medicación si quería que esos seres no
hablaran más consigo mismo, sino que comprendía que debía alimentarse bien o
ellos podían hacerse realmente insoportables, como lo estaban siendo.
Para colmo de los males que
sentía en ese instante, saber que afuera le estaba esperando aquel vampiro con
ansias de sangre y de someterlo a las humillaciones que se le ocurrieran le
encolerizaba. Sentía como la adrenalina corría por su sangre nuevamente, como
si estuviera a punto de salir a una de esas actuaciones improvisadas que tan
bien le salían, iba a ir tras ese sujeto y le iba a empujar a donde debía ir.
Tomó un poco de determinación, en el fondo sabía porqué estaba haciendo ese
esfuerzo tan grande: su amado lo esperaba.
Necesitaba el dinero para juntar más e ir a ver a su amado, necesitaba ese
dinero para no darse por vencido y sumirse en la desesperación, y encontrar en
la muerte un alivio a sus padecimientos.
Con esos pensamientos en la
mente, se puso de pie de un solo movimiento. Sintió como sus piernas se
tambaleaban y tuvo que sostenerse de uno de los pocos muebles ante el miedo de
caer al suelo. Una de las heridas que tenía en el brazo amenazó con abrirse,
pues la curación de ellas estaba siendo mucho más lenta de lo esperado. Al
parecer su cuerpo hacía mucho tiempo que no se alimentaba bien y la pérdida de
sangre durante la actuación había agravado el cuadro de debilidad que estaba
teniendo.
Alister y Violeta le sujetaron
por los hombros con la preocupación característica de dos amigos. En ese
momento pudo sentir una calidez que había descubierto hacía relativamente poco.
Confinado a esa mazmorra, en soledad y silencio, siendo tratado peor que a un
animal causaba que cualquier muestra leve de afecto por parte de otros seres
vivos le provocaran la calidez de la compañía. Ionel era muy simple en el fondo
de su ser, no pedía mucho más de lo que tenía, pero su ambición llegaba hasta
obtener la compañía que tanto anhelaba, la compañía de su amado. Por eso no iba
a detenerse hasta conseguir ese sueño.
—Gracias amigos —dijo el
vástago con una dulce y angelical sonrisa que ocultaba los deseos de alejarse
del mundo que permanecían ocultos dentro de su corazón.
—Debes tener cuidado, bebe más
sangre si es necesario —comentó Violeta, evidentemente preocupada por el estado
de salud de su compañero.
—Tranquila, estaré bien —le
tranquilizó el otro. —Mi noche recién empieza…
Al tiempo que terminaba de
decir aquellas palabras, Alister se posicionaba delante de aquel decidido pero
débil joven al que tanto cariño le había tomado.
—No debes hacerlo si no
quieres —dijo el vástago con la mirada muy preocupada.
—Pero sí quiero —respondió el
contrario con la única sonrisa que su cuerpo le permitió esbozar. Acto seguido,
apartó levemente a su compañero de baile y se adelantó hacia la puerta por la
que debía salir.
— ¿Por qué? —casi gritó el
otro al tiempo que se volteaba y le contemplaba, Ionel quedó paralizado en el
umbral de la puerta. — ¿Por qué quieres hacer eso? ¿Por qué no lo rechazas como
muchos de aquí han hecho?
Hubo un silencio un poco
incómodo entre los tres. A veces Alister era demasiado directo y casi obvio con
sus preguntas, pero la verdad es que él mismo necesitaba que dijeran directamente
porqué ese chico aceptaba pasar la noche con un sujeto como Gorca Rohde, con
ese sádico que siempre le dejaba inconsciente y malherido, como si hubiera ido
a una guerra o como si hubiera atravesado el mismísimo infierno. Violeta sólo
no quería hablar, no se sentía capacitada para hacerlo, no podía ni se sentía
legitimada para juzgar a alguno de sus compañeros. Habiendo tenido que hacer
cosas de las que no estaba orgullosa por el bienestar de su hijo, no se sentía
capaz de hablar en contra de lo que hacía Ionel, prefería intentar
comprenderlo.
—Paga más que otros —dijo con
simpleza Ionel, pues juntar el dinero suficiente para viajar era su meta.
—Pero muchas veces te da la
mitad de lo que promete, no tiene sentido lo que haces —comentó nuevamente
Alister.
— ¿Crees que otros hombres me
pagarán más a mí por ser simplemente yo? —preguntó Ionel con la mirada un poco
perdida, necesitaba comer algo más nutritivo y beber más sangre pronto. —
¿Acaso conseguiré muchos más clientes?
—Bueno… eres muy joven, te ves
de menor edad inclusive, tienes gracia, encanto y eres muy agraciado
físicamente, puedes conseguir muchos más clientes —intentó responder Alister
pero el joven vástago negaba con la cabeza con cada cosa que le decía.
—No me siento capaz de estar
con tantos clientes, sólo con Rohde me basta y me sobra, no toleraría sentir a
muchos hombres varias noches seguidas —. Eso era cierto. A pesar de todos los
aspectos positivos de Ionel, el joven no se sentía cómodo con ningún otro
vástago o vampiro, además de que su personalidad bastante callada y reservada
no le permitía hacer contacto o formar un vínculo rápido con otros seres. La
verdad era que sus características físicas habían atraído al Lord vampiro, por
su sola apariencia, y el dinero había motivado al vástago para aceptar su
oferta. Aunque la verdad era que Lord Rohde no había sido el primer cliente del
vástago cuando llegó bajo el cuidado de Rene.
—Pero… —intentó seguir
cuestionando Alister.
—No, no me detengas —habló
finalmente Ionel, pero antes de que saliera finalmente una añoranza en su
corazón le hizo voltearse y contemplar a su salvador, a ese joven que le había
dado una segunda oportunidad en el pasado y le sonrió. Aún en medio de su falta
de certeza con respecto a todo lo que le rodeaba, pudo sonreír y mirarle,
directamente a los ojos. —No me detengas, a menos que tengas un trabajo mejor
para mí —repitió nuevamente para después desaparecer por esa puerta con un halo
de resignación mezclado con determinación.
– – –
El salón principal de D’Amour estaba menos concurrido que
antes. Durante el transcurso de la actuación muchos de los clientes del bar se
habían marchado o bien habían conseguido uno de los trabajadores para pasar
aquella noche tan bella a los ojos de cualquier vampiro o vástago en otras circunstancias. Entre aquellos que
se encontraban aún presentes en aquel gran salón, estaban la vampiresa de
vestido rojo, la dueña del bar, el vampiro que había llamado la atención de los
trabajadores del bar y al que deseaban echar con todas sus fuerzas y aquellos
vampiros que estaban muy animados hablando con él. Al parecer el show que
habían brindado los vástagos había causado una suba de adrenalina en aquel
hombre, razón por la cual se sentía con mayor confianza y estaba hablando
animosamente con otro vampiro, otro empresario para ser precisos.
Las miradas de las mujeres se
habían posado en aquel hombre descarado que no se iba del bar, que seguramente
estaba esperando a Ionel para hacerle pasar una noche larga y dolorosa. Un leve
gruñido escapó de los labios de aquella travesti al tiempo que apagaba el
cigarrillo en el cenicero que tenían en medio de la mesa. Lady Balan no hizo
otra cosa que observar a su amiga, evidentemente no le caía bien esta
situación, sabía que ella desaprobaba completamente el sufrimiento de sus
empleados, pero si Ionel aceptaba por voluntad propia no había algo que pudiera
hacer, y eso la frustraba mucho.
Un suspiro escapó de los
labios de la vampiresa después de beber el último sorbo de su bebida. Mas en
cuento elevó la vista pudo divisar a un joven vástago de blanca piel y de
oscuros cabellos, era más que evidente la utilización regular de tintes para el
cabello y seguramente eran más duraderos que los comunes. Su menuda figura
llamó la atención de los presentes y muchos le miraron con una sonrisa lasciva
en sus rostros después de que cayeron en cuenta que era el joven que había
actuado en el escenario. En cuanto a su mirada, escondida detrás de esos lentes
negros, parecía más que sólo decidida, parecía una mezcla extraña de emociones
que oscilaban entre la resignación y la esperanza. En el fondo nadie tenía la
certeza de saber qué era lo que buscaba ese chico con ganar tanto dinero, ni
sabían quién era ese amor del que
tanto hablaba y del que se deleitaba hablando por horas y horas si le permitían
eso, nadie sabía el nombre de aquel ser y muchos especulaban con que era de
sexo masculino, pero ni siquiera el mismo Ionel le llamaba por su nombre.
Algunos de los compañeros de
ese vástago de poca ropa que avanzaba por entre las mesas, con vista fija en la
mesa de uno de los vampiros más odiado en el bar, le tildaban de loco. Era un
completo loco por aceptar pasar una noche con Gorca Rohde, era un completo loco
por hablar disparates sobre un amor en otro continente al que quería encontrar
y al que debía ver lo más pronto posible aún sabiendo lo caro que era un pasaje
de avión fuera de Gigat. Las políticas anti-inmigración del país más grande de
todo el continente eran muy estrictas y, siendo un vástago rechazado por el
ejército, era mucho más difícil salir por las vías legales. No obstante eso,
las vías ilegales eran mucho más costosas y más difíciles de conseguir por la
amplia demanda. Ionel debería viajar en una de ellas al carecer completamente
de la documentación requerida y él mismo comprendía que era la forma más segura
de viajar tomando en cuenta su persona, mas este hecho nadie lo conocía y nadie
le había preguntado.
A pesar de que su vista se
nublaba por momentos, a pesar de que su cuerpo perdía levemente el equilibrio
con cada paso que daba, a pesar de que su corazón latía a mil por hora y que
sus manos sudaban, Ionel logró acercarse a la mesa donde el vampiro estaba
hablando con otro ser que parecía muy adinerado. En el fondo de su ser un vacío
se formó, un vacío en su estómago se hizo mucho más presente a causa del poco
alimento que había ingerido en esos últimos días, la sangre ya no le era
suficiente, pero se negaba a comer otra cosa que no fuera eso. Las voces en su
cabeza se acallaron levemente, pero el mensaje que le seguían trasmitiendo era
el mismo: cómelo, mátalo; mátalo, cómelo.
Con todo el pesar que esto le conllevó, logró acallar más esas voces cuando
sus ojos se fijaron en los de Rohde. Indiferentes, imponentes, egocéntricos,
pedantes… no era una descripción diferente de la que había hecho de los ojos de
otros vampiros con los que se había cruzado a lo largo de su vida. Ese sujeto
era un vampiro como todos los demás.
—Actuaste muy bien, pequeño
—dijo el vampiro provocando un leve gruñido por parte del menor. A veces su
fiera interna se dejaba manifestar en forma de leves gruñidos que no eran
percibidos, la mayor parte del tiempo.
—Recuerdas el trato, ¿verdad?
—contestó Ionel mirándole fijamente, sólo para acallar esas voces que aún
hacían eco en sus pensamientos.
—Que impaciente eres —contestó
el otro tras un suspiro de resignación. —Pero sí, lo recuerdo muy bien.
— ¿Vamos? —preguntó el vástago
con la ansiedad de quien necesita dinero pronto.
—Estoy ocupado ahora, tengo
que cerrar un trato —respondió y dirigió una sonrisa al hombre con el que
estaba hablando.
Ionel no respondió nada,
simplemente se quedó ahí parado, luchando contra sus instintos más salvajes,
contra su lado más brutal, contra esa bestia interna que no le dejaba ni a sol
ni a sombra y que se acaballaba con las pastillas que su amado le daba. Hacía ya mucho tiempo que no tomaba esas pastillas
que hacía su día a día más calmado, por eso su lucha se había vuelto una guerra
constante consigo mismo. Sin embargo, pronto sentir una mano que le rodeaba por
la cintura y le movía de su lugar le sacó de su ensimismamiento.
Gorca Rohde le había tomado
por la cintura y le había jalado hacia donde estaba él. La cercanía era mucha,
la suficiente para que sus labios rozaran levemente le oído del vástago y que
sólo éste pudiera escuchar lo que quería decirle.
—Pero tranquilo, estoy ansioso
por pasar una noche contigo —comentó y lamió levemente el lóbulo de la oreja de
Ionel en señal de deseo.
Con un sobresalto, Ionel le
empujó y se alejó del agarre de aquel vampiro que se creía con la impunidad y
el descaro de tocarlo de aquella manera frente a muchas personas y sin su
consentimiento. Ese sujeto era realmente despreciable, de sólo pensar que
pasaría una noche con él le asqueaba y le producía un dolor muy grande en el estómago,
como si se anticipara a lo que venía.
—Te esperaré en mi habitación
—sentenció le vástago una vez se hubo separado. —Sabes donde es —acotó y se
encaminó hacia el cuarto que se encontraba en el mismo bar, en el segundo piso
para ser precisos.
Los ojos de las dos mujeres se
habían centrado en la escena con la impotencia de no poder hacer algo o golpear
al vampiro, que se había ganado el odio de muchos para ese momento. Un fuerte
suspiro escapó de los labios de las dos para después compartir miradas. La
rabia y la impotencia se seguían reflejando en los ojos de la otra.
Parecía que un silencio
incómodo se había formado en medio de aquella escena. Un joven vástago, un
joven aparentemente pequeño y frágil, pero con la suficiente determinación como
para enfrentarse a ese hombre que era más que un sádico, disfrutaba tanto con
el sólo impartir dolor e intimidar a otros que su placer parecía estar
complacido, pero no. Siempre iba a querer más, más sangre, más daño, más dolor,
más sufrimiento, más espasmos en el cuerpo de ese pequeño vástago con una
escasa cantidad de sangre que se tambalea mientras se acerca a una de las
muchas puertas ubicadas al costado del gran salón.
A pesar de que el ruido se
mantenía, de que la música seguía su curso y de que las personas hablaban como
si nada, preocupándose de sus propias cosas, el tiempo no se había detenido
sólo para aquellas dos mujeres adineradas. Una vástago travestida y una
vampiresa nacida en cuna de oro sentían una gran empatía por esa pobre alma
condenada a pasar su noche con Gorca Rohde, pero no sólo ellas. En el pasillo
que se abría entre las mesas y las puertas de la pared del salón, caminaban los
otros actores de D’Amour. Un andar
tranquilo y taciturno mientras las miradas de ambos parecían perdidas en sus
propias cavilaciones, cada uno pensando en lo que le depararía esa noche.
—Tengo un cliente —susurró
Violeta mientras volteaba a la mesa de unos vampiros de un estrato social
bastante más bajo que el de la vampiresa.
— ¿Segura que quieres hacer
eso? —inquirió Alister en el mismo tono de susurro y con la mirada aún perdida
en la nada.
—Obvio, es mejor que
refugiarme en drogas para negar lo que soy —respondió ella y se desvió hacia
dicha mesa.
Alister sólo siguió caminando,
derecho, directo a los sillones donde estaban su jefa y su amiga y clienta,
directo a esa zona donde la mesa entre ambas tenía un cenicero con abundantes
colillas de cigarrillo. Al parecer las dos habían estado un poco estresadas
durante la función, y es que conocían muy bien la naturaleza del joven vástago
casi protagonista de los hechos. Su personalidad había cambiado sustancialmente
desde que Ionel había aparecido en ese salón y desde que se habían hecho tan
cercanos. Las dos eran conscientes de lo que pasaba por la mente del vástago,
de la confusión que se veía en sus ojos, de lo mareado que parecía caminar y de
lo taciturno que se volvía cuando el efecto pasaba.
Una vez que el Alister llegó
más cerca de Lady Balan y de René, se paró detrás de la mesa ratona. Pudo notar
que había dos vasos vacíos en medio de la mesa, uno a cada lado del cenicero
lleno de colillas de cigarros. No lo miraron directamente, pero sí de reojo y
pudieron ver como no reaccionaba. Sólo contemplaba a Lord Rohde como si
quisiera asesinarlo en ese preciso momento, como si estuviera describiendo con
su sola mirada cómo destruiría a ese ser de forma lenta y dolorosa. Sus manos
temblaban levemente y su respiración era bastante agitada, pero la verdad era
que no lo notaba, sus pensamientos estaban bastante confusos y no quería
aceptar que todo en él estaba cambiando.
Meridia Balan fue quien habló
primero, había ido a D’Amour con el
deseo de pasar una noche con Alister pero estos hechos la habían tomado por
sorpresa. En ese momento se dio cuenta de Alister la necesitaba más a ella, que
viceversa. Suspiró al tiempo que exhalaba un poco del humo de su cigarro.
—Fue muy linda tu actuación
—comentó la vampiresa aún sin mirarlo a los ojos. René elevó levemente la vista
y contempló a ambos, no había prestado particular atención. No obstante, al ver
la mueca desencajada del vástago, supo que no quería escuchar esa conversación.
—Debo irme —comentó la
vástago, para luego ponerse de pie y alejarse de ese par.
Se formó un leve silencio,
nada incómodo de hecho. Meridia fumaba con una parsimonia que carcomía los
nervios del contrario, le destruía la poca tolerancia que había logrado juntar
desde que ese sujeto le pagó por su revolcada antes de llegar al trabajo. Su
trabajo nunca era muy bueno, su forma de hacer las cosas no siempre era la
mejor, pero era lo que podía hacer. Antes el sólo disfrute de sentirse
dominante, de sentir que podía golpear y hacer daño a alguien siendo consciente
de que no lo lastimaría realmente le reconfortaba. Pero ahora esa sensación
había desaparecido, Ionel estaba lastimado y débil y aun así iba a enfrentar a
ese bastardo de Gorca. ¿Cómo podía disfrutar de algo así? No lo aceptaría, no
quería aceptarlo.
— ¿Linda? ¿Mi actuación te
pareció linda? —comentó Alister, logrando que la vampiresa lo contemplara fijamente.
Sin contestarle a aquellas
preguntas, la mujer se puso de pie y apagó su cigarro en el cenicero. Le
contempló desde los 5 centímetros que la separaban de ser igual que Alister,
éste último elevó la cabeza y contempló a los ojos. Lady Meridia Balan era de
la misma altura que ese joven vástago, pero con unos buenos tacos le sacaba
esos cinco centímetros de distancia.
—Lástima que esas pastillas
opacan todo lo que eres —dijo la mujer, causando el silencio por parte del
contrario. —Vamos, te pagaré al final de la noche.
—Déjame cambiarme, no quiero
que me vean así contigo—dijo bajito el contrario mientras la seguía. La
vampiresa simplemente asintió con la cabeza.
– – –
―Vayamos a cenar a algún lado
―dijo Meridia después de que Alister se hubo subido al auto y cerrado la puerta
del acompañante.
― ¿Cenar? ¿Por qué? ―preguntó
algo sorprendido por la propuesta, ellos habían cenado juntos varias veces,
pero siempre era una excusa para hablar de temas importantes o muy personales
de ella. La verdad es que hoy no tenía muchos ánimos para cenar y hablar de
temas varias con la vampiresa.
Meridia Balan dejó salir una
risa bastante notable pero no desagradable. Le causó un poco de ternura ver la
mueca que había formado, el joven vástago no había caído en cuenta de lo que
acababa de decirle. Simplemente quería que fueran a cenar, a comer algo rico
para que olvidara un poco sus pesares y sus dilemas emocionales. Ambos sabían
muy bien la causa de los malestares del vástago y, al menos en la mente del más
joven, comenzaba a pensar en una posible solución a sus dilemas, aunque su
solución le causara una gran consternación. Pero también el tener que pedirle
algo a ella, a Lady Meridia Balan, una vampiresa de renombre, le causaba cierta
consternación.
Alister, a quien su apellido
había sido arrebatado por el mismo gobierno que le había arrebatado su
humanidad, en el fondo no podía ver a los vampiros más que con desprecio, él
nunca podría amar a un vampiro como lo haría otro ser vivo. Para él, aunque
trabajara para el entrenamiento de vampiros, aunque sus mayores clientes
sexuales fueran vampiresas y vampiros, aunque sus compañeros fueran vástagos
que intentaban hacerlo desistir de sus ideas, de sus prejuicios, explicándole
que no todos los vampiros eran como él los pensaba, ese sentimiento de rencor y
desconfianza no desaparecía de lo más profundo de su corazón. De todos los
vampiros que había conocido, sólo Meridia Balan había causado en él una cierta
conmoción que lo llevaron a pensar que podía tener una cercanía con ella más
allá de lo laboral, pero eso sólo podía desarrollarse en una amistad tan
cercana como la que tenían en esos momentos.
― Aún no me respondes ―cuestionó
nuevamente Alister enarcando una ceja y un poco enojado por la reacción de la
vampiresa.
—Simplemente quiero cenar contigo,
eres mi amigo después de todo, es normal que quiera que me acompañes a comer
algo ―respondió ella buscando que su respuesta fuera lo más coherente posible,
no quería ser tan directa con él y explicarle el grave problema que estaba
viendo o lo mucho que le dolía el verlo meterse esas pastillas dentro de las
bebidas para sobrellevar el malestar emocional.
―Bueno… que bien que me vestí
para la ocasión ―dijo el chico recuperando levemente su tono jovial.
―Eso es cierto —. Alister se
había deshecho de la lanza de su oreja y había optado por poner unos pantalones
más sueltos y una remera más cubierta, que dejara algo a la imaginación. Su cabello
había permanecido del mismo color, pues no se iba a quitar el tinte esa misma
noche. También había decidido quitarse esos lentes de contacto y cambiarlos por
otros más oscuros.
― ¿A dónde iríamos? —preguntó
de repente el vástago al notar que el auto se había puesto en marcha.
La vampiresa dejó salir otra
risa, mucho más leve y menor burlesca pues conocía el temperamento de ese joven
que se ofendía rápidamente Esa mujer le conocía con cierta facilidad, y es que
él se sentía sumamente incómodo en lugares demasiado lujosos o dejando que ella
pagara la totalidad de los gastos pese a sus pocos ingresos. Aunque admitía que
ese joven no se vestía para nada mal y solía rechazar a varios clientes que él
mismo consideraba desagradable, claro que ella le brindaba una buena paga por
cada noche que pasaban juntos, por lo que pensaba que el sueldo de ese chico
era bastante alto para ser un prostituto de D’Amour.
―Es un lugar no muy caro, creo
que te gustará ir… Sabes que la cuenta será dividida en dos ―explicó ella
sabiendo que esos eran los interrogantes que pasaban por la cabeza de aquel
joven de cabello cambiante.
Alister lo pensó un poco, la
propuesta sonaba bastante interesante, hacía mucho tiempo que no salía con esa
mujer, y que no salía con ninguna mujer debido a que había estado muy enfocado
en el trabajo, especialmente el baile. Quizás aceptar salir con ella era algo
bastante bueno para su vida actual, más sabiendo que simplemente buscaba
relajarse después de un largo día. Para él sería bastante relajante salir a un
lugar bonito para comer algo y después tener una noche placentera.
―Sí, vamos entonces ―sentenció
al final esbozando una sonrisa en su rostro.
De esta manera los dos
emprendieron viaje hacia el lugar que Meridia Balan había seleccionado para la
cena. Ambos estaban callados y cada uno comenzó a concentrarse en sus propios
asuntos, como pasaba seguido con las personas que les rodaban. Cada uno sumido
en su mundo podían conformar una pared bastante grande entre los dos, una pared
que por momentos se rompía gracias a algún comentario del locutor de radio que
se escuchaba a través del estéreo del auto que los llevaba a intercambiar
remotas palabras. Alister cayó en cuenta de ello, por eso se dirigió a
sintonizar otra radio, con música más movida y que le ayudase a pensar de una
manera complemente diferente. Necesitaba pensar en algo que le beneficiara a él
y a Ionel, pero sabía que quizás estaría pidiendo algo demasiado grosero, por
eso luchaba en su mente de forma subconsciente.
— ¿Cuándo vas a aceptar mi
propuesta? —preguntó de repente la vampiresa.
— ¿Qué? —cuestionó el
contrario, al tiempo que lograba dar con una canción bastante buena. No pudo
evitar mover levemente el cuerpo al ritmo de la melodía.
—Mi propuesta de que vengas a
trabajar a mi mansión y dejes de trabajar en la calle —dijo con firmeza al
tiempo que paraba, pues el semáforo estaba en rojo.
—Ya te he respondido que no
quiero, la calle es a donde pertenezco —contestó el contrario recargándose en
el asiento.
—Que hayas nacido ahí no
significa que tengas que permanecer ahí, no es tu único lugar.
—Pero es el lugar donde elijo
estar, es donde me siento cómodo —respondió y la conversación llegó a una especie
de bache.
En cuestión de minutos se
detuvieron delante de un restaurante que, desde afuera, parecía bastante
lujoso, no poseía adornos de oro pero sí una fachada elegante, con luces de
neón tenues y un cartel muy sobrio. Un par de ventanas adornaban el frente
dándole un aspecto uy familiar, con un par de plantas que ayudaban a lograr
este cálido ambiente. Aparco en el espacio reservado para los clientes antes de
detener el motor y dejar que Alister contemplara el restaurante. Nunca había
ido ahí antes, pues consideraba que no era el lugar adecuado para un vástago,
mas ahora que lo veía bien y lo comparaba con otros sitios a los que había ido
con Meridia, ese era el más “bueno, bonito y barato” de todos.
―Vamos ―dijo ella con una
sonrisa un poco nostálgica que llamó la atención de Alister, por un momento la
vio parpadear de más, buscando esconder sus lágrimas que amenazaban con brotar
de sus ojos.
El interior era igual de
lujoso y hermoso que el exterior, con una iluminación mucho más grande y que
servía perfecto a sus fines básicos. Había varias personas, la mayoría de ellas
vampiros por el simple hecho de que se les dificultaba salir de noche, por ese
motivo la mayoría de los locales, especialmente los de comida, se mantenían
abiertos toda la noche y la primero o segunda mitad del día siguiente teniendo
en cuenta lo que se le pagaba a los empleados, que eran normalmente vástagos o
humanos, claro que éstos últimos en menor medida y teniendo el menor contacto
posible con el público vampiro. Para los humanos, el estar cerca de un vampiro
era considerado un peligro, pues éstos podrían oler la sangre y atacarlos, en
el caso de los vástagos su sangre no era ni la más rica ni la más nutritiva
para un vampiro, salvo algunas excepciones, pero en general los vampiros no se
sienten atraídos por la sangre de vástago. Por ese motivo sólo los humanos
podían eximirse de pagar impuestos ofreciendo sangre en compensación de éstos
mientras que los vástagos debían de pagar la totalidad de impuestos sin ninguna
consideración especial.
Se ubicaron en una mesa
cercana a la una de las pinturas que se encontraban en las paredes de aquel
bonito lugar, “El violinista” ese era el nombre de la pintura cuyo autor no era
más que un artista local cuyo nombre artístico era Leonard. La pintara
retrataba a un joven violista con un sombrero de copa que proyectaba una sombra
que ocultaba su rostro, los cabellos del violista eran largos y azabaches, y
estaba vestido de camisa y pantalón azules. Parado en medio de un escenario, el
violinista parecía estar en medio de un concierto frente a gente muy
importante, o esa era la sensación que transmitía la pintura. Alister no le
habría prestado tanta atención a la pintura de ese tal Leonard de no ser porque
Lady Balan tenía la mirada fija en ella. Por eso mismo fue que Alister
contempló la pintura que parecía haber sido hecha por un artista no muy famoso,
pero después de todo la pintura no era su fuerte.
―Sabes… ―comenzó a hablar Lady
Balan sin despegar los ojos de ese cuadro de pocos colores que oscilaban las
tonalidades rojizas, ―solíamos venir a este restaurante con mi difunto esposo y
mi hijo, siempre nos sentábamos en esta mesa porque a mi hijo le encantaba esa
pintura ―sentenció con una sonrisa nostálgica mientras sus ojos, cansados de la
rutina y recientemente agobiados por los recuerdo, se cristalizaban en la
tristeza de la pérdida.
―Oh… entiendo ―comentó Alister
mientras contemplaba nuevamente el cuadro.
―A mi hijo le encantaba el
violín ―siguió hablando la mujer ahora sí contemplando al joven que tenía
sentado al lado. ―Pero en realidad nunca tuvo talento para tocarlo, por eso
prefirió dedicarse a otros instrumentos ―comentaba al azar para después dejar
salir una risilla que buscaba ocultar la nostalgia que le provocaban esos
recuerdos.
―Debió ser algo frustrante
para tu hijo ―comentó el muchacho sin saber bien qué responder a esas palabras.
―Sí ―respondió bajando
levemente la cabeza, mas después pudo reaccionar del momento incómodo que ambos
estaban teniendo. ―Oh, lamento haberte aburrido ―dijo entre risas cuando le
mozo se les acercó con la carta en mano para saludarlos cordialmente y entregar
la misma al par de comensales.
―Descuida, para eso estoy
―contestó con una sonrisa y el doble sentido patente en sus palabras.
Sí, a Alister le pagaban por
escuchar los problemas de sus clientas, por satisfacerlas en cama y darles el
amor que no podían encontrar en otras personas, eso era parte de todos los
servicios sexuales que solía prestar a esas vampiresas con las que fingía estar
a gusto sólo para poder recibir una paga generosa y ganarse una clienta
frecuente. Pero con Meridia Balan las cosas era muy diferentes, pues a esa
vampiresa le había tomado cierto aprecio y no le disgustaba, o al menos no
tenía que fingir tanto cuando la escuchaba hablar de su vida o de su trabajo.
Además, la conocía demasiado bien como para saber que ella conocía y comprendía
su pensamiento, razón por la cual podía ser muy sincero con ella sin sentirse
culpable siquiera.
En cuanto a Meridia, no tomó
importancia del comentario que había dejado salir su compañero y casi amor
platónico. Le conocía y sabía que simplemente era sincero, no necesitaba que le
diera explicaciones, después de todo no era más que un vástago que había tenido
que trabajar de mozo, bailarín y hasta prostituirse, aunque no le gustase que
le catalogaran de aquello, para sobrevivir día a día. Por momentos le gustaría
que ese chico tuviera un futuro mucho más prometedor, pero estaba segura de que
cuando lo quisiera recurriría a ella y estaría dispuesta a ayudarle por el amor
que alguna vez le profesó y que se transformó en un cariño casi fraterno.
Ordenaron comidas sencillas,
Alister se limitó a pedir el mismo platillo que Meridia por el simple hecho de
conocer poco la gastronomía de ese restaurante. Mientras esperaban a que la
comida estuviera servida en su mesa, las conversaciones triviales se hicieron
presentes en ese lugar. Sobre los negocios de Balan Inc. que, aunque le vástago
no comprendiera del todo por sus conocimientos básicos de negocios. Además de
que él se limitaba a asentir y preguntar cosas puntuales, Meridia intercalaba
preguntas sobre el joven, buscando que éste le respondiera, pero nada de eso
pasaría. Alister era muy cerrado y no contaría ni su vida ni de sus
pensamientos a una vampiresa, ni siquiera Lady Balan, era parte de su código de
vida.
Aunque en su cabeza el rostro
de Ionel se hiciera presente, sus lágrimas de cuando llegó al bar, su voz
cantarina y su tarareo matutino, su positividad, todos los pequeños detalles
que lo conformaban como persona y que eran destrozados por Gorca Rohde en una
simple noche de salvajismo, no iba a decirle nada de eso, o al menos no aún. No
sentía que tuviera la confianza de hacerlo en ese momento, se sentía un poco
incómodo por la carga emocional que ese restaurante poseía para Meridia, se
sentía en un territorio que no era suyo, sino de la mujer, por esa razón
prefirió esperar a después, hablaría con ella después, esa vampiresa podría ser
realmente su salvadora.
Mientras comían sus platillos,
que consistían en carne con una guarnición bastante generosa, un podo de
fiambre y, por su puesto, sangre de la más alta calidad para que tanto una
vampiresa refinada como un vástago de los suburbios pudieran disfrutar a la
perfección, un cómodo silencio reinó en la mesa. Los dos mantenían la costumbre
de comer en silencio, ambas costumbres adquiridas de comer en soledad. Alister
desde que fue obligado a ingresar al ejército se había mantenido al margen de
los demás, sintiéndose él mismo como un excluido en medio de todas esas
personas. Lady Balan había descubierto la soledad tras la muerte de su marido,
un vástago que la condenó al ostracismo político y familiar, hasta la muerte de
sus padres y la consecuente asunción como presidenta de Balan Inc. Su vida no
había sido simple, detrás de todo el éxito empresarial de su empresa familiar,
se ocultaban una amalgama de sacrificios por un amor que nunca pudo dejar
atrás.
Maridia Balan, la joven
vampiresa de una importante y reconocida familia con muchos contactos
políticos, lo cual ayudaba al crecimiento de la empresa, que se había enamorado
de un humano, un humano prestigioso, inteligente, muy apuesto y con muchos
estudios que lo elevaban de categoría, pero un vástago al fin y al cabo, un simple
y nada particular vástago. Su amor fue condenado, su noviazgo repudiado y su
hijo humillado por vampiros y humanos. El fruto de ese amor prohibido llevó a
que la pequeña familia tuviera que vivir en el extranjero, hasta que el
accidente en avión que sufrieron los padres de Meridia les hicieran regresar
para que la hija mayor del matrimonio Balan, asumiera su responsabilidad como
dueña de la empresa. Fue un cambio muy duro para la familia, pero no por el
hecho de ser endemoniadamente ricos, sino porque su pequeño hijo, un niño que
tenía toda una vida de humano por delante, fuera transformado en vástago por
órdenes de los vampiros de mayor rango.
Aún con un hijo vástago y un
vástago como esposo, Meridia Balan se convirtió en una de las mujeres más
poderosas de todo Gigat. Su marido era un médico de los más reconocidos de todo
el país, profesor de la universidad inclusive, una eminencia en medicina como
solían decirle, terminó trabajando para el mismo gobierno que le había
despreciado por “corromper” a una vampiresa con su asquerosa sangre humana y su
mortalidad. A pesar de todos los prejuicios y el hecho de que era un vástago,
un simple humano conversito, el gobierno lo contrario porque no tenían una
mejor opción. La muerte temprana de ese hombre significó una caída emocional
para la vampiresa, quien aún lucha para sobreponerse a la pérdida de ese hombre
que fue el amor de su vida. La vida humana es tan frágil que ni los mejores
médicos podrían sobreponerse a una enfermedad tan terrible como un cáncer tan
avanzado que se hubiera ramificado por todo el cuerpo de ese pobre hombre que
aplacaba la agonía de la muerte con calmantes muy potentes antes de someterse a
una operación de la cual podría no salir caminando o pensando. Un hombre que
vivió para obtener conocimiento, la codicia de conocimiento lo llevó a la
ruina.
Los recuerdos de su familia,
ahora mucho más pequeña que es ese tiempo, le habían sentirse melancólica y las
lágrimas siempre amenazaban con brotar de sus ojos sin control alguno. Pero en
esta ocasión las cosas eran muy diferentes, porque estaba acompañada de alguien
a quien apreciaba con sinceridad y que era lo más cercano a un amigo que alguna
vez hubo tenido, en el fondo sabía que Alister no sólo buscaba dinero de ella.
No sabían cuan acertada estaba en este pensamiento, su facilidad para
comprender a las personas, su empatía, le hacía ser una persona con una
intuición muy acertada en la mayoría de los casos.
―Meridia ―escuchó la voz de
Alister quien le llamaba con el mismo respeto con el que le hablaba siempre. En
cuanto la mujer reaccionó pudo sentir la mano de ese joven tomando la suya,
pudo sentir sus cálidos dedos entrelazándose con los propios y se sorprendió un
poco, él nunca había hecho un contacto tan dulce o cariñoso. ―Lamento mucho que
tengas esos recuerdos tan tristes y que un lugar tan bello le haga recordarlos
―comentó Alister mientras presionaba la mano de aquella vampiresa, realmente le
molestaba verla triste. ―Pero estoy aquí ahora, no estás sola.
―Alister ―dijo ella
sorprendida de escuchar esas palabras salir de la boca de aquel joven que
normalmente se mostraba distante y casi apático en muchas situaciones. Sintió
cómo una chispa dentro de su corazón se encendió, fue como si ese ser le
despertara la más sincera ternura y cariño. Por esa razón estiró la mano y
acarició con suavidad la mejillas de ese joven vástago que aún siendo dueño de
ese sentimiento de rechazo hacia los vampiros, el mostraba afecto a ella, sólo
a ella. ―Sé que si estoy contigo no estaré sola.
El joven se dejó acariciar por
aquella vampiresa, la tibieza de su mano se le hizo muy familiar, más por
haberla sentido de aquella manera muchas veces sino por la intención. Hacía
mucho tiempo no sentía esa calidez, ese sentido de cariño, de afecto, ese amor
fraternal que a veces una madre podría demostrarle a su hijo. Pero no, él no
era el hijo de aquella vampiresa, a lo sumo podría haberlos unido una amistad
que iba más allá de lo laboral, una unión carnal que no los separaría
fácilmente del rol de amantes. Pero la amistad y el cariño que habían formado
en ese tiempo iba mucho más allá de una simple unión carnal, ellos lo sabían,
pero también sabían de lo necesario de aquella unión como una mera excusa para
seguirse buscando en un futuro o en el mismo futuro cercano.
Con cuidado, el vástago colocó
su mano sobre aquella mano blanca que se mantenía sobre su mejilla. Fue como si
quisiera tener una mayor cercanía con esa mujer con la que hizo contacto
visual. Inevitablemente, sus ojos se fundieron en miradas que querían decir
muchas cosas. La preocupación, el deseo, las ganas de sentirse acompañados pero
no por cualquier persona, sino por esa persona que estaba delante de sus ojos.
Ambos sabían lo que querían a partir de ese momento.
―Hazme compañía esta noche ―le
dijo la vampiresa con una leve sonrisa esbozada en su rostro.
―Por supuesto, mi lady
―respondió el otro mientras tomaba con suavidad la mano que acariciaba su
mejilla.
― ¿A dónde quieres ir? ―dijo
la mujer a lo que Alister esbozó una sonrisa antes de dejar salir su respuesta.
Pagaron la mitad de la cuenta
cada uno, y es que como ambos comieron lo mismo la cuenta era igual. Alister no
estaba de acuerdo en una mujer, una vampiresa, pagara la totalidad de la
cuenta. Mientras que Meridia se negaba a que el joven pagase todo sabiendo la
poca paga que recibía y que, si bien le servía para vivir cómodamente, no le
permitía darse grandes lujos. Por esa razón decidieron pagar la mitad cada uno,
de manera que no fuera todo a cuenta de uno u otro.
No fue un recorrido muy largo,
tampoco fue un recorrido poco conocido, ellos sabían a dónde iban, sabían
porqué iban a ese hotel en vez de ir a la casa de aquella vampiresa. Ninguno de
los dos se sentía con la potestad de, sin ser pareja formal, ir a la casa donde
había vivido la familia Balan, donde había tenido los momentos más felices y
hermosos y opacarlos con el acto sexual más descarnado como es el sexo por
dinero. Pero ellos eran algo más, algo diferente, algo más que una simple
pareja de negocios o que se conocen por mera conveniencia, en ellos ya había un
vínculo, algo que no era amor, que no era amistad, que era una suerte de
amistad con beneficios sexuales, pero donde él hacía ya mucho tiempo que no
cobraba por los servicios que brindaba. Esa era su verdad, esa era su realidad,
ambos habían quedado con una relación extraña que sólo ellos comprendían,
aunque para el resto de la sociedad él no era más que un prostituto o
acompañante que Meridia Balan contrataba, para ellos era una amistad diferente
de la del resto.
El hotel no era el más lujoso,
tampoco era un motel de mala muerte, era accesible para el acotado sueldo de
Alister y tan bonito que satisfacía las necesidades de limpieza y belleza de la
vampiresa. Siempre usaban la misma habitación, aquella suite que poseía un baño
amplio con una ducha y una bañera grande en caso de que decidieran bañarse
juntos, como solían hacer al día siguiente; con un balcón pequeño que daba una
gran vista hacia la ciudad con sus luces eternas y despampanantes; con una de
las camas más amplias del hotel, con un televisor que les servía de “ruido”
cuando el silencio post-sexo ameritaba y una pequeña nevera donde podrían guardar
un poco de alcohol para esa misma noche, obviamente la mujer era la que pagaba
por esos pequeños lujos que le gustaba darse.
Los dos avanzaron por la
habitación, con las luces tenues pues se sobreentiende que las personas allí no
estaban para vivir y sólo era para pasar la noche. Con lentitud, la mujer fue
quien abrió la heladera para sacar de ella una botella de vino bastante caro
para el bolsillo de cualquier mortal. Alister tomó las dos copas que se
hallaban sobre la mesa de noche, y tomando la botella de entre las manos de la
mujer, comenzó a servir el vino en las copas. Acto seguido, los dos se sentaron
en la cama, como si disfrutaran del momento previo que era tomar un poco de
vino, o la bebida que ella quisiera. Siempre era lo que ella quería, siempre
era lo que ella necesitara en medio de aquellas noches de pasión que solían
compartir.
En medio de esa silenciosa
conversación donde ambos bebían lentamente, degustando cada gota como si se
tratara de la sangre más deliciosa de la noche, o la última gota de sangre
sobre la tierra. Ambos compartían muchas cosas, como una vida dura y la lucha
diaria contra los demás seres humanos o vampiros o vástagos que no les
reconocían en medio de la oscuridad, ellos habían hecho sus carreras a costa de
dolor y esfuerzo, a costa de mucho sufrimiento; pero esa razón era la principal
de que estuvieran juntos. Aunque Meridia necesitaba a Alister y le pagaba para
que éste le preste un servicio de acompañante completo, y aunque la relación
meramente laboral había desembocado en una relación la relación de amistad
forzada más grande del mundo. El amor que ella le profesaba había sido
rechazado, pero le comprendía, comprendía porqué no le amaba, mas no comprendía
la falta de confianza patente en sus ojos. Le contemplaba mirar a la nada
mientras bebía esa copa de vino, con esos bellos ojos cubiertos de lentes de
contacto y ese cabello que sólo dejaba ver lo mucho que él odiaba ser un
vástago, y sabía que algo le pasaba. Algo que no le diría, pero quería saber.
Ella quería ayudarle a como diera lugar, no podía tolerar ver así a ese ser tan
querido.
―No me lo dirás, ¿verdad?
―comentó la vampiresa haciendo que el joven volteara la cabeza y la contemplara
a los ojos. Había algo que ella tenía, era una habilidad que le molestaba y le
aliviaba a la vez, y era que podía leer fácilmente sus pensamientos. Meridia
Balan le conocía demasiado bien para su gusto, pero eso le ayudaba más que
nada.
―Lady Balan… yo… ―comenzó a
contestar, mas sentía que no era ese el momento adecuado para tener esa
conversación, aún se sentía muy tenso.
―Confía en mí, ¿sabes? ―dijo
ella terminando la segunda copa de vino que había comenzado a beber hacía
relativamente poco. Ante el silencio del contrario, se puso de pie antes de que
el otro pudiera agregar algo más a su patente silencio. Dejó la copa en la mesa
de luz de la habitación antes de caminar lentamente hacia la ventana.
Sentado en la cama, Alister
sólo pudo contemplar la espalda de aquella mujer, de aquella vampiresa que le
doblaba en edad y en experiencia, fuerte como una roca y con todo el poder que
le confería su estatus social y su esfuerzo, una mujer que seguía batallando
con fantasmas de su pasado pero que aún así se mantenía en pie, firme y
hermosa. Su cuerpo aún no dejaba ver el paso del tiempo, sus curvas aún eran
prominentes y lo serían por muchos años más, pero para un ser casi eterno la
eternidad no es más que lo corto de la vida misma. Para ella el paso del tiempo
parecía rápido aunque su cuerpo siguiera tan hermoso como cuando cumplió sus
veinte y tantos años, era hermosa y poderosa. No pudo hacer otra cosa que
contemplarla caminar por la habitación, contoneando su cuerpo como solía hacer
cada vez que pensaba, no notaba lo bella e imponente que se veía en esos
momentos. Quizás sabía que ese andar fuerte, ese andar empoderado, le cautivaba
por sobremanera y le llevaba a acercarse a ella como un domador deseoso de
domar a una belleza salvaje y poderosa.
―Quisiera que confiaras más en
mí, Alister ―dijo una vez parada detrás del vidrio que la separaba del balcón
de su habitación. A través de ese gran ventanal se podían ver las luces de la
ciudad, Lumina se veía realmente iluminada por las noches. Nada se detiene en
esa ciudad, nada para de moverse; siempre se avanza, siempre hay cambios; la dialéctica
en su máxima expresión, bella danza de cuerpos moviéndose de un lado a otro.
―Yo sé que estás conmigo, y que no me dejarás, pero quiero que comprendas que
yo también estaré siempre contigo, siempre a tu lado, y para eso debes confiar
en mí.
Las palabras de aquella
vampiresa le hicieron estremecer. Siempre…
esa simple y corta palabra encerraba tanto tiempo que sintió cómo su cuerpo
se congelaba en medio de una paradoja. Siempre…
la afirmación de algo que es lo opuesto a nunca. Siempre… un espacio atemporal, donde los días no pasan, donde las
semanas tampoco pasan, donde los meses y los años son iguales a la nada misma.
Si siempre no es parecido, o remotamente parecido, a eternidad, la cabeza de
Alister explotaría. Es mucho tiempo, es toda una vida. ¿Toda la vida unido a
aquella vampiresa a la que no amaba pero que veía desde atrás y seguía a donde
ella dijera como un leal compañero? ¿No debería caminar a su lado para ser un
compañero o se conformaba con simplemente contemplarla desde atrás, contemplarla
en toda su expresión y grandeza como una musa celestial? No, esas preguntas
venían a su mente por una simple palabra y su cabeza divagaba en múltiples
posibilidades que le estremecían, pero no mas que la respuesta a aquellas
preguntas. Sí. No amaba a esa mujer,
no sentía el amor que todo ser vivo pudiera sentir, pero no quería separarse de
ella, quería estar a su lado o seguirla como un fiel seguidor, como había hecho
hasta ahora.
Sonrió levemente y se puso de
pie mientras la vampiresa contemplaba la luces de la ciudad que nunca duerme.
Por un momento vio el reflejo de Alister acercándose a ella y sonrió un poco al
ver la sonrisa en el rostro ajeno. Ese chico era muchas cosas, podía ser un
bailarían, podía ser un vástago, podía ser frío o risueño, pero siempre era
sincero y se dejaba llevar por emociones que a veces ella no comprendía. No
podía colocar título a la relación o a las emociones que le despertaba la
presencia de Alister, tampoco podía describir completamente lo que éste tenía
en mente, pero podía percibirlo con una simple mirada. Era una relación más
complicada de comprender que de llevar y ambos lo sabía, se aprovechaban de eso
para despistar a la gente y que nadie supiera en realidad lo que pasaba entre
ellos.
Con lentitud, el joven vástago
se colocó detrás de la mujer, teniendo ambos casi la misma altura pudieron
contemplarse a los ojos a través del ventanal. Los falsos ojos negros chocaron
con el mar celeste de los contrarios, aún a través del vidrio parecían estar
completamente compenetrados unos con los otros. Compartieron una sonrisa
placentera, una cómoda sonrisa que demostraba la confianza que ambos se tenían
y los deseos de expresar sus pensamientos. No obstante eso, había algo que los
detenían aún, algo que Alister llamaría necesidad y que Meridia llamaría deseo.
El cuerpo de ambos reclamaba la presencia del cuerpo contrario, a fin de
cuentas esa era la razón que los había unido en ese momento en primer lugar.
―…Aprecio sus palabras, mi
Lady ―susurró el joven al oído de la vampiresa, quien se dejó estremecer por su
aliento chocando contra su piel. Con suavidad, la suavidad digna de un amante
bondadoso, Alister acarició el cuello de Meridia haciendo que ésta volteara el
rostro y le contemplara directamente a los ojos. La mujer se dejó hacer y se
dejó vencer nuevamente por esa oscuridad patente en aquellos ocultos ojos miel,
en ese joven mucho menor que ella pero que le despertaba el deseo que hacía
años nadie despertaba. ―Confiaré, confiaré eternamente… Confía en mí,
eternamente… ―esas palabras fueran las que precedieron a un beso.
La unión de sus labios raras
veces era corta y sencilla. Lenta y parsimoniosa, sin devorarse mutuamente, sin
buscar superioridad o dominio, sólo disfrutando mientras los brazos de ella se
rodeaban al cuello y de él y los brazos de él se rodeaban a la cintura
contraria. Sus labios danzando en medio de ese acto de cariño, para ellos, sus
lenguas uniéndose a ese roce al principio tímido y finalmente desenfrenado pero
calmo. Una beso casi silencioso, sin jadeos extras, sin gemidos atascados en la
garganta, un beso largo que servía para que las manos aprovecharan de recorrer
el cuerpo contrario por la espalda y llegando más allá de ella.
Entre caricias, besos más
cortos, leves risas de dos amantes que disfrutan la compañía contraía y abrazos
que parecían ser eternos a pesar de durar apenas segundos, ambos cayeron sobre
la cama. Ya sin el calzado que les molestaba a la hora de moverse, el roce de
ambos cuerpo, aún por sobre la ropa, comenzaba a ser más descarado a medida que
las manos eran redirigidas a los rincones más recónditos del cuerpo contrario.
Fue Alister quien tomó la iniciativa, siempre deseando que ella no le detuviera
en el último segundo de sus actos –como le gustaba hacer sólo para molestarlo,
vale aclarar–, y comenzó a repartir besos primero por el cuello para ir bajando
lentamente. A medida que iba bajando la ropa iba estorbando.
Quitó levemente los breteles
del vestido rojo que tan bien se amoldaba al cuerpo de ella, sólo para seguir
repartiendo besos y leves mordiscos, por ese par de pecho, si bien no
exuberantes, sí firmes. Leves mordiscos sacaron suaves jadeos de los labios
rojos de la vampiresa, esos sonidos que elevaban aún más el deseo del vástago,
quien estaba decidido a brindarle el mayor placer posible. Continuó bajando por
el cuerpo de aquella vampiresa que se retorcía levemente en una mezcla de
cosquillas y placer, sentía las manos de ella enrodarse en su cabello y jalarlo
levemente, esa era seña de que estaba haciendo lo correcto, por lo cual no se
detuvo hasta quitar completamente el vestido rojo que empezaba a parecerle
incómodo.
Ver el cuerpo semi desnudo de
aquella mujer, cubierto sólo por la ropa interior le hizo detenerse y erguirse
sólo para tener una mejor vista y halagar con sólo una mirada su belleza.
Meridia sin perder el control pero guiándose por un deseo profundo, tomó el
cuello de la camisa de Alister y lo jaló para acercarlo a ella. Mientras le
regalaba un beso más profundo, más apasionado, más deleitante, sus manos
recorrieron la espalda de ese chico para después pasar al pecho bien formado
por el hecho de ser bailarín. Rápidamente desprendió los botones de dicha
camisa, para quitársela ella misma.
Con una leve sonrisa,
sintiéndose aún más deseado, Alister se volvió a erguir, buscando que Meridia
le contemplara mejor y buscando él mismo su comodidad, anticipándose a los
hechos. Con ambas manos, la vampiresa siguió recorriendo le pecho de ese joven
que renegaba de ser vástago, hasta llegar al borde del pantalón que aún
continuaba prendido. Sin despegar sus ojos de los ojos contrario, la mujer
comenzó a desprender le pantalón, sin apuro pero la agilidad de sus manos le
impedía hacerlo lento. Sólo bajó la cabeza por la curiosidad, no importaba la
cantidad de veces que tuviera sexo con Alister, el bulto que se formaba debajo
de los bóxeres le parecía demasiado lascivo. Introdujo una de sus manos debajo
de la ropa interior del joven, provocando un leve suspiro por parte de él, cosa
que le llevó a reír levemente antes de introducir su otra mano y masajear su
erección no sólo con delicadeza, sino con disfrute, que era el fin último de lo
que estaban haciendo.
Entre la excitación y el toque
de Lady Balan, Alister sentía que lentamente llegaba al paraíso aún sin
siquiera rozar sus manos. Terminó él mismo de quitarse la ropa, aunque esto
sólo significaba que estaba totalmente cegado por el deseo, viendo cómo ella se
deshacía del sostén que aún le separaba de ver sus pechos completamente
expuestos. Una vez que la ropa no estorbó, el vástago se inclinó sobre ella
para chupar y repartir mordiscos por sus pechos ya levemente erectos por el
roce de los dedos. Si bien leves gemidos y jadeos salían de la boca de ella, un
gemido bastante más fuerte se hizo presente cuando unas de las manos del contrario
se adentró entre sus piernas y le había comenzado a acariciar casi como si
estuviera jugando.
― ¡Alister! ―le dijo en un
tono de regaño considerable.
― ¿Qué? ―le susurró mientras
continuaba acariciando su entrepierna al tiempo que con su otra mano quitaba la
ropa interior. ―Haré lo que me pida, mi Lady ―siguió susurrando para después
chupar suavemente el lóbulo de su oreja.
―Sólo… ―dijo ella mas una
gemido le interrumpió al sentir un par de dedos adentrarse en su vagina, sentir
cómo se movían dentro, cómo le acariciaba con la otra mano, cómo sus brazos se
aferraban con más fuerza a ese cuerpo de vástago y clavaba levemente las uñas
en su pálida espalda, sentía que necesitaba más que eso. Tras un par de
segundos donde los leves gemidos seguían saliendo de su boca y sentir que las
acciones del joven sólo le provocaban más, un fuerte arañazo a la espalda del
contrario le hizo detenerse. ―Hazlo… ya…
―Como ordene ―respondió el
joven con una sonrisa de lujuria patente en sus ojos negros.
Hay quienes piensan que la
penetración es el acto sexual en sí mismo, que las embestidas y el vaivén de
caderas de los dos cuerpos hechos uno sólo es el acto de amor más grande que
pueda existir, pero para ellos no era así. La previa, las caricias, los besos,
los abrazos… todo era parte de hacer el amor, todo era parte de sentir y
compartir le placer que ambos sentían al pasar un noche juntos, al tener sexo
de la manera más dulce al principio y más salvaje después. La penetración no
era más que la culminación de sus deseos sexuales, no era más que la forma de
demostrarle al contrario que aún estaba a su lado y que eso les uniría siempre
y para toda la eternidad.
Los gemidos inundaron la
habitación, el rechinar de la cama acunó aquella noche calmada y el sudor de la
pasión fue la frutilla del postre en medio de ese pastel de amor, amistad y
sexo. Uno. Los brazos de ella se
aferraban al cuello de él mientras las piernas de ella le rodeaban la cadera,
profundizando las embestidas y llevando a lugares que desataban la locura. Dos. Él abajo, cediendo a los placeres
de ella, él dejándose hacer, dejando que ella marque el ritmo, dejando que ella
decida cuando detenerse y dónde desea ser tocada. Una de las posiciones más
placenteras. Tres. Un juego, un juego
que los lleva a estar de pie, que los lleva a disfrutar y que la pared de esa
habitación les sirva de soporte para tales actos que desbordaban la lujuria. Cuatro. Un simple cambio de roles y un
par de nalgadas, un par de mordidas en los hombros, marcas repartidas por el
cuerpo contrario, mordidas y arañazos en el desenfreno de los instintos dejados
sueltos en una habitación de hotel. Infinitas.
Las horas pasan volando y en medio del frenesí, en medio del caos, en medio de
ese sinfín de melodiosos sonidos, ambos cuerpos pudieron llegar al paraíso
incontables veces.
Tocar el cielo con las manos,
la vista nublada y ese gemido que se ahogó en sus gargantas, esa sensación ya
incontables veces repetida, pues le hecho de ser vástago y vampiresa les dotaba
de una resistencia que sería imposible para los humanos. Saciados ambos,
agotados los dos, el silencio volvió a reinar en esa habitación de hotel. Ambos
cuerpos desnudos permanecieron en la cama, abrazos mutuamente y sintiendo la
calidez contraria, sus piernas entrelazadas y sus frentes juntas, compartiendo
leves besos como dos bestias calmadas. El lado salvaje de ambos había sido
completamente aplacado, el sexo los había calmado y relajado, les había hecho
caer en la realidad paralela que envuelve a los amantes y les hace creer que el
tiempo no avanza. La noche había caído sobre ellos y aún el sueño nos los
vencía, la calma había hecho relajarse a ambos, especialmente a Alister. No
obstante eso, fue ella la primera en decir palabra alguna.
―Deberíamos bañarnos antes de
dormir, pequeño ―le comentó mientras le acomodaba el pelo detrás de la oreja.
Ese acto maternal estremeció al contrario, pero éste no dijo nada. Acto
seguido, la mujer se sentó en la cama, para levantarse.
―Espera, por favor ―le llamó
Alister antes de tomarla de la muñeca. ―Sí, estoy preocupado por… algo ―dijo
finalmente, cumpliendo los deseos de la vampiresa quien se volteó con una
sonrisa comprensiva.
― ¿Algo o alguien? ―preguntó
ella muy rápida para atar cabos sueltos, pues ella comprendía que lo material
no era algo que realmente le preocupara a ese joven, pese a ser muy coqueto
consigo mismo.
―Alguien ―contestó él
sintiéndose rendido ante aquella mujer que había aprendido a leerle con sólo
una ojeada.
― ¿Alguien especial? ―preguntó
de nuevo al ver que él no hablaba, a veces era muy difícil hacerlo hablar de
algo que le preocupara o importase, por eso era un buen acompañante pues era un
buen oído para cualquier mujer deseosa de tener compañía, pero no para Meridia
Balan, quien buscaba ella también acompañar a aquel joven que renegaba de ser
un vástago. Cuando lo vio titubear de nuevo, suspiró ya cansada y resignada a
las complicaciones de aquel contradictorio muchacho. ―Bueno si no vas a
decirme…
―Es un amigo, muy especial,
que no está pasando por una buena situación ―le terminó explicando casi como si
diera un manotazo de ahogado, escupió las palabras buscando evitar que ella se
marchara.
― ¿Un amigo? ―preguntó ella
muy extrañada debido a que ese muchacho siempre se refería a la gente como
“compañero/a de…”, nunca le había escuchado decir la palabra “amigo” aunque
estaba segura de que muchos le consideraban un amigo más que un mero camarada.
―Nunca me habías hablado de un amigo ―dejó salir de sus labios haciendo que el
muchacho se pusiera un poco incómodo. Ella tenía razón, no consideraba a las
personas como “amigos”, hacía años que había dejado de usar ese término, pero
con Ionel las cosas eran diferentes, ese chico se había ganado su amistad antes
de que pudiera evitarlo.
―Sí, lo sé ―comentó sonriendo
y dejando salir un leve risilla después. ―Sé que es muy extraño lo que te estoy
diciendo, pero él es un chico muy especial para mí, por eso lo considero un
amigo; y no está pasando por un buen momento, es más, en este instante él
seguramente está sufriendo más que disfrutando.
La mujer se quedó pensando un
momento, buscando colocarle rostro a esta persona especial para Alister. Nunca
le vio actuar diferente con nadie, es más, se había comportado normalmente
desde que se habían encontrado en el bar. René tampoco le había mencionado nada
con respecto a Alister, ella se había comportado normalmente, inclusive
reaccionó como siempre reaccionaba al ver a Gorca Rohde entrar en el D’Amour. Nada había sido fuera de lo
común, a excepción de… el chico nuevo en el bar. Comenzó a recordar y ver en su
mente la secuencia de baile de Violeta, Alister y ese chico nuevo de gráciles
movimientos y mirada angelical, recordó ver las miradas que su compañero sexual
le dedicaba a ese aparente niño, pues no se notaba sus más de 100 años,
inclusive a través de esos ojos negros y ese cabello azabache. Pudo ver cómo el
chico se había quedado estupefacto viendo como Gorca Rohde se llevaba a ese
joven a través de la puerta que daba a las habitaciones del bar, recordaba que
desde ese momento el chico se mantuvo pensativo y había sido muy poco hablador
a comparación de otras veces. No podía estar tan equivocada.
Mientras analizaba los hechos
en su mente, la vampiresa se puso de pie, exponiendo completamente su bello
cuerpo desnudo ante la mirada expectante del vástago que no pudo quitarle los
ojos de encima. La mujer tomó la copa de Alister que estaba a medio terminar y
la bebió parada junto al joven. Acto seguido a terminar la copa de vino, volteó
la cabeza y le contempló con una sonrisa sincera en el rostro, ella estaba
completamente segura de a quien se refería el vástago con “un amigo” o “alguien
especial”.
― ¿Yo conozco a ese muchacho,
Alister? ―preguntó ella causando una risa bastante más audible por parte del
contrario.
―Siempre fuiste muy
observadora, mi Lady ―le elogió antes de darle una respuesta a su pregunta.
―Sí, actuó conmigo hoy.
―Sí, bailaba realmente bien y
parecía muy joven ―comentó ella pensativa haciendo que el otro asintiera con
una sonrisa al ver que ella pudo saber fácilmente de quien se trataba. ―También
vi a Gorca Rohde llevárselo…
Con esas palabras un silencio
incómodo se apoderó de la habitación de hotel. La sola mención de ese nombre
estremecía a los ocupantes de la misma. Ese hombre no era muy querido por
Meridia tampoco, le molestaban sus hábitos desagradables y su forma altanera al
dirigirse a su persona, especialmente cuando recién comenzaba a ocupar el lugar
de su padre en los negocios familiares, él fue el primero en señalarla con el
dedo cuando decidió casarse con un humano, un simple médico humano. En cuanto a
Alister, estaría de más explicar el motivo de su repudio y repulsión hacia ese
vampiro que adoraba de dominar a vástagos que parecieran menores de edad y
menores en fuerza que él, aunque el chico con el que estuviera sería recompensado
con una paga considerable, ni siquiera estaba seguro de que pagara lo que
decía. La mención de ese nombre le molestaba a ambos por lo que decidieron
cortar con esa atmósfera tan tensa que se había formado poniéndose de acuerdo
con el mero contacto ocular.
Ambos se adentraron en el
amplio baño, que era parte de los requisitos para que esa habitación sea la que
siempre utilizaban. Los azulejos celestes que cubrían las paredes pronto se
empañaron por el vapor del agua caliente saliendo de la ducha. El espejo pronto
quedó como una nebulosa y las luces parecían no iluminar bien ese gran lugar
cubierto totalmente de vapor. Los dos seres estaban enjabonándose mutuamente
mientras el agua caía sobre sus cuerpos brindándoles una sensación muy
confortable y sacando de sí mismos cualquier rastro de sudor. Aunque a la
mayoría de las personas les cueste creerlos, ellos habían llegado a un acuerdo
en el que el sexo se practicaba en cualquier lado menos durante la ducha. Tomar
juntos una ducha caliente había pasado a significar más que un acto erótico un
acto de compañerismo para ambos, pues Alister solía bañarse seguido y de una
manera casi obsesiva, mientras que Meridia gozaba de la compañía y la confianza
del contrario y no necesitaba nada más para estar completamente satisfecha. El
baño para ellos era un espacio de charla y diversión, pues varias veces se
habían visto a sí mismos jugando como si fueran niños. Sin embargo, en esta
ocasión era el mejor lugar para hablar.
― ¿Cómo se llamaba ese amigo
tuyo? ―preguntó ella mientras enjuagaba el jabón que había sido esparcido por
su cuerpo. —¿Yonel?
―Ionel… también es un vástago
―comentó el joven terminando de enjabonarse antes de acompañar a la mujer
completamente debajo de la lluvia.
―Eso era de suponer ―respondió
ella ante la obviedad, causando que él riera algo nervioso.
La verdad es que ella no sólo
anteponía que era un vástago por el hecho de que trabajase en el bar de René,
sino también porque al nombrarlo no le dijo el apellido. Aquellos humanos que
son transformados en vástagos pierden no sólo su humanidad, ya que son
entrenados desde esa edad para ser soldados dispuestos a matar si es necesario
para cumplir con su deber y/o misión asignada, sino que también se les arrebata
su apellido y su nombre humano, siendo rebautizados con otro nombre y sin
apellido, para que comprendan que ellos no pertenecen a ninguna familia, sino
que son propiedad del Estado. Lamentablemente, aquellos vástagos que son
echados del ejército por las diferentes causas no recuperan su nombre o su
apellido humano, por lo que siguen usando su nombre de vástago a menos que
quieran ir a la cárcel o ser asesinados por desacato a la normativa del Estado.
En el caso de Alister, su
nombre significaba “protector de los hombres”, lo cual iba muy bien con su
personalidad, razón por la cual ese era el único rasgo de vástago que no le
molestaba en absoluto. Ya no podía volver con su familia después de todo, por
eso sería mejor que se mantuviera lejos y que ni mencionara su apellido de
humano, por eso nadie le conocía por otro nombre que no fuera Alister. Por esa
razón, debido a que Ionel no era un nombre común entre humanos, nadie se
sorprendió cuando el joven no les dijo otro nombre que no fuera ese. Ionel
“agraciado por Dios”, un nombre que parecía haber sido irónicamente colocado en
aquel joven de pasado desconocido para aquellos que le rodeaban, incluido
Alister.
―Yo mismo le encontré tirado
en la calle, completamente desmayado por la falta de sangre ―comentó el joven
recordando ese día caótico donde ellos mismos tuvieron que salir a buscar a un
médico para ese muchacho que parecía al borde de la muerte. No obstante eso,
con un poco de sangre y cuidados apropiados, en relativo poco tiempo estuvo en
pie nuevamente. ―Pero nunca nos dijo porqué lo habían rechazado del ejército,
yo tampoco entiendo porqué ―siguió diciendo respondiendo a la pregunta mental
que Meridia se estaba haciendo. Eso era muy sospechoso, pero al parecer no
tanto como para hacer dudar de más a Alister, de alguna forma ese chico se había
ganado su confianza, lo cual despertaba la curiosidad de la vampiresa. A pesar
de eso, fingir sorpresa para alivianar el peso de que René le hubiera dicho
todo era bastante difícil.
― ¿Eso no te parece
sospechoso? ―preguntó ella sólo para saber exactamente qué pensaba él.
―Al principio sí, pero después
vi lo callado y reservado que es, creo que simplemente no le gusta hablar de
eso. ―La respuesta no fue muy satisfactoria para la mujer, quien frunció el
ceño y guardó silencio mientras seguía con el proceso del baño, ya comenzando
con el lavado de su bella y rubia cabellera. Alister se inquietó, realmente
deseaba que le creyera y comprendiera, sabía que necesitaba expresarse mejor y
explicar un poco más si quería que Lady Balan le ayudara. ―Creo que es un buen
muchacho, es amable, atento, servicial, muy optimista y, aunque no habla mucho,
cuando lo hace dice las palabras justas y es muy sincero. No encontré motivos
para sospechar de él después de que lo conocí mejor.
―Veo que tiene muchas
cualidades ―comentó la vampiresa contemplándole tras enjuagar su cabello y
pasarle el pote de shampoo al joven vástago para que se aseara. ―Entonces… el
problema es sólo que Gorca Rohde puso sus ojos en él, ¿verdad?
―Sí, bueno… no sólo eso ―dijo
el joven mientas comenzaba a lavar su cabello. ―Él no pertenece a este mundo de
bares, sexo, alcohol y algunas drogas ―con “algunas” sólo quiso suavizar el
impacto negativo que la mención de “drogas” provocaba en Meridia Balan ―, creo
que es demasiado bueno, no inocente, pero sí muy gentil y amable para estar
rodeado de personas como… yo o mis compañeros ―dijo con un aire de resignación.
―Nosotros hacemos lo que sea necesario para sobrevivir, aunque nos protegemos
entre nosotros y somos buenos compañeros, todo conlleva una cuota de sacrificio
y fortaleza que ese chico no tiene, me da miedo que pueda salir más lastimado
de lo que ya está, él no se merece tener clientes sexuales como Rohde, es un
buen chico ―. La explicación que le daba parecía secundaria en comparación con
la mirada de compasión y preocupación que se traslucía a través de esos ojos
negros que ocultan los ojos de un vástago. Ese fue el verdadero motivo por el
cual Lady Balan comenzó a ceder en la petición de Alister.
― ¿Crees que yo lo puedo sacar
de ese sitio? Recuerda que él aceptó estar en la situación donde se encuentra,
aceptó trabajar en D’Amour, aceptó
prestar servicios sexuales, aceptó tener a Gorca Rohde de cliente, más de una
vez, ¿crees realmente que él quiere salir de ese lugar?
―Bueno, eso es verdad pero…
―comenzó a decir pero fue interrumpido.
― ¿Y si estás equivocado? ¿Y
si ese chico, Ionel, sí quiere tener esa vida? ―preguntó Lady Balan intentando
comprender si era necesaria su ayuda o era sólo un capricho provocado por el
cariño que Alister tenía hacia ese chico nuevo que había conocido hace poco
tiempo.
―No, yo creo que él no sabe
qué otras cosas puede hacer… creo que no conoce mucho más de lo que ha visto
―respondió Alister con una sinceridad que sorprendió a la vampiresa, él
realmente creía que Ionel era un joven que había estado “encerrado” en algún
lugar y que sólo conocía el bar de René como medio de subsistencia. ―Creo que
usted puede abrirle las puertas para que conozco algo mejor, yo no podría
mostrarle algo así, sólo conozco… estos sitios horribles donde se arrastran las
alimañas desechadas por el gobierno…
Aquellas dolorosas palabras
que calaban profundo no sólo en el corazón de quien hablaba sino de quien le
escuchaba, fueron calladas por un suave y tierno beso en esos labios que no dejaban
de hablar de manera tan devastadora de sí mismo y del contexto en el cual
vivía. Aunque parte de lo que hablaba era cierto, aunque esa era la zona de
Lumina con menos luces debido a la realidad que cada uno de los vástagos
atravesaban y a los medios que usaban para sobrevivir, a la pobreza que se
escondía detrás del esplendor y a las zonas marginales que René y Alister
recurrían para reclutar nuevos vástagos desechados y dispuestos a trabajar de
la manera más digna posible para sobrevivir. Pese a que el nuevo local de D’Amour se encontraba en una zona
lujosa, los alrededores de esa ciudad eran totalmente diferentes, era una
realidad completamente distinta con sólo caminar un par de metros.
―No digas esas cosas tan hirientes ―dijo la
mujer tomando por las mejillas a ese joven cuyo semblante se había tornado
triste. ―Sabes que puedes irte de este lugar también…
―Sí, y agradezco siempre tus
ofertas mi Lady ―comentó el joven volviendo a sonreír y tomando con suavidad
las manos cálidas de esa mujer, la única vampiresa que había logrado ir más
allá de la relación laboral. ―Pero yo sí pertenezco aquí… cuando este deje de
ser mi asqueroso hogar, iré contigo. Sabes cuáles son mis sentimientos.
―Sí, eso lo sé. Dejaste muy en
claro tus sentimientos anteriormente. ―La respuesta de ella le dejó
completamente tranquilo, mas aún faltaba que le dijera que sí a su pedido con
respecto a Ionel. ―Ahora dime… ¿qué podría hacer yo para ayudar a tu amigo
Ionel? —inquirió haciéndose la distraída.
―Él es muy servicial, es
rápido para atender a los clientes y acata muy bien las órdenes, además de que
es muy ordenado y tiene todas las cualidades que le mencioné; creo que sería un
buen sirviente para su mansión, mi Lady ―explicó el muchacho causando una
sonrisa en el rostro de esa mujer.
―Me parece una idea muy
sensata ―esa fue la respuesta que causó una gran sonrisa en la cara del joven
vástago.
― ¿Le ayudarás? ―preguntó el
chico con esa sonrisa infantil que solía esbozar cada vez que algo que
realmente quería se concretaba o lograba un objetivo que de verdad quería y era
importante para él. Ver esa expresión en su rostro fue lo más reconfortante
para Meridia.
―Hablaré con René mañana, y tú
hablarás con Ionel para que comprenda todo lo que está pasando, no quiero que
el muchacho malentienda algo o pase un mal momento, ¿entendido? ―sentenció para
poder quedarse completamente tranquila sobre su accionar.
―Sí, como usted diga mi Lady
―comentó el joven sin quitar esa expresión de su rostro y tratándola
formalmente de nuevo en señal de mucha gratitud.
Su cometido se había logrado,
finalmente, nunca había sentido tal felicidad por el simple hecho de ayudar a
alguien más. No es que fuera un joven sin corazón, al contrario, Alister
siempre estaba dispuesto a darlo todo para ayudar a sus compañeros. Pero nunca
había tenido la sensación de estar realmente ayudando a un amigo, a alguien
cercano a su persona. Nunca había tenido la oportunidad de compartir algo como
la amistad con otro vástago y había descubierto algo nuevo en ese proceso.
Meridia Balan, quien hacía mucho tiempo había dejado de ser su simple compañera
sexual, se había vuelto más que eso, se había vuelto una gran amiga y
compañera, un vampiresa de elite, de alto estatus social pero con un corazón lo
suficientemente gran como para dejarlo a él, a un vástago de poca monta, entrar
en él. Había tenido a su lado a una mujer hecha y derecha, a una vampiresa
dispuesta a darlo todo por un amor no correspondido y que le había logrado
comprender en su totalidad. Había tenido un tesoro a su lado todo ese tiempo,
pero no lo había notado hasta esa noche.
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