Pasillos y Habitaciones
Era enorme…
realmente enorme, a decir verdad. Las ventanas eran tan altas y prominentes que
dejaban pasar los rayos de sol con suma facilidad, los pasillos se mantenían
iluminados mientras el sol brillase en el firmamento. Las paredes de un color
claro, a veces era amarillo a veces parecía más bien un rosado, otras celestes,
todo dependía de la habitación o al pasillo al que entrase. Las lámparas
radiantes colgaban de todos los techos, pero estos eran tan altos que era
preciso una escalera para poder encenderlas. A raíz de ello muchos de los
pasillos y habitaciones se sumían en las penumbras al caer la noche.
El silencio abundaba en los
pasillos, el crepitar de los pasos ya no me parecen un sonido, pues es lo único
que se escucha a todo momento y en todo lugar. No importa si camino hacia el
norte o hacia el sur, tampoco importa si voy hacia el este o el oeste, siempre
escucharé lo pasos de aquellas personas que no veo. A quienes no puedo ver. Llevo mucho tiempo viviendo en este mismo
castillo, en esta misma fortaleza adecuada para mantener a sus ocupantes
dentro. Desde que nací que vivo aquí y no he conocido más allá, mas tampoco
puedo recordar todas las habitaciones y los pasillos. Es tan grande y enorme y
mi mente olvida tan rápido.
Doblo todo el tiempo por
diversos pasillos y busco desesperadamente una habitación que pueda identificar
como la cocina o el comedor. A veces quisiera recordar cada parte de esta
construcción con facilidad, como lo hacen ellos,
pero no puedo. Mi mente parece borrar todo rastro de memoria; conservo todos
los recuerdos del día anterior, menos la localización de los pasillos y
habitaciones. Es como si el Castillo no quisiera que lo conociera, como si
tuviera vida propia. Muchas mañanas me he dedicado a suspirar y simplemente
caminar sin rumbo fijo. Por momentos siento que unas voces me guían, que me
llevan hacia la habitación indicada, pero por otros pareciera que esas voces se
divierten a costa de mis deseos de llegar a la habitación correcta. Supongo que
eso y el crepitar de los pasos de seres invisibles es algo que abunda en esta
casa.
No fue sino hasta que una gran
puerta de madera roja, rojizo caoba seguramente hecha con alguno de esos
árboles, me llamó la atención. Me quedé parada unos segundos delante de ella.
Aquella puerta gigante, pues triplicaba mi altura, era ciertamente imponente,
pero aun así decidí abrirla al sentir el olor a pan tostado. Atravesé el umbral
solo para que la mesa estuviese servida completamente para el desayuno. Un poco
de leche con té, pan tostado y mermelada, con unas galletas y un jugo de
naranja, todo colocado cuidadosamente. Sonreí levemente y avancé mientras
gritaba un “gracias” al aire. Sé que no los puedo ver pero sé que allí están,
bien ocultos de mí, como es su aparente deber.
Me senté en la mesa a desayunar, en el más completo de los silencios, no
había siquiera los pasos resonando por los pasillos o habitaciones. Mientras
degustaba los alimentos coloqué el codo sobre la mesa y apoyé la cabeza en mi
mano, reposando mientras miraba a través de la puerta y con ella a través de la
ventaba, llegando al paisaje verde del inmenso bosque que rodeaba a este
castillo o fortaleza, o más bien prisión.
Nunca he salido de aquí, nunca he conocido el mundo exterior, pero es mi deber
estar en este lugar. Es mi misión permanecer firme en este momento en este
lugar que se podría llamar hogar, pero no acogedor. La frialdad de las paredes
contrasta con la calidez de los árboles y las colinas que dan la bienvenida al
sol de esta bella mañana que me gustaría disfrutar afuera.
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