La música era suave, las luces
seguían siendo igual de tenues que la vez que estuve en este lugar. Las mesas
estaban adecuadamente separadas y las voces a mi alrededor estaban calmas y
tranquilas, era obvio. Nadie sabía de la gran pérdida que había sufrido este
lugar. Nadie era consciente de la falta que él hace, nadie sabe, en medio de
este mar de alfas ebrios y omegas entregados, que quien manejaba este sitio ya
no está entre nosotros.
Aún lo puedo ver detrás del
mostrador, atendiendo al público, dirigiendo a otros y acomodándose los lentes.
Huang de la Vega era una combinación
extraña de maternidad y rectitud, un omega pulcro y un poco arisco, que había
sobrevivido a tantas cosas como yo. Aun así, su inspiración fue un mocoso
de 16 años con un problema existencial y una crisis de nervios frenética que lo
llevaba a tomar ansiolíticos de vez en cuando. Pese a todo eso, pese a saber la
cruda realidad, él seguía pensando que era genial, seguía pensando en Ash Lynx
como un omega impresionante y en Marco como un sujeto seguro y decidido que
había ido contra toda expectativa. Nada de eso lo pudo salvar, nada de eso lo
había retenido a mi lado, a nuestro lado.
Me había regañado incontables
veces, me había visto en un estado deplorable, me había mostrado que estaba
haciendo algo mal con mi vida. Había terminado por aceptar su tratamiento, ese
que le había ayudado a sobrellevar su celo de una mejor manera. Según Huang,
así no dañaría su cuerpo, no tendría que aplicar esos supresores con
inyecciones y mi aroma bajaría en cuestión de un año o dos. No, no era mi aroma
a omega el que molestaba, sino mi aroma a omega marcado y con un cachorro que
dejaba una estela a mi paso. Este tipo de aromas sólo se hacían más fuertes
cuando mi celo estaba por llegar, caso que pasaba una vez al año o una vez cada
dos años con las inyecciones. Ahora que llevaba a cabo aquel tratamiento de
Huang mi celo volvería a ser cada seis meses, supuestamente así no moriría de
cáncer a temprana edad. No importa si
muero, Ionel y Qiang podrían cuidar de Razvan. No, es una broma de mal gusto,
claro que quiero ver crecer a mi amado cachorro.
Di un trago a mi vaso, un Peach Mojito que tenía muy poca
graduación alcohólica mientras recuerdos de algunos meses inundaban mi mente.
Las lágrimas de Ionel en el funeral de su cuñado eran lastimeras, silenciosas
como él nunca había hecho, hipeaba y se estremecía entre los brazos de su alfa.
Aquel tipo que lo había marcado casi por error y que ahora provocaba que
tuviera un vientre bastante más abultado, denotando su embarazo de escasos
meses. Podía ver a Qiang con los ojos cristalinos y la mirada perdida, como su
vida había cambiado en un abrir y cerrar de ojos.
—Todos en este rubro
terminamos igual —había dicho en voz baja viendo la foto de mi amigo, de quien
había sido el amigo más cercano que nunca hubiera tenido. La persona que había
confirmado mi dicho había sido la menos pensada. Aquellos odiosos ángeles
caídos habían aparecido en el funeral de mi amigo y se habían acercado a Hywel
quien no se movía de al lado de la foto.
Hadriel y Gabriel tenían
nombres demasiado puros para sus verdaderas intenciones. Por eso el ser ángeles
caídos les quedaba bien. Por mi parte, Lucifer era un buen apodo que le quedaba
grande a un omega con el nombre Martel, no porque me crea inferior a ellos,
sino porque… ¿Qué demonios significa
Martel? ¿Martillo? ¿El martillo de Dios? Oh, por favor. El show de la
hipocresía no era lo mío. Ver alfas que violan y asesinan omegas por diversión
en el funeral de un omega no era lo mío. Sólo me acerqué a Hywel y estreché su
mano, no sin antes abrazarlo con fuerza y brindarle mis condolencias a través
del aroma de mi cuerpo. Mis feromonas aún debían tener un ápice de dulzura
omega pese a tener un sabor agrio y amargo. Él aceptó mis intenciones con un
asentimiento de cabeza.
Recuerdo que ese día me tuve
que retirar temprano, el niñero de Razvan me había pedido un horario específico
pues tenía que cubrir un trabajo. Mi hijo no había ido al funeral, era una
forma de proteger su identidad. Menos mal que no fue porque sino habría sido
visto por aquellos locos psicópatas. Por ello mi camino a casa fue lento y a la
vez largo, estaba más que interesado en llegar y abrazarlo. Mi cachorro, mi pequeño cachorro.
Había logrado escapar las
noches de viernes al llegar a un acuerdo con Nirvana. Él me había pedido
dejarle los sábado libres, para poder hacer su propia vida social, lo que me
parecía un trato justo. No estaba en mis planes volver a contraer pareja,
volver a salir con alguien o siquiera volver a pensar en otro alfa. Me había
mantenido bien hasta el momento, lo malo es que mis feromonas habían vuelto a
atraer a muchos alfas que pululaban alrededor de mí como perros alzados. No
estoy en celo, pero mi aroma los atrae, es tan fastidioso. Dos de ellos ya
habían comprobado que no era buena idea meterse conmigo y pronto se corrió la
voz en el bar Lynx de no molestar al “omega de ojos jade”. Así me decían ese
par de idiotas, estaba más que furioso por recordar eso.
Por lo menos ahora tenía un
poco de paz en el bar Lynx, asique me había vuelto el cliente exclusivo de los
viernes. Bebía mi trago sentado en la barra del dichoso bar cuando sentí el
aroma de algunas feromonas conocidas, feromonas alfas. Rodé los ojos y elevé el
vaso para llevarlo a mis labios. Ya hasta había olvidado que a mi pequeño
cúmulo de problemas se le sumaba el hecho de ser un doble agente que trabajaba
para la Mafia Oriental, al ser un sicario de la Mafia Rusa. ¿Algo más le interesaba que hiciera al puto
universo?
Sentí como el vaso era
arrebatado de mis manos y cómo aquel aroma conocido se posicionaba detrás de
mí, o mejor dicho, a mi derecha en la barra. Lo miré con cara de pocos amigos y
se me escapó un gruñido con toda la rabia que sentía cuando me arrebataban
cosas de las manos.
—Tu no bebes, ¿qué haces con
esto? —preguntó de repente y se sentó junto a mí, tomando mi bebida de forma
descarada.
No le dije nada y simplemente
lo miré con odio. Mis feromonas se iban agolpando a mi alrededor, se iban
haciendo cada vez más densas y demostraban el enorme odio que me estaba
provocando. Esto hizo que semejante idiota, alias Azazel, se volteara y me
mirara riendo por mi expresión.
—Oh vamos, no te enojes. Sobre
que te cuido… —dijo en doble sentido y lo capté perfectamente.
—Nadie te pidió ayuda
—respondí arrebatándole mi Peach Mojito
y bebiendo todo de un solo trago. Lo miré con soberbia y le gruñí al ver que ni
se inmutaba. Era tan denso. — ¿Ya me dirás a qué viniste?
El contrario rio para sí mismo
mientras pedía otro trago, uno mucho más fuerte. Sí sabe que este es territorio de los chinos, ¿no? Aunque claro,
podemos entrar en cualquier territorio por el simple hecho de ser sicarios.
—Pues vengo a decirte que
tenemos una misión —me dijo con la misma altanería. Eso me fastidiaba, esta vez
no estaba de humor para decirle que sí tan fácilmente.
— ¿Tenemos? ¿Por qué no se lo
pides a Gabriel? Él y tú van juntos para todos lados —dije molesto sintiendo
como él liberaba de sus propias feromonas. Si
se piensa que con eso me obligará, está equivocado. Sólo que me dé una
buena razón para seguirlo a una misión que seguro será más que aburrida.
—Porque tienes que ir tú, ojos
jade —me dijo a lo que apoyé mi codo en la barra y mi mejilla en mi mano.
Esperaba algo mejor que eso. —Soy tu superior en la Mafia Rusa —dijo
acercándose a mí, quedando a sólo centímetros su rostro del mío. Me miró a los
ojos con su mirada penetrante, haciéndome sentir junto a un igual, pero
recordando que estaba hablando con un alfa. —Y estás en la mira, Lucifer —me
dije en un susurro, —Meyer sospecha de ti. O aceptas o aceptas —me dijo a lo
que refunfuñé.
Hice un balance. Los
orientales tenían más información de mí que los rusos, ellos eran mucho más
peligrosos. No por mí, sino por mi familia, mi hermano y su familia, mi hijo y
cualquier allegado suyo. Estaba sintiendo poco a poco como me acorralaba en
esta posición, donde yo mismo me había metido y ahora estaba en un callejón sin
salida. Deberé sucumbir a sus pedidos, después de todo es más una relación
laboral. Ahora bien, lo que me hace ruido es que quiera cubrirme. No me ha
preguntado o indagado sobre si soy un traidor o no, supongo que o me ha
investigado o simplemente hay gato encerrado en todo esto. No puedo sacar a
flote mis verdaderas intenciones o misiones, me quedaría sin protección rusa o
asiática. Al diablo con todo.
— ¿A dónde tenemos que ir,
idiota? —le dije de mala gana provocando una sonrisa socarrona en su rostro. No
sabía que con eso estaría sentenciando mi destino.
Desde ese día sus pedidos
aumentaron junto con mis misiones. Apenas sí tenía tiempo de escribir los
reportes para Mr. Chang y obviar las misiones que me daban los orientales,
tenía demasiado en mente en esos momentos. Tampoco quería descuidar a Razvan, estaba
comenzando la escuela y tenía momentos complicados, no podía descuidarlo de
esta manera. Los momentos para dormir se hicieron de mejor calidad y de menor
cantidad, tenía que mantenerme al ritmo de los alfas sin utilizar supresores de
más y eso a veces me retrasaba.
A veces Gabriel iba en las
misiones, siempre terminaba peleando con él y él enfadándose conmigo. Por algún
motivo nunca reaccionaba más allá de gritos y refunfuños, podía comprender que era
porque Hadriel rondaba cada vez que eso pasaba y yo no lograba entender sus
motivos. No se lo pregunté, no tenía sentido pensar más allá de lo que estaba
explicitado en mi contrato, nada de lo demás debía importarme siquiera.
Mañana, tarde y noche,
cualquier día de la semana era motivo para que me hablara y me diera más
misiones. Llegaba al viernes más cansado que de costumbre, los sicarios no
tenemos días de descanso, sino misiones que cumplir, pero en este caso estaba
siendo demasiado duro. Me sentía agotado, pero de buen ánimo. Poder torturar a
diferentes alfas, destrozarlos hasta que sucumban ante el dolor, dependiendo de
la petición del cliente, era lo mejor. En este caso el cliente era Meyer Petrov
y ese omega que tenía a su lado, Sergei Ivanov. Lo había visto en pocas
ocasiones, pero siempre se mantenían juntos, ese chico destilaba olor a omega
marcado. Era más dulce y agradable que mi aroma, eso era seguro, y no importaba
cuando tiempo pasara, siempre nuestras miradas se cruzaban en esos lapsos de
segundos. Sergei es más parecido a mí de
lo que podría imaginar.
Llegó un momento en el que una
llamada llegó a mi celular personal, aquel que usaba sólo para la Mafia Rusa.
Era un viernes por la noche, acababa de acostar a Razvan y de acariciar sus
cabellos, besar su frente y hacerle cosquillas como todas las noches. Ese
pequeño era la luz de mis ojos, mi vida entera, era el ser que había jurado
proteger con mi vida. En eso estaba cuando el celular me sonó, era precisamente
el dichoso alfa quien me llamaba.
— ¿Qué quieres ahora? —le dije
a través del celular.
—Necesito que hagas una misión
mañana —fueron sus palabras, toscas y mandonas, como siempre.
—Piérdete, mañana no puedo —le
respondí, recordando que no tenía quien cuidara a Razvan el día sábado.
— ¿Qué puede ser más importante que seguir los
lineamientos de tu superior? —me dijo. “Mi hijo” me hubiera gustado decirle,
pero no podía decir eso. Por ese motivo, no le respondí y nada más suspiré con
pesadez. — ¿Tienes reunión con alguien más? —preguntó de repente. “Nada más
alejado de la realidad” pensé y negué con la cabeza. —Ojos jade…
—Que no es nada de eso —dije
antes de que siguiera diciendo cosas sin sentido. —No puedo, dile a Gabriel
—dije finalmente y corté la llamada. Estaba cavando mi fosa quizás, pero no me
importaba, podía con ello.
Pronto llegó un mensaje, del
mismo remitente. “¿Ya no aguantas el ritmo de un alfa?” decía aquel mensaje y
no pude hacer más que chasquear la lengua y ni siquiera responderle. Que piense
lo que quiera, que haga lo que quiera, tengo una prioridad, y no dejaré que nada
ni nadie se interponga en ello.
Me siguió llamando, como si
nada hubiera pasado, como si nada le hubiera dicho. Seguimos haciendo misiones
los dos solos y podía sentir como de a poco comenzábamos a coordinar más.
Nuestros movimientos, nuestras armas, nuestros objetivos… todo parecía
coordinar a la perfección y causar una sensación de planificación que no
existía. De a poco nos comenzamos a comunicar mediante olores, miradas,
palabras en clave, era extraño, era como tener un compañero. Jamás había trabajado
con nadie, jamás había hecho tantas misiones acompañado, siempre pensé que
tener un compañero sería molesto y aún más los alfas. Siempre intentando
colocarse por delante, intentando avanzar aún sin mi ayuda, siempre intentando
ser mejores que yo sólo demostrando que eran perros inútiles. Pero con este
tipo era diferente, era como tener un par, como un verdadero compañero. Ahora
entendía un poco porqué hasta Gabriel había elegido tener un colega de esta
manera.
Fue cuestión de tiempo para
que su querido Bro se uniera a las misiones, aunque sus feromonas denotaban el
disgusto con mi presencia. Ese sujeto sí que odiaba a los omegas y yo estaba
completamente en su camino, a su lado y detrás de él. Con el tiempo aprendí a
molestarlo y ver que no me hacía más que gruñir y despotricar insultos a
diestra y siniestra. Entendía que su compañero tenía algo que ver en todo eso,
y el hecho de que fuera parte de la misma organización que él colaboraba.
Adoraba jugar con fuego estando cerca de él y liberando feromonas que, para
colmo, no eran tan dulces como las de un omega común y corriente por la marca,
pero sí atrayentes. Sabía que le atraía igual, por sus inhumanos instintos y
aún así no me importaba. El cambiar de supresores inyectables a una dosis menor
colocada una vez a la semana me había cambiado hasta le humor. Más descarado y
activo, más imprudente y más consciente de los alfas a mi alrededor, parecía
que había regresado a ser un joven de 25 años.
No supe en qué momento ambos
alfas me invitaban a sus dichosas noches de cazar omegas, no supe en que
momento terminé saliendo con ellos después de algunas de las tareas que nos
encomendaba Meyer. Era como una suerte de salida después del trabajo, como una
especie de festejo por un trabajo bien hecho. A veces me sentía incómodo y
prefería irme solo, regresar a casa con mi hijo y mi vida tranquila. Odiaba
quedarme hasta tarde fuera de la casa días que no fueran los viernes. Además,
al día siguiente iba a la empresa, mantener mi fachada era importante para
tener mi vida tranquila, demasiado tiempo y dinero había ocupado en tener una
vida paralela encubierta.
Tampoco comprendí en qué
momento mis viernes de soledad en el bar Lynxs se volvieron viernes compartidos
con Hadriel. El sujeto caía de repente y se sentaba a mi lado a beber o
simplemente a molestar, con el tiempo me di cuenta de que no estaba ahí solo
para darme misiones. Aún no podía bajar la guardia, para mi intenta sacar
información de mi persona, aún intenta descubrir qué hago realmente de mi vida
y seguro esa será la sentencia de muerte de mi hijo. No podía hacer eso, me
dedicaba a esquivar varias preguntas y preguntar otras. Conocía su fama,
conocía sus antecedentes gracias a Larunda quien hizo sus averiguaciones cuando
le conté lo que estaba pasando. Este hombre
definitivamente algo quiere de mí.
Más allá de ello, conversar
con él se había vuelto entretenido. Sabía de muchas cosas y sí tenía un sentido
del humor bastante interesante, era un hombre que había vivido muchas cosas a
lo largo de los años. No mencionó el asesinato de sus hijos y era un tema que
yo tampoco quería tocar, no quería conocer su locura que era famosa en todos
lados, que era conocido en todos lados, no quería conocer a Azazel. Si iba a
hablarme y a fastidiarme todos los viernes, pues le pediría saber algo más interesante
que conocer la vida de Azazel, quería
conocer a Hadriel Monroe. El hombre detrás de ángel caído, detrás del
asesino, seguro podía ser algo más que un aburrido sicario. Yo era sicario, era
aburrido hablar de trabajo siempre. Si tengo que soportar su voz, pues prefiero
que me hable de algo que no sepa.
Reía con él y me hacía olvidar
un poco lo que podía ser mi vida. A veces me pedía tragos él y me daba los más
suaves y livianos, al parecer saber que el alcohol no es lo mío me favorece. Al
principio prefería echarme el humo de cigarro en la cara para que me ahogara y
reírse de mis reacciones. Pero pasados varios meses dejó de hacerlo, no
entendía si se había compadecido de mis pobres pulmones o me estaba tomando
cierta consideración dado que se quedaría sin compañero. No importaba,
importaba que estuviera allí.
Terminaba contándole por
encima la vida de Martel Bogdan, obviando la vida de Marcos Rohde, aquel agente
de negocios de Balan Inc., y dejándole conocer casi por completo a Lucifer. La
línea entre mis tres vidas era muy fina y a veces había cosas que sabía que él
sabía, pero que no decíamos ninguno de los dos. Sé que mis feromonas desprenden
parte de mi historia: omega marcado y con
cachorro. No podría desprender identidades, eso era algo positivo en muchos
sentidos, aunque claro que cargaba un cierto estigma en mí. No me importaba, si
él quería alejarse de mí, mejor. Así
volvería al inicio, pero no.
No se iba, quizás no quería,
al contrario. Lo vi sonreír de forma auténtica y lo vi reír de algunas
tonterías. Era una persona bastante divertida y me hacía reír a mí también. Sus
feromonas alfas eran un tanto amargas al principio, más bien ácidas, y se
fueron suavizando a medida que pasaba el tiempo. Quizás las mías estaban igual,
igual de suaves no lo creo, pero sí bajando considerablemente la enemistad
entre ambos. Nos tomábamos un trago y nos quedábamos hasta tarde conversando, a
veces las noches se tornaban más bien frías y ese viernes no me había llevado
abrigo.
Cuando la primera briza corrió
y me dio de lleno en la espalda, que quedaba al descubierto gracias a algunos
detalles de aquella prenda que había elegido llevar esa noche, me estremecí y
sentí un ligero escalofrío. Hadriel tomó su propio abrigo y lo colocó en mis hombros,
esa fue la primera vez que me sonrojé a su lado y que nuestros ojos se cruzaron
sólo por milésimas de segundos. ¿Acaso me
está pareciendo lindo este idiota? No puedo creer que mis gustos sigan siendo
igual de malos que antes. Los ocho meses que llevábamos con estas charlas
de viernes por la noche estaban haciendo estragos en mi cabeza.
—Ya es tarde —le dije en un
momento. —Lo mejor será irme ya —comenté y me quise quitar el abrigo para
devolvérselo, pero él se negó.
—Llévalo, me lo devuelves
después —respondió a lo que simplemente asentí.
Me puse de pie, bajando de
aquella banqueta alta antes de comenzar a caminar hacia la salida. Le había
despedido apenas, no solíamos tener grandes despedidas, si después de todo nos
veríamos la próxima semana o quizás el domingo, sólo especifiqué que los
sábados no podía realizar ninguna misión. Admito que con el tiempo había comenzado
a ser un hábito el charlar con él y pasarnos horas debatiendo cosas importantes
y a veces estupideces, no era un tipo particularmente aburrido fuera del
trabajo. Tenía su gracia, claro que tenía
su gracia, como todo alfa que llamaba la atención de los omegas. Varios en
la Mafia Rusa lo miraban con otros ojos, a Leviathan también, pero a éste
último nadie le hablaba por miedo a su reacción, al menos sí se acercaban a
Azazel. A simple vista…el alfa siempre trataba con galantería a todos y todas
los que se le acercaban, aún así no puedo garantizar que no les destroce el
corazón.
Apenas salí del bar sentí el
viento chocar contra mi rostro, realmente estaba haciendo frío en esas épocas. ¿En qué momento había llegado el invierno y
no me había dado cuenta? Nada más cerré mejor el abrigo, abrochándolo y
sintiendo el aroma del alfa llegar a mis fosas nasales. No me desagradaba, pero
sí era extraño, había ya pasado un buen tiempo desde que el aroma de un alfa
distinto estuvo sobre mi cuerpo. El aroma de Paul aún solía llegar a mis
sentidos, ya ni el de Samatoki quedaba sobre mí. El odioso no había querido
marcarme cuando tuvo la oportunidad, ahora ya era tarde, ya había perdido toda
esperanza de encontrarlo o siquiera de ver a mi hija.
¿Por qué estoy pensando en eso justo ahora? Ya decidí que no tendría más parejas ni alfas y mucho
menos betas. Suspiré levemente cuando sentí una mano posarse en mi hombro y me
sobresalté. Pronto identifiqué el olor por lo que me calmé un poco, me volteé y
lo miré. El aliento se notaba saliendo de sus labios y su rostro parecía
sorprendido, no entendí qué estaba pasándole. Estuve a punto de hablar cuando
él abrió la boca antes…
—Ven mañana —me dijo y me
quedé estático. Seguro que no pude ocultar mi mueca de incredulidad, por lo que
ladeé la cabeza. —Sí, ven mañana y hablemos de nuevo, tomemos algo… Yo invito.
—Casi siempre invitas —le dije
sin responder a sus preguntas. Él frunció el ceño y se le escapó un gruñido,
estaba frustrado. —No puedo.
— ¿Por qué? —eso fue todo lo
que Hadriel dijo, afianzando el agarre sobre mi hombro. Gruñí y aparté su mano.
— ¡Que no puedo, te dije!
—contesté casi gritando.
— ¿Por qué? Tampoco haces
misiones los sábados…
—Porque no, no puedo los
sábados —respondí sin más.
— ¿Por qué? —reiteró.
— ¡Sólo no puedo! —grité.
—Dime el porqué, ¡ahora! —dijo
usando su voz de mando, lo que me hizo encolerizar. Soy un omega marcado e
incluso asesiné yo mismo a mi alfa, soy el único que me puedo mandar.
— ¿Por qué te diría? ¿Por qué
te importa? —le desafié.
—Porque no me cierra, tu marca
no me cierra tampoco —dijo mirándome a los ojos.
Nuestras miradas se chocaron,
era un frenesí de caos y desafío, de dos personas que se entremezclan a la hora
de decir verdades, dos personas que intentan superar al otro y a su vez… Dos personas que comparten cosas en común.
No me ha traicionado hasta ahora, no ha hecho nada malo hasta ahora, pero no
podía confiar en él, no debía en realidad. Acepté su presencia, acepte que
estuviera a mi lado, acepté que él y yo podíamos hablar sin pelear, que él
podría estar de mi lado aún enfrentado contra Gabriel. Pero… ¿cuál es su límite? Quizás no lo tenía. Pero a nadie más le
prestaba tan atención, a ningún aliado tenía de esta manera, ni siquiera a esa
omega con la que había salido con anterioridad. Podría arriesgarme y asesinarlo
si las cosas no resultaban como quería. Larunda era quien mejor podría
comprenderme y quien sería capaz de ayudarme si algo salía mal. Ella es mi
respaldo.
—Tengo un hijo —fue lo único
que salió de mis labios.
Sus ojos se abrieron como
platos y, por primera vez desde que lo conocía, podía ver su rostro de
sorpresa. Yo bufé y me crucé de brazos, él realmente parecía sorprendido aunque
mis feromonas gritaban “cachorro” a veces, dudo que no haya sacado sus conclusiones.
—Oh vamos, no me digas que no
lo sabías. Me has investigado —le dije sin más y él sólo negó con la cabeza.
—No esperaba un hijo —me
contestó, parecía sincero. Sonreí apenas y bajé levemente la cabeza.
—Sí, tiene 9 años —dije dando
un pequeño dato más.
—Pero…
— ¿No te coincide mi edad?
¿Tan joven me veo? —dije bromeando y riendo ante su reacción. Él rio conmigo
hasta que sentí sus brazos abrazarme por la cadera y acercarme a él.
—Puedo ir a tu casa entonces
—dijo riendo.
—No meto alfas a mi casa, lo
siento —contesté, apartándolo con mis manos.
—Puedes venir a la mía —me
propuso en tono cantarín, aflojando el agarre.
—Cuando tenga mi celo lo
pensaré —dije con vivo aire de coquetear, sus feromonas definitivamente me
están afectando.
— ¿Me dejarás pasarlo contigo?
—cuestionó, acercándose.
—Te dejaré marcarme, sólo si
entro a tu casa. ¿Trato? —dije moviendo mis caderas en forma tentadora.
—Trato —dijo y acercó su
rostro para besarme pero lo moví haciendo que sus labios tocaran mi mejilla.
Reí por lo bajo ante su refunfuño.
—Debo irme ahora… —me separé
de él y comencé a alejarme lentamente.
—Espera, ¿cómo se llama tu
hijo?
Lo medité por un par de
segundos, simples pares de segundos. ¿Más
información de la que ya le había dado? Más información de la que ya tenía, sí,
justamente eso quiere. No estoy seguro de si quiero brindársela. Pero ya
era cuestión de tiempo para que lo averiguara, no necesitaba decirle más ni
menos que lo que me había preguntado.
—Razvan… —respondí antes de
seguir mi camino, hasta que nos crucemos nuevamente.
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