martes, 15 de diciembre de 2020

Two Hands - Omegaverse

 


Meyer debía estar completamente loca, desquiciada, era tan molesta a veces. Entre ella y Mr. Chang, que se comunicaban conmigo a menudo, mi vida se había tornado un completo caos y una marea de cansancio que no estaba seguro de si soportaría por mucho tiempo. Aún así lo hacía, a costa de mi poca paciencia y en dejar a alguno en visto. Por lo general era Qiang quien se acercaba a mí para traerme notificaciones de su jefe, y Hadriel quien me traía las de su superiora. Era complejo que ninguno se juntara, aunque estoy seguro que ese alfa de la Mafia Rusa ya lo sabía.

Sobre que me perseguía para realizar misiones y se me aparecía en el bar Lynxs con la excusa de tomar algo, ese sujeto estaba volviéndose cada vez más cercano. Mentiría si dijera que no disfruto su compañía y que ahora Gabriel y yo compartimos más que discusiones sin sentido y gruñidos poco amistosos. Pues de todas las veces que había visto al dichoso Monroe esa era la más bizarra. Ver como él, Gabriel y otro sujeto me interceptaban a la salida de las oficinas de Petrov, pues había ido a llevar unos reportes de manera personal, los tres andando en montos era extraño. Tres Kawasaki Ninjas estaban apostadas delante de mí, una negra, otra gris y otra verde.

—Tenemos una nueva misión, ojos jade —dijo la voz de Monroe debajo del casco de la moto gris. Vi como el de la moto verde se bajaba de la misma, quitándose el casco y se acercaba a mí. Era un completo desconocido.

— ¿Otra más? —pregunté chasqueando la lengua, justamente el día anterior habíamos tenido una misión odiosa.

—Desmantelar una pequeña mafia creciente, ¿es mucho para un omega? —acotó Gabriel desde su moto negra a lo que simplemente gruñí.

Le arrebaté el casco al sujeto que me miró con desconcierto. Me acerqué a la dichosa moto verde, menos mal que había ido completamente listo para tener que afrontar alguna situación así. Siempre iba armado, aunque conociendo a estos locos, en uno de los compartimentos de estas motos mejoradas se encontraría un pequeño arsenal. Aunque, como decía el alfa, seguro que sería pan comido.

—Esa combina con tus ojos —me dijeron mas no les presté atención, nada más subido me coloqué el casco y encendí la moto.

Después de andar con Ionel en su moto, cualquier viaje parecía un lindo paseo. Aunque apenas sí alcanzábamos los 150 km/h, y es que nuestro objetivo estaba apenas afuera de Sin City, justo cerca de una de las rutas de tráfico que solían utilizar los rusos para su contrabando de drogas más preciado. El perder una ruta así podría significar mucho dinero.

Según lo que investigaron mis colegas, esa noche habría una junta del dichoso grupo de mafiosos de cuarta y nuestro deber era desmantelarla y asesinar a todos. No dejar a nadie vivo es la especialidad de los Ángeles Caídos, que alguien no debe llevar a cabo porque sino nadie nos conocería. Con uno solo que se deje vivo, se correrá la voz. Si quedan vivos, deberemos de asegurarnos de que queden lo suficientemente intimidados como para que no vuelvan a merodear por nuestra zona. Eso sí que lo podíamos hacer bien, más con este par de demonios junto a mí.

La casa era enorme, una gran casona de multimillonarios queriendo jugar en las grandes ligas, rodeada de guardias de seguridad y un parquisado digno de admirar y digno de teñir de rojo. Nos dividimos para abarcar más terreno, podíamos hacer ruido, podíamos dejar despojos humanos a nuestro paso, podíamos hacer un camino de sangre en medio de nuestra entrada y a nuestra salida también. Podía sentía mis feromonas alborotándose por la excitación mientras las balas entraban en los cuerpos ajenos y los alaridos de dolor se hacían descomunales.

A mis fosas nasales llegaba el aroma de alfas, dos alfas que parecía extasiarse con los muertos que dejaban a su paso. El aroma a sangre me embriagaba, mientras más sangre había más me carcomía el deseo de seguir destrozando aquellos sujetos. Imagino que no fui el primero en entrar, pero sí que fui de los pocos que entraron por el piso superior. Mi chaqueta estaba cubierta de sangre y ya me comenzaba a estorbar, por lo que me la quité. Sentí pronto el aroma a alfa llegando a mí, pero no era conocido. Al parecer un sujeto que piensa que atacar al factor omega será de lo más sencillo, pues no querido.

No había nada que me emocionara más que asesinar alfas, que destrozarlos lentamente, que desmembrarlos o arrancar sus tripas aun estando con vida. Me tomé el trabajo de hacerlo y de dejar mi aroma impregnado en los restos de aquel tipo, una advertencia que podía o no quedar aún estampada en aquella pared. Adoraba sentirme cubierto de sangre alfa, era como si calmara cada uno de mis dolores, cada una de mis súplicas por aquel bastardo, como si me regresaran a un estado de letargo, a un estado de paz retorcida.

Para cuando logré llegar a la sala donde se realizaba la reunión el escenario que podía ver era de lo más tosco. ¿Por qué ellos tenían que ser alfas también? ¿Por qué aquellas niñas omegas tenían que soportar las manos de esos asquerosos? Gruñí para mí mismo y me encaminé hacia ellos, pisando los cadáveres que quedaban, los restos de huesos y de órganos que se esparcían por todos lados. La tentación de revolcarme en ellos era mucha, pero se desvanecía en cuanto veía a uno de aquellos mafiosos de cuarta moverse e intentar saltar sobre mí.

Los aparté a todos y cada uno de aquellos moribundos que reaccionaban ante las feromonas de un omega. Eso servía para comprobar quien estaba vivo y quién no, así nos facilitaba la labor de asesinarlos a todos. De esta manera llegué hasta donde estaban mis colegas cegados por la pasión de aquellas pobres niñas. Apunté a la frente de las niñas, primero una, después de la otra, y acabé con sus vidas dejando que siguieran jugando con sus cadáveres si querían eso. Me miraron con odio, con ojos asesinos y deseos de destrozarme, mas no me moví de mi lugar, yo no tengo la culpa de que sus instintos dominasen.

Gabriel me gruñó y amenazó con asesinarme, al parecer he usado muchas feromonas omegas en este ambiente, se siente cargado y pesado. Pronto Hadriel se metió en medio, causándome una cierta conmoción. Sé que ese tipo se piensa con el derecho de invadir mi espacio personal, pero admito que el ver que me defendía de su propio hermano me llamó la atención. Le resté importancia a la situación y continué aquella masacre, pues más guardias eran mandados por un líder más joven a destrozarnos. Pobres idiotas.

Por primera vez los tres estábamos en nuestros cabales, por llamarlo de alguna manera, y tirábamos para el mismo lado, por llamarlo de alguna manera, si, también. Coordinamos bastante bien, no como cuando éramos un dúo, pero era una mejora. No podía dejar de sentir sus miradas encima de mí, como si quisieran devorarme, pero me quedaría callado y sin decir nada. Maldigo a Huang, que en paz descanse, por haberme convencido de dejar mis inyecciones y continuar con sus dichosas pastillas. Mi aroma es mucho más perceptible ahora, se parece más al que tenía desde antes de la marca, y mi carácter tampoco es el mismo.

Me alejé un poco de ellos hasta que un estallido me hizo caer en cuenta. Alguien había tirado una granada, no estaba seguro de si eran nuestros aliados o no, pero estaba seguro de que ese edificio no aguantaría mucho. Cargué por última vez aquella metralleta de medio alcance y salí en medio de humo, un poco de fuego y cuerpos calcinados. Algunos estaban convulsionando en el suelo, por lo que les disparé en algún lugar de su cuerpo, sólo sumando más dolor y sufrimiento a su muerte prolongada. Hice lo mismo mientras corría hacia la salida, estaba siendo guiado por las feromonas de aquellos alfas que amenazaban con ser bastante bestiales en medio de aquel caos.

Corrí hacia ellos, que ya estaban en sus respectivas motos, subí a mi propia moto y la arranqué, haciendo que los otros dos siguieran. Íbamos esquivando a los pocos autos de las calles mientras podía ver los rostros de satisfacción de aquellos alfas. Tan mal no la habían pasado. Admito que había sido de las mejores masacres, las disfrutaba más ahora que podía dejar ser a mi verdadero omega. Sentir como mi sed de sangre había vuelto era extraño, era como conocer un viejo yo que pensaba muerto. Estaba en medio de mis pensamientos cuando pude ver varias motos negras detrás de nosotros.

—Problemas en el paraíso —dije viendo como los otros dos se daban cuenta de la situación.

Pronto la balacera se hacía presente mientras intentábamos dispararles. Ellos eran dos en cada moto, uno conducía y otro disparaba, eso nos colocaba en una desventaja considerable. No importaba, podíamos disparar mientras maniobrábamos, o eso pensaba hasta que una maniobra hecha con una fracción de segundo de error, llevó a que una bala se incrustara en la yanta de mi moto.

Derrapé, giré como trompo y sostuve el manubrio con ambas manos para no chocar a mis compañeros. Mantuve el equilibrio para no caer mientras intentaba desacelerar la moto lentamente y no caer al suelo. El sonido de aquel vehículo derrapando me estaba explotando los tímpanos, pero un grito sobresalió de entre todo ese ruido.

— ¡Lucifer! —gritó Azazel en medio de todo el caos, regresándose a toda velocidad.

Me permitió saltar de la moto para dejarla seguir girando y estamparse con una casa. Tras saltar, tuve que subir rápidamente a la moto de mi colega, mientras Leviathan nos cubría. Perdimos varios segundos en aquella labor, por lo que chasqueé la lengua al tiempo que veía a nuestros contrincantes acercarse más a nosotros.

Los dos alfas aceleraron hasta los 200 km/h, pero el tiempo era crucial y sólo Gabriel podía disparar con mediana comodidad, esto no se veía para nada bien. O me tiraba de la moto para dejar de hacer peso y que pudiera disparar, o hacía algo para que las cosas mejoraran. Sinceramente, prefiero la segunda opción. No lo pensé más y advertía a Azazel que me movería, para que se sostuviera con mayor fuerza. Así mismo me posicioné de frente a nuestros perseguidores y de espaldas a mi compañero. Espalda con espalda sería mejor, o eso me hacía dicho Larunda hacía ya mucho tiempo.

—Dame tu arma —le dije sacando la mía con la mano derecha extendiendo la izquierda hacia atrás.

— ¿Ah? —me dijo extrañado.

— ¡Ahora! ¡Dame tu arma! —grité más fuerte haciendo que me hiciera caso.

Estaba un poco oxidado, pero dos metralletas, una en cada mano, debía ser algo simple para un ambidiestro. Apunté a dos objetivos a la vez y comencé a disparar con ambas manos. Me iba sosteniendo con los pies de las barandas laterales de la moto mientras disparaba con la derecha y la izquierda, de esta manera le dimos tiempo a Leviathan de acelerar más y ubicarse muy por delante de nosotros.

De a poco el grupo de ocho motos que nos seguían se iba reduciendo a cinco, luego a cuatro y finalmente a tres. A algunos les disparé en la cabeza, el conductor era suficiente para que ésta se estrellara y asesinara al disparador. A otros les apuntaba a las ruedas de las motoso, buscando desestabilizarlos y una vez en el suelo les seguía arremetiendo. Las maniobras de Azazel eran rápidas, efectivas para desviar balas, aún así no pudo evitar que algunas de ellas rozaran mis piernas, que tenían un pantalón bastante grueso, de lo contrario me habrían hecho más daños. Los que sufrieron lesiones más graves fueron mis brazos, pero las ignoré. La adrenalina que corría por mi cuerpo a cada disparo era embriagante. Me podía deleitar fácilmente a costa de los gritos de sufrimiento de los contrarios.

— ¡Acelera! —gritó Leviathan desde lejos, a lo que me afiancé más a los barrotes de la moto.

Vi una granada volar por sobre nuestras cabezas y aterrizar del otro lado, justo en medio de nuestros enemigos. La granada explotó apenas hizo contacto con el suelo. Menos mal que mi chofer es un demente que está a más de 200 km/h y no se piensa detener, aún viendo el humo como nos sigue. Una sonrisa de satisfacción se hizo presente en mi rostro.

No me quise dar vuelta, estaba cansado, por lo que me apoyé en su espalda y seguimos de esta manera el viaje. Ahora que manejaba de forma más calma y me permitía ver a mi alrededor, el humo de nuestra pequeña diversión se había dispersado muy poco, por lo que aún denotaba nuestra presencia allí. Era sorprendente e interesante.

Habrán rondado las tres de la mañana cuando por fin llegamos a la cede de la Mafia Rusa, donde fui el primero en bajar de aquella moto. Estiré mis brazos y piernas al bajarme, con una sonrisa en el rostro como niño que recién llega del parque de diversiones. Ya tenía menos sangre en el cuerpo, o al menos se notaba menos y eso lo hacía más divertido. Me encontraba aún en plan de pensar qué hacer ahora, cuando un par de manos me tomaron de la cintura para voltearme y quedar frente a los ojos de Hadriel. No alcancé a decir nada que se apoderó de mis labios.

Sentí como me devoraba de a poco y como movía sus labios contra los míos, como su lengua buscaba la mía y cómo me chupaba levemente. Sus manos se afianzaron más en mi cintura y recorrían mi espalda con hambre y deseo. Lo sentía, sentía mis propias feromonas reaccionar a las contrarias, pero pronto reaccioné, justo cuando le estaba correspondiendo aquel beso. Me separé de forma abrupta y asesté un buen golpe de puño en su estómago. Mi fuerza seguía siendo igual de buena, por lo que lo vi doblarse de dolor, aunque más bien fue por sorpresa. Seguramente después se le bajaría cualquier deseo.

Me aparté de sus brazos y me encaminé hacia mi otro colega, Leviathán parecía curioso de lo que acababa de ver, pero no mencionó nada. Le sonreí y él me sonrió con arrogancia, de esas sonrisas que pocas veces lograba comprender. Pasé a su lado y no me dijo nada, ni algo bueno ni algo malo, pero lo tomé como algo positivo. Gabriel rara vez muestra lo que está pensando, tampoco esperaba un halago, eso sería mucho pedir.

Subí a la moto gris, aunque el casco de la misma había quedado aún amarrado a la parte delantera. Tomé el casco entre mis manos cuando ya estaba subido a la moto, la encendí y miré a mis colegas, con una curva hacia arriba en mis labios.

—Diré que fue tu moto la que se estrelló, Azazel—dije sólo para molestarlo y me alejé de ellos andando a cierta prisa.

Quería llegar pronto, darme una ducha, curar mis heridas y abrazar a Razvan. Ojalá mi hijo no sea alfa, ojalá no sea capaz de realizar estas masacres, ojalá no sea capaz de tener sexo con un omega mucho menor que él. Tengo muchas esperanzas de una buena crianza en ese pequeño.


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