lunes, 20 de enero de 2020

La Dama del Castillo - Prólogo

Pasillos y Habitaciones




Era enorme… realmente enorme, a decir verdad. Las ventanas eran tan altas y prominentes que dejaban pasar los rayos de sol con suma facilidad, los pasillos se mantenían iluminados mientras el sol brillase en el firmamento. Las paredes de un color claro, a veces era amarillo a veces parecía más bien un rosado, otras celestes, todo dependía de la habitación o al pasillo al que entrase. Las lámparas radiantes colgaban de todos los techos, pero estos eran tan altos que era preciso una escalera para poder encenderlas. A raíz de ello muchos de los pasillos y habitaciones se sumían en las penumbras al caer la noche.

El silencio abundaba en los pasillos, el crepitar de los pasos ya no me parecen un sonido, pues es lo único que se escucha a todo momento y en todo lugar. No importa si camino hacia el norte o hacia el sur, tampoco importa si voy hacia el este o el oeste, siempre escucharé lo pasos de aquellas personas que no veo. A quienes no puedo ver. Llevo mucho tiempo viviendo en este mismo castillo, en esta misma fortaleza adecuada para mantener a sus ocupantes dentro. Desde que nací que vivo aquí y no he conocido más allá, mas tampoco puedo recordar todas las habitaciones y los pasillos. Es tan grande y enorme y mi mente olvida tan rápido.

Doblo todo el tiempo por diversos pasillos y busco desesperadamente una habitación que pueda identificar como la cocina o el comedor. A veces quisiera recordar cada parte de esta construcción con facilidad, como lo hacen ellos, pero no puedo. Mi mente parece borrar todo rastro de memoria; conservo todos los recuerdos del día anterior, menos la localización de los pasillos y habitaciones. Es como si el Castillo no quisiera que lo conociera, como si tuviera vida propia. Muchas mañanas me he dedicado a suspirar y simplemente caminar sin rumbo fijo. Por momentos siento que unas voces me guían, que me llevan hacia la habitación indicada, pero por otros pareciera que esas voces se divierten a costa de mis deseos de llegar a la habitación correcta. Supongo que eso y el crepitar de los pasos de seres invisibles es algo que abunda en esta casa.

No fue sino hasta que una gran puerta de madera roja, rojizo caoba seguramente hecha con alguno de esos árboles, me llamó la atención. Me quedé parada unos segundos delante de ella. Aquella puerta gigante, pues triplicaba mi altura, era ciertamente imponente, pero aun así decidí abrirla al sentir el olor a pan tostado. Atravesé el umbral solo para que la mesa estuviese servida completamente para el desayuno. Un poco de leche con té, pan tostado y mermelada, con unas galletas y un jugo de naranja, todo colocado cuidadosamente. Sonreí levemente y avancé mientras gritaba un “gracias” al aire. Sé que no los puedo ver pero sé que allí están, bien ocultos de mí, como es su aparente deber.

Me senté en la mesa a desayunar, en el más completo de los silencios, no había siquiera los pasos resonando por los pasillos o habitaciones. Mientras degustaba los alimentos coloqué el codo sobre la mesa y apoyé la cabeza en mi mano, reposando mientras miraba a través de la puerta y con ella a través de la ventaba, llegando al paisaje verde del inmenso bosque que rodeaba a este castillo o fortaleza, o más bien prisión. Nunca he salido de aquí, nunca he conocido el mundo exterior, pero es mi deber estar en este lugar. Es mi misión permanecer firme en este momento en este lugar que se podría llamar hogar, pero no acogedor. La frialdad de las paredes contrasta con la calidez de los árboles y las colinas que dan la bienvenida al sol de esta bella mañana que me gustaría disfrutar afuera.

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