martes, 15 de diciembre de 2020

Razvan - Omegaverse



La música era suave, las luces seguían siendo igual de tenues que la vez que estuve en este lugar. Las mesas estaban adecuadamente separadas y las voces a mi alrededor estaban calmas y tranquilas, era obvio. Nadie sabía de la gran pérdida que había sufrido este lugar. Nadie era consciente de la falta que él hace, nadie sabe, en medio de este mar de alfas ebrios y omegas entregados, que quien manejaba este sitio ya no está entre nosotros.

Aún lo puedo ver detrás del mostrador, atendiendo al público, dirigiendo a otros y acomodándose los lentes. Huang de la Vega era una combinación extraña de maternidad y rectitud, un omega pulcro y un poco arisco, que había sobrevivido a tantas cosas como yo. Aun así, su inspiración fue un mocoso de 16 años con un problema existencial y una crisis de nervios frenética que lo llevaba a tomar ansiolíticos de vez en cuando. Pese a todo eso, pese a saber la cruda realidad, él seguía pensando que era genial, seguía pensando en Ash Lynx como un omega impresionante y en Marco como un sujeto seguro y decidido que había ido contra toda expectativa. Nada de eso lo pudo salvar, nada de eso lo había retenido a mi lado, a nuestro lado.

Me había regañado incontables veces, me había visto en un estado deplorable, me había mostrado que estaba haciendo algo mal con mi vida. Había terminado por aceptar su tratamiento, ese que le había ayudado a sobrellevar su celo de una mejor manera. Según Huang, así no dañaría su cuerpo, no tendría que aplicar esos supresores con inyecciones y mi aroma bajaría en cuestión de un año o dos. No, no era mi aroma a omega el que molestaba, sino mi aroma a omega marcado y con un cachorro que dejaba una estela a mi paso. Este tipo de aromas sólo se hacían más fuertes cuando mi celo estaba por llegar, caso que pasaba una vez al año o una vez cada dos años con las inyecciones. Ahora que llevaba a cabo aquel tratamiento de Huang mi celo volvería a ser cada seis meses, supuestamente así no moriría de cáncer a temprana edad. No importa si muero, Ionel y Qiang podrían cuidar de Razvan. No, es una broma de mal gusto, claro que quiero ver crecer a mi amado cachorro.

Di un trago a mi vaso, un Peach Mojito que tenía muy poca graduación alcohólica mientras recuerdos de algunos meses inundaban mi mente. Las lágrimas de Ionel en el funeral de su cuñado eran lastimeras, silenciosas como él nunca había hecho, hipeaba y se estremecía entre los brazos de su alfa. Aquel tipo que lo había marcado casi por error y que ahora provocaba que tuviera un vientre bastante más abultado, denotando su embarazo de escasos meses. Podía ver a Qiang con los ojos cristalinos y la mirada perdida, como su vida había cambiado en un abrir y cerrar de ojos.

—Todos en este rubro terminamos igual —había dicho en voz baja viendo la foto de mi amigo, de quien había sido el amigo más cercano que nunca hubiera tenido. La persona que había confirmado mi dicho había sido la menos pensada. Aquellos odiosos ángeles caídos habían aparecido en el funeral de mi amigo y se habían acercado a Hywel quien no se movía de al lado de la foto.

Hadriel y Gabriel tenían nombres demasiado puros para sus verdaderas intenciones. Por eso el ser ángeles caídos les quedaba bien. Por mi parte, Lucifer era un buen apodo que le quedaba grande a un omega con el nombre Martel, no porque me crea inferior a ellos, sino porque… ¿Qué demonios significa Martel? ¿Martillo? ¿El martillo de Dios? Oh, por favor. El show de la hipocresía no era lo mío. Ver alfas que violan y asesinan omegas por diversión en el funeral de un omega no era lo mío. Sólo me acerqué a Hywel y estreché su mano, no sin antes abrazarlo con fuerza y brindarle mis condolencias a través del aroma de mi cuerpo. Mis feromonas aún debían tener un ápice de dulzura omega pese a tener un sabor agrio y amargo. Él aceptó mis intenciones con un asentimiento de cabeza.

Recuerdo que ese día me tuve que retirar temprano, el niñero de Razvan me había pedido un horario específico pues tenía que cubrir un trabajo. Mi hijo no había ido al funeral, era una forma de proteger su identidad. Menos mal que no fue porque sino habría sido visto por aquellos locos psicópatas. Por ello mi camino a casa fue lento y a la vez largo, estaba más que interesado en llegar y abrazarlo. Mi cachorro, mi pequeño cachorro.

Había logrado escapar las noches de viernes al llegar a un acuerdo con Nirvana. Él me había pedido dejarle los sábado libres, para poder hacer su propia vida social, lo que me parecía un trato justo. No estaba en mis planes volver a contraer pareja, volver a salir con alguien o siquiera volver a pensar en otro alfa. Me había mantenido bien hasta el momento, lo malo es que mis feromonas habían vuelto a atraer a muchos alfas que pululaban alrededor de mí como perros alzados. No estoy en celo, pero mi aroma los atrae, es tan fastidioso. Dos de ellos ya habían comprobado que no era buena idea meterse conmigo y pronto se corrió la voz en el bar Lynx de no molestar al “omega de ojos jade”. Así me decían ese par de idiotas, estaba más que furioso por recordar eso.

Por lo menos ahora tenía un poco de paz en el bar Lynx, asique me había vuelto el cliente exclusivo de los viernes. Bebía mi trago sentado en la barra del dichoso bar cuando sentí el aroma de algunas feromonas conocidas, feromonas alfas. Rodé los ojos y elevé el vaso para llevarlo a mis labios. Ya hasta había olvidado que a mi pequeño cúmulo de problemas se le sumaba el hecho de ser un doble agente que trabajaba para la Mafia Oriental, al ser un sicario de la Mafia Rusa. ¿Algo más le interesaba que hiciera al puto universo?

Sentí como el vaso era arrebatado de mis manos y cómo aquel aroma conocido se posicionaba detrás de mí, o mejor dicho, a mi derecha en la barra. Lo miré con cara de pocos amigos y se me escapó un gruñido con toda la rabia que sentía cuando me arrebataban cosas de las manos.

—Tu no bebes, ¿qué haces con esto? —preguntó de repente y se sentó junto a mí, tomando mi bebida de forma descarada.

No le dije nada y simplemente lo miré con odio. Mis feromonas se iban agolpando a mi alrededor, se iban haciendo cada vez más densas y demostraban el enorme odio que me estaba provocando. Esto hizo que semejante idiota, alias Azazel, se volteara y me mirara riendo por mi expresión.

—Oh vamos, no te enojes. Sobre que te cuido… —dijo en doble sentido y lo capté perfectamente.

—Nadie te pidió ayuda —respondí arrebatándole mi Peach Mojito y bebiendo todo de un solo trago. Lo miré con soberbia y le gruñí al ver que ni se inmutaba. Era tan denso. — ¿Ya me dirás a qué viniste?

El contrario rio para sí mismo mientras pedía otro trago, uno mucho más fuerte. Sí sabe que este es territorio de los chinos, ¿no? Aunque claro, podemos entrar en cualquier territorio por el simple hecho de ser sicarios.

—Pues vengo a decirte que tenemos una misión —me dijo con la misma altanería. Eso me fastidiaba, esta vez no estaba de humor para decirle que sí tan fácilmente.

— ¿Tenemos? ¿Por qué no se lo pides a Gabriel? Él y tú van juntos para todos lados —dije molesto sintiendo como él liberaba de sus propias feromonas. Si se piensa que con eso me obligará, está equivocado. Sólo que me dé una buena razón para seguirlo a una misión que seguro será más que aburrida.

—Porque tienes que ir tú, ojos jade —me dijo a lo que apoyé mi codo en la barra y mi mejilla en mi mano. Esperaba algo mejor que eso. —Soy tu superior en la Mafia Rusa —dijo acercándose a mí, quedando a sólo centímetros su rostro del mío. Me miró a los ojos con su mirada penetrante, haciéndome sentir junto a un igual, pero recordando que estaba hablando con un alfa. —Y estás en la mira, Lucifer —me dije en un susurro, —Meyer sospecha de ti. O aceptas o aceptas —me dijo a lo que refunfuñé.

Hice un balance. Los orientales tenían más información de mí que los rusos, ellos eran mucho más peligrosos. No por mí, sino por mi familia, mi hermano y su familia, mi hijo y cualquier allegado suyo. Estaba sintiendo poco a poco como me acorralaba en esta posición, donde yo mismo me había metido y ahora estaba en un callejón sin salida. Deberé sucumbir a sus pedidos, después de todo es más una relación laboral. Ahora bien, lo que me hace ruido es que quiera cubrirme. No me ha preguntado o indagado sobre si soy un traidor o no, supongo que o me ha investigado o simplemente hay gato encerrado en todo esto. No puedo sacar a flote mis verdaderas intenciones o misiones, me quedaría sin protección rusa o asiática. Al diablo con todo.

— ¿A dónde tenemos que ir, idiota? —le dije de mala gana provocando una sonrisa socarrona en su rostro. No sabía que con eso estaría sentenciando mi destino.

Desde ese día sus pedidos aumentaron junto con mis misiones. Apenas sí tenía tiempo de escribir los reportes para Mr. Chang y obviar las misiones que me daban los orientales, tenía demasiado en mente en esos momentos. Tampoco quería descuidar a Razvan, estaba comenzando la escuela y tenía momentos complicados, no podía descuidarlo de esta manera. Los momentos para dormir se hicieron de mejor calidad y de menor cantidad, tenía que mantenerme al ritmo de los alfas sin utilizar supresores de más y eso a veces me retrasaba.

A veces Gabriel iba en las misiones, siempre terminaba peleando con él y él enfadándose conmigo. Por algún motivo nunca reaccionaba más allá de gritos y refunfuños, podía comprender que era porque Hadriel rondaba cada vez que eso pasaba y yo no lograba entender sus motivos. No se lo pregunté, no tenía sentido pensar más allá de lo que estaba explicitado en mi contrato, nada de lo demás debía importarme siquiera.

Mañana, tarde y noche, cualquier día de la semana era motivo para que me hablara y me diera más misiones. Llegaba al viernes más cansado que de costumbre, los sicarios no tenemos días de descanso, sino misiones que cumplir, pero en este caso estaba siendo demasiado duro. Me sentía agotado, pero de buen ánimo. Poder torturar a diferentes alfas, destrozarlos hasta que sucumban ante el dolor, dependiendo de la petición del cliente, era lo mejor. En este caso el cliente era Meyer Petrov y ese omega que tenía a su lado, Sergei Ivanov. Lo había visto en pocas ocasiones, pero siempre se mantenían juntos, ese chico destilaba olor a omega marcado. Era más dulce y agradable que mi aroma, eso era seguro, y no importaba cuando tiempo pasara, siempre nuestras miradas se cruzaban en esos lapsos de segundos. Sergei es más parecido a mí de lo que podría imaginar.

Llegó un momento en el que una llamada llegó a mi celular personal, aquel que usaba sólo para la Mafia Rusa. Era un viernes por la noche, acababa de acostar a Razvan y de acariciar sus cabellos, besar su frente y hacerle cosquillas como todas las noches. Ese pequeño era la luz de mis ojos, mi vida entera, era el ser que había jurado proteger con mi vida. En eso estaba cuando el celular me sonó, era precisamente el dichoso alfa quien me llamaba.

— ¿Qué quieres ahora? —le dije a través del celular.

—Necesito que hagas una misión mañana —fueron sus palabras, toscas y mandonas, como siempre.

—Piérdete, mañana no puedo —le respondí, recordando que no tenía quien cuidara a Razvan el día sábado.

 — ¿Qué puede ser más importante que seguir los lineamientos de tu superior? —me dijo. “Mi hijo” me hubiera gustado decirle, pero no podía decir eso. Por ese motivo, no le respondí y nada más suspiré con pesadez. — ¿Tienes reunión con alguien más? —preguntó de repente. “Nada más alejado de la realidad” pensé y negué con la cabeza. —Ojos jade…

—Que no es nada de eso —dije antes de que siguiera diciendo cosas sin sentido. —No puedo, dile a Gabriel —dije finalmente y corté la llamada. Estaba cavando mi fosa quizás, pero no me importaba, podía con ello.

Pronto llegó un mensaje, del mismo remitente. “¿Ya no aguantas el ritmo de un alfa?” decía aquel mensaje y no pude hacer más que chasquear la lengua y ni siquiera responderle. Que piense lo que quiera, que haga lo que quiera, tengo una prioridad, y no dejaré que nada ni nadie se interponga en ello.

Me siguió llamando, como si nada hubiera pasado, como si nada le hubiera dicho. Seguimos haciendo misiones los dos solos y podía sentir como de a poco comenzábamos a coordinar más. Nuestros movimientos, nuestras armas, nuestros objetivos… todo parecía coordinar a la perfección y causar una sensación de planificación que no existía. De a poco nos comenzamos a comunicar mediante olores, miradas, palabras en clave, era extraño, era como tener un compañero. Jamás había trabajado con nadie, jamás había hecho tantas misiones acompañado, siempre pensé que tener un compañero sería molesto y aún más los alfas. Siempre intentando colocarse por delante, intentando avanzar aún sin mi ayuda, siempre intentando ser mejores que yo sólo demostrando que eran perros inútiles. Pero con este tipo era diferente, era como tener un par, como un verdadero compañero. Ahora entendía un poco porqué hasta Gabriel había elegido tener un colega de esta manera.

Fue cuestión de tiempo para que su querido Bro se uniera a las misiones, aunque sus feromonas denotaban el disgusto con mi presencia. Ese sujeto sí que odiaba a los omegas y yo estaba completamente en su camino, a su lado y detrás de él. Con el tiempo aprendí a molestarlo y ver que no me hacía más que gruñir y despotricar insultos a diestra y siniestra. Entendía que su compañero tenía algo que ver en todo eso, y el hecho de que fuera parte de la misma organización que él colaboraba. Adoraba jugar con fuego estando cerca de él y liberando feromonas que, para colmo, no eran tan dulces como las de un omega común y corriente por la marca, pero sí atrayentes. Sabía que le atraía igual, por sus inhumanos instintos y aún así no me importaba. El cambiar de supresores inyectables a una dosis menor colocada una vez a la semana me había cambiado hasta le humor. Más descarado y activo, más imprudente y más consciente de los alfas a mi alrededor, parecía que había regresado a ser un joven de 25 años.

No supe en qué momento ambos alfas me invitaban a sus dichosas noches de cazar omegas, no supe en que momento terminé saliendo con ellos después de algunas de las tareas que nos encomendaba Meyer. Era como una suerte de salida después del trabajo, como una especie de festejo por un trabajo bien hecho. A veces me sentía incómodo y prefería irme solo, regresar a casa con mi hijo y mi vida tranquila. Odiaba quedarme hasta tarde fuera de la casa días que no fueran los viernes. Además, al día siguiente iba a la empresa, mantener mi fachada era importante para tener mi vida tranquila, demasiado tiempo y dinero había ocupado en tener una vida paralela encubierta.

Tampoco comprendí en qué momento mis viernes de soledad en el bar Lynxs se volvieron viernes compartidos con Hadriel. El sujeto caía de repente y se sentaba a mi lado a beber o simplemente a molestar, con el tiempo me di cuenta de que no estaba ahí solo para darme misiones. Aún no podía bajar la guardia, para mi intenta sacar información de mi persona, aún intenta descubrir qué hago realmente de mi vida y seguro esa será la sentencia de muerte de mi hijo. No podía hacer eso, me dedicaba a esquivar varias preguntas y preguntar otras. Conocía su fama, conocía sus antecedentes gracias a Larunda quien hizo sus averiguaciones cuando le conté lo que estaba pasando. Este hombre definitivamente algo quiere de mí.

Más allá de ello, conversar con él se había vuelto entretenido. Sabía de muchas cosas y sí tenía un sentido del humor bastante interesante, era un hombre que había vivido muchas cosas a lo largo de los años. No mencionó el asesinato de sus hijos y era un tema que yo tampoco quería tocar, no quería conocer su locura que era famosa en todos lados, que era conocido en todos lados, no quería conocer a Azazel. Si iba a hablarme y a fastidiarme todos los viernes, pues le pediría saber algo más interesante que conocer la vida de Azazel, quería conocer a Hadriel Monroe. El hombre detrás de ángel caído, detrás del asesino, seguro podía ser algo más que un aburrido sicario. Yo era sicario, era aburrido hablar de trabajo siempre. Si tengo que soportar su voz, pues prefiero que me hable de algo que no sepa.

Reía con él y me hacía olvidar un poco lo que podía ser mi vida. A veces me pedía tragos él y me daba los más suaves y livianos, al parecer saber que el alcohol no es lo mío me favorece. Al principio prefería echarme el humo de cigarro en la cara para que me ahogara y reírse de mis reacciones. Pero pasados varios meses dejó de hacerlo, no entendía si se había compadecido de mis pobres pulmones o me estaba tomando cierta consideración dado que se quedaría sin compañero. No importaba, importaba que estuviera allí.

Terminaba contándole por encima la vida de Martel Bogdan, obviando la vida de Marcos Rohde, aquel agente de negocios de Balan Inc., y dejándole conocer casi por completo a Lucifer. La línea entre mis tres vidas era muy fina y a veces había cosas que sabía que él sabía, pero que no decíamos ninguno de los dos. Sé que mis feromonas desprenden parte de mi historia: omega marcado y con cachorro. No podría desprender identidades, eso era algo positivo en muchos sentidos, aunque claro que cargaba un cierto estigma en mí. No me importaba, si él quería alejarse de mí, mejor. Así volvería al inicio, pero no.

No se iba, quizás no quería, al contrario. Lo vi sonreír de forma auténtica y lo vi reír de algunas tonterías. Era una persona bastante divertida y me hacía reír a mí también. Sus feromonas alfas eran un tanto amargas al principio, más bien ácidas, y se fueron suavizando a medida que pasaba el tiempo. Quizás las mías estaban igual, igual de suaves no lo creo, pero sí bajando considerablemente la enemistad entre ambos. Nos tomábamos un trago y nos quedábamos hasta tarde conversando, a veces las noches se tornaban más bien frías y ese viernes no me había llevado abrigo.

Cuando la primera briza corrió y me dio de lleno en la espalda, que quedaba al descubierto gracias a algunos detalles de aquella prenda que había elegido llevar esa noche, me estremecí y sentí un ligero escalofrío. Hadriel tomó su propio abrigo y lo colocó en mis hombros, esa fue la primera vez que me sonrojé a su lado y que nuestros ojos se cruzaron sólo por milésimas de segundos. ¿Acaso me está pareciendo lindo este idiota? No puedo creer que mis gustos sigan siendo igual de malos que antes. Los ocho meses que llevábamos con estas charlas de viernes por la noche estaban haciendo estragos en mi cabeza.

—Ya es tarde —le dije en un momento. —Lo mejor será irme ya —comenté y me quise quitar el abrigo para devolvérselo, pero él se negó.

—Llévalo, me lo devuelves después —respondió a lo que simplemente asentí.

Me puse de pie, bajando de aquella banqueta alta antes de comenzar a caminar hacia la salida. Le había despedido apenas, no solíamos tener grandes despedidas, si después de todo nos veríamos la próxima semana o quizás el domingo, sólo especifiqué que los sábados no podía realizar ninguna misión. Admito que con el tiempo había comenzado a ser un hábito el charlar con él y pasarnos horas debatiendo cosas importantes y a veces estupideces, no era un tipo particularmente aburrido fuera del trabajo. Tenía su gracia, claro que tenía su gracia, como todo alfa que llamaba la atención de los omegas. Varios en la Mafia Rusa lo miraban con otros ojos, a Leviathan también, pero a éste último nadie le hablaba por miedo a su reacción, al menos sí se acercaban a Azazel. A simple vista…el alfa siempre trataba con galantería a todos y todas los que se le acercaban, aún así no puedo garantizar que no les destroce el corazón.

Apenas salí del bar sentí el viento chocar contra mi rostro, realmente estaba haciendo frío en esas épocas. ¿En qué momento había llegado el invierno y no me había dado cuenta? Nada más cerré mejor el abrigo, abrochándolo y sintiendo el aroma del alfa llegar a mis fosas nasales. No me desagradaba, pero sí era extraño, había ya pasado un buen tiempo desde que el aroma de un alfa distinto estuvo sobre mi cuerpo. El aroma de Paul aún solía llegar a mis sentidos, ya ni el de Samatoki quedaba sobre mí. El odioso no había querido marcarme cuando tuvo la oportunidad, ahora ya era tarde, ya había perdido toda esperanza de encontrarlo o siquiera de ver a mi hija.

¿Por qué estoy pensando en eso justo ahora? Ya decidí que no tendría más parejas ni alfas y mucho menos betas. Suspiré levemente cuando sentí una mano posarse en mi hombro y me sobresalté. Pronto identifiqué el olor por lo que me calmé un poco, me volteé y lo miré. El aliento se notaba saliendo de sus labios y su rostro parecía sorprendido, no entendí qué estaba pasándole. Estuve a punto de hablar cuando él abrió la boca antes…

—Ven mañana —me dijo y me quedé estático. Seguro que no pude ocultar mi mueca de incredulidad, por lo que ladeé la cabeza. —Sí, ven mañana y hablemos de nuevo, tomemos algo… Yo invito.

—Casi siempre invitas —le dije sin responder a sus preguntas. Él frunció el ceño y se le escapó un gruñido, estaba frustrado. —No puedo.

— ¿Por qué? —eso fue todo lo que Hadriel dijo, afianzando el agarre sobre mi hombro. Gruñí y aparté su mano.

— ¡Que no puedo, te dije! —contesté casi gritando.

— ¿Por qué? Tampoco haces misiones los sábados…

—Porque no, no puedo los sábados —respondí sin más.

— ¿Por qué? —reiteró.

— ¡Sólo no puedo! —grité.

—Dime el porqué, ¡ahora! —dijo usando su voz de mando, lo que me hizo encolerizar. Soy un omega marcado e incluso asesiné yo mismo a mi alfa, soy el único que me puedo mandar.

— ¿Por qué te diría? ¿Por qué te importa? —le desafié.

—Porque no me cierra, tu marca no me cierra tampoco —dijo mirándome a los ojos.

Nuestras miradas se chocaron, era un frenesí de caos y desafío, de dos personas que se entremezclan a la hora de decir verdades, dos personas que intentan superar al otro y a su vez… Dos personas que comparten cosas en común. No me ha traicionado hasta ahora, no ha hecho nada malo hasta ahora, pero no podía confiar en él, no debía en realidad. Acepté su presencia, acepte que estuviera a mi lado, acepté que él y yo podíamos hablar sin pelear, que él podría estar de mi lado aún enfrentado contra Gabriel. Pero… ¿cuál es su límite? Quizás no lo tenía. Pero a nadie más le prestaba tan atención, a ningún aliado tenía de esta manera, ni siquiera a esa omega con la que había salido con anterioridad. Podría arriesgarme y asesinarlo si las cosas no resultaban como quería. Larunda era quien mejor podría comprenderme y quien sería capaz de ayudarme si algo salía mal. Ella es mi respaldo.

—Tengo un hijo —fue lo único que salió de mis labios.

Sus ojos se abrieron como platos y, por primera vez desde que lo conocía, podía ver su rostro de sorpresa. Yo bufé y me crucé de brazos, él realmente parecía sorprendido aunque mis feromonas gritaban “cachorro” a veces, dudo que no haya sacado sus conclusiones.

—Oh vamos, no me digas que no lo sabías. Me has investigado —le dije sin más y él sólo negó con la cabeza.

—No esperaba un hijo —me contestó, parecía sincero. Sonreí apenas y bajé levemente la cabeza.

—Sí, tiene 9 años —dije dando un pequeño dato más.

—Pero…

— ¿No te coincide mi edad? ¿Tan joven me veo? —dije bromeando y riendo ante su reacción. Él rio conmigo hasta que sentí sus brazos abrazarme por la cadera y acercarme a él.

—Puedo ir a tu casa entonces —dijo riendo.

—No meto alfas a mi casa, lo siento —contesté, apartándolo con mis manos.

—Puedes venir a la mía —me propuso en tono cantarín, aflojando el agarre.

—Cuando tenga mi celo lo pensaré —dije con vivo aire de coquetear, sus feromonas definitivamente me están afectando.

— ¿Me dejarás pasarlo contigo? —cuestionó, acercándose.

—Te dejaré marcarme, sólo si entro a tu casa. ¿Trato? —dije moviendo mis caderas en forma tentadora.

—Trato —dijo y acercó su rostro para besarme pero lo moví haciendo que sus labios tocaran mi mejilla. Reí por lo bajo ante su refunfuño.

—Debo irme ahora… —me separé de él y comencé a alejarme lentamente.

—Espera, ¿cómo se llama tu hijo?

Lo medité por un par de segundos, simples pares de segundos. ¿Más información de la que ya le había dado? Más información de la que ya tenía, sí, justamente eso quiere. No estoy seguro de si quiero brindársela. Pero ya era cuestión de tiempo para que lo averiguara, no necesitaba decirle más ni menos que lo que me había preguntado.

—Razvan… —respondí antes de seguir mi camino, hasta que nos crucemos nuevamente. 


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