domingo, 9 de febrero de 2020

La Dama del Castillo - Capítulo II


Prohibeo Alquimia y Regina Castellum II





El poder y el conocimiento que tanto tentaba a los Castellum era nada más y nada menos que la alquimia, por eso hay tantos libros de alquimia esparcidos en la biblioteca, y la magia, hecho que ya sabía por los encantamientos de este castillo. Supongo que son datos más que obvios teniendo en cuenta la vida que llevo, no obstante, sería necesario contar la historia completa.

En medio de su confinamiento autoimpuesto, Petram había comenzado a sumirse en el mundo de la magia y la hechicería, un mundo del cual no podría volver a salir. Tuvo un maestro, un mago que se hacía llamar Caldeo, un hombre viejo y de largas canas que a veces hablaba en idiomas inentendible; él fue quien enseñó e inició al príncipe en las artes ocultas. Sus padres nunca estuvieron de acuerdo con estas prácticas de su hijo, razón por la cual lo consideraban un mal para la familia. Al morir su padre, Petram tuvo la oportunidad de salir y mostrar sus habilidades, aunque eso implicase renunciar al amor de su madre, quien se sumió en la depresión gracias a las pérdidas: físicas, su marido, y espirituales, su hijo.

Petram inculcó en los soldados hechizos de protección, y aunque no los pudo hacer inmunes al paso del tiempo, pues éstos morían al llegar a la vejez, podía impedir que muriesen en el campo de batalla mientras él siguiera vivo. Estos trucos también fueron obra y gracia de las enseñanzas de Caldeo, quien desapareció después de lograr la primera gran victoria.

La vida de Petram era muy solitaria, pues también se dedicaba a la alquimia en sus tiempos libres y a las estrategias militares. Su vida era un campo de batalla y sus hechizos iban mejorando conforme pasaban, sus hombres eran cada vez más poderosos y ninguno moría fácilmente. Sentía que tenía el mundo en sus manos cuando logró conquistar el gélido piedemonte de la Codillera Blanca, donde conoció no sólo a una bella e inteligente mujer llamada Lux Montis, sino que conoció a la maga de la Dinastía Montis. Una experta en ocultismo y hechicería pagana, pues conocía todo tipo de magias y alquimias. El amor entre ellos floreció con los primeros rayos del sol y con los primeros experimentos exitosos.

Pasaron de la pasión desenfrenada de la alcoba real a los experimentos en el laboratorio y las lecturas constantes en la biblioteca. Su amor por la magia y la alquimia fue transmitido a sus hijos mellizos, quienes desde pequeños mostraron tener habilidades para dominar las artes oscuras, pero la actitud de Regem siempre fue más digna de sus padres, él era la luz de los ojos de su madre y su madre era la luz de los ojos de su padre. He ahí el motivo de la depresión tras el fallecimiento de su esposa y del rechazo hacia su hijo pequeño, quien siendo un bebé fue desterrado de la mansión y acogido por su hermana y un sirviente de nombre Demba, un joven de origen dudoso que había sido capturado por la familia Montis hacía ya mucho tiempo. Hablaba con dificultades el idioma, pero Regina se había tomado el trabajo de intentar entenderlo, era un joven muy listo aunque carecía de habilidades mágicas. Ella y Demba criaron al pequeño Occidere.

Con la asunción de Regem como rey, las cosas entre él y sus hermanos se hicieron cada vez más tensas, 
pero sus deseos y su magia continuaron aumentando, al tiempo que su hermana comenzaba a conspirar en su contra usando a Demba como transmisor de sus deseos. Entre ellos entrenaron a los miembros de la resistencia como si fueran soldados Inmortales, tal y como sus padres se los habían enseñado. Tras mucho tiempo de preparación, sólo fue cuestión de esperar el momento indicado para atacar, el cual llegó cuando la amenaza de Regem fue demasiado grande.

Regem había logrado dar con la mayor verdad detrás de todo, en busca de la supremacía, de obtener más y más poder, llegó al peor resultado, llegó a la perfección. La ansiada perfección, lo más cercano a la inmortalidad que muchos hombres buscaban, y fue hallada por él, por un hombre en solitario tras un laboratorio que sería la envidia de cualquier científico. A juzgar por los libros que hay en la biblioteca puedo decir que lo siguiente que describe aquel antiquísimo libro de historia alquímica es verdad.

Quien descubrió el moksha, quien creó en realidad el moksha, aquella supuesta piedra que le otorgó el poder de hacer todo lo que logró en corto tiempo, fue Regem Castellum IV.

En resumidas cuentas, quien le había proporcionado toda la información había sido Caldeo, el maestro de su padre, quien emprendió un viaje hacia tierra oriental para investigar la alquimia oriental, que dicen que es la más complicada de aprender, y doy fe de ello. Caldeo hizo lo que su señor le ordenaba y trajo muchos libros de alquimia de oriente, de tierras tan lejanas que ni yo misma estoy tan segura de dónde quedan o si están marcadas en algún libro de geografía que haya leído. Entre todos los lugares que cita este nuevo libro, hay uno que trata con especial cuidado: Bhaarat. Describe Bhaarat como una tierra tan extensa como mágica, atestada de hechiceros, magos, alquimistas y demás maestros de las ciencias ocultas.

En Bhaarat a la alquimia se le llama Rasayana, y la describe como el arte de manipular el Rasa –algo así como la energía vital de los seres, todo tipo de seres vale aclarar–, el néctar, el mercurio y el zumo, supongo que son materiales muy comunes en aquellos lugares del mundo. Al seguir leyendo comprendí que todo lo que había leído sobre Rasayana en los demás libros estaba muy acotado. Había fórmulas diferentes, manuscritos que hablaban sobre la combinación de seres vivos, sobre las posibilidades de curar a las personas con elementos totalmente comunes, así como hablaba y le daba una especial importancia a la inmortalidad. Ser inmortal era lo que hacía al ser humano perfecto, no envejecer y poseer el poder total del mundo, la verdad como le llamaban en el libro, era ser perfecto, ser inmortal. Supongo que tiene una determinada lógica, admito que sentí una gran inclinación y un gran deseo de alcanzar esos estándares que coloca en el libro.

En este librote hablaba del moksha, que era esa perfección, esa inmortalidad que llevaría a la liberación del alma humana y a la elevación de la misma hasta ser algo similar a un dios. Un ser todopoderoso, omnipresente, omnipotente y omnisciente, aquél que está en todos lados, que tiene todo el poder del mundo y que sabe todo acerca de todo. El libro se explayaba en la creación de ese preciado objeto, que estaba hecho a base de los elementos que mencioné con anterioridad en el cual el más importante era el Rasa. El Rasa del universo, la energía espiritual de todo el contexto debía ser la propicia para la creación del ansiado objeto; la luna, el sol, los planetas y el lugar debía ser el indicado para que funcionase. Pero lo que me perturbó, lo que hizo que mi cuerpo se estremeciera por completo, fue el Rasa humano que debía ser empleado.

El o la alquimista que desease crear semejante objeto, con todo el poder que conllevaba y lo valioso que resultaría para la humanidad, debía entregar algo de igual valor, la vida humana que fuera más preciada para su persona. Ese era el elemento esencial, el sufrimiento que traería aparejado semejante sacrificio debía ser proporcional a todo el poder que se le sería convenido. Las almas podían ser muchas o sólo una pero muy especial, pero mientras más almas especiales se sacrificaran para lograr aquel cometido sería mejor para el moksha. Me estremecí al releer varias veces lo que acababa de leer, o sea que Regem había sacrificado una vida muy importante, la vida de alguien muy importante para él sólo para tener el poder que le conferiría aquel objeto prohibido de hacer, debido a su alto precio.

Si bien seguía asustada y un poco perturbada por el hecho de saber que mis antepasados habían sido capaces de cosas tan terribles y atroces, me decidí a seguir adelante y leer el último libro, el que llevaba el nombre de Regina Castellum II, mi antecesora y hermana de Regem. Al comenzar a leerlo me di cuenta de que estaba escrito en primera persona, supongo que lo escribió ella misma para dar testimonio de lo que había pasado con su familia en realidad. Sólo ella, sólo un miembro de la familia y/o dinastía, podría completar la historia familiar que estaba buscando completar. Por eso mismo me armé de valor y comencé a leer.

Regina, mi tocaya, había tenido una infancia bastante buena y feliz, donde su hermano y ella eran muy unidos y siempre estudiaban con sus padres sobre diferentes cosas, idiomas, matemáticas, geografía, astrología, pero la clase que más le gustaba a ella era la de alquimia y magia. Desde niña había sido muy buena con las artes ocultas y se había desempeñado de muy buena manera, mucho mejor que su hermano de hecho, pero éste siempre compitió con ella, pese a la buena predisposición de Regina en ayudarle.

A medida que los años pasaban, Regem se fue haciendo cada vez más solitario y cuando nació su tercer hermano, Occidere, tampoco mostró interés en él. El pequeño bebé, de cabellos negros como la misma noche en que nació y ojos tan azules como el mismísimo mar del sur, fue destinado a los esclavos del castillo. Regina se alió con Demba, un esclavo que tenía su misma edad, para ayudar al pequeño. Demba no tenía madre, pero conocía a una sirvienta que había tenido un hijo y que estaba amamantando, por lo que le pidieron que alimentara al recién nacido hasta que pudiera comer por sí mismo. Así fue como a corta edad Regina se hizo cargo de su hermano y como afianzó una relación con Demba, un muchacho de piel morena y cabellos y ojos oscuros como la noche. No era un muchacho atractivo físicamente, pero su corazón era mucho más grande que el de cualquier noble.

Con el pasar de los años, la vida de Regem se dividió entre el estudio de las ciencias ocultas, llegando a sobrevolar la alquimia de Bhaarat, y pasar el tiempo con Aleia, una muchachita que desbordaba belleza y cuya dulzura y cariño lograron ablandar el duro corazón de Regem. Con la muerte de su padre, Petram, Regem y Aleia contrajeron matrimonio al tiempo que él seguía leyendo y estudiando. Pese a las atrocidades que Regem hacía con sus capturados, Aleia le amaba más que a cualquiera en el mundo y estaba dispuesta a dar su vida con tal de que él fuera feliz. Sabía de las rebeliones y en secreto pensaba que Regina formaba parte de ellas, pero no mencionó nada para no causar mayores problemas a los familiares.

Regina y Demba habían criado muy bien al pequeño Occidere, quien se había vuelto un joven muy apuesto y fuerte, con buenas habilidades para la adivinación, cosa para la que ninguno de ellos estaba preparado. Occidere fue quien, prediciendo los días adecuados y los resultados de las batallas, planeaba los días de revueltas y los lugares de las mismas. Fue un gran aliado para los rebeldes, quienes estaban hartos del miedo y del terrorismo de estado que había impartido Regem. Su hermana, aún dolida por la muerte de sus padres y la inmutabilidad de su hermano, destinó su vida a destruir el reinado de su hermano antes de que ocurriera lo que su hermano menor había predicho: Regem crearía el moksha y sería dueño de la verdad absoluta.

Fue una noche, con una luna llena tan hermosa como impresionante, donde las nubes no se adentraban en el firmamento y las estrellas titilaban con firmeza, en que Regina tuvo un presentimiento. Cuando acompañó a su hermano menor a su alcoba, éste le advirtió que debía encontrar a Regem esa misma noche y que organizara la revuelta para el día siguiente, antes de que se hiciera muy tarde. Temiendo lo peor de la situación y sin conocer del todo los libros que había estado leyendo su hermano, Regina se dedicó a buscarlo. Toda la noche se dedicó a buscarlo, por todos los pasillos de ese enorme castillo que durante las noches parecía tan desolado como donde yo vivo ahora. Supongo que a fin de cuentas es el mismo Gran Castellum en donde vivo yo ahora.

En medio de la noche y tras inspeccionar todo el castillo, Regina salió del mismo para recorrer los bosques que tenía alrededor. Luego de un par de vueltas sin resultados, se adentró en el bosque que estaba cerca del enorme castillo. El lugar favorito de Regem era un lago oculto en donde el reflejo de la luna se puede ver perfectamente y desde el cual la silueta de los árboles formaban un orbe que se reflejaba en las curvaturas del líquido que caía en forma de cascada. Un lugar de ensueño donde las plantas crecían con frecuencia casi mágica. Nadie podría negar que ese lugar era el lugar perfecto para realizar el moksha, el lugar con un aura tan especial como esa debía ser la indicada. Y creo que Regem, mi ancestro, tuvo la misma idea que yo al leer el libro de alquimia prohibida.

Cuando Regina llegó el lugar estaba sumido en completo silencio, ni siquiera los búhos o lechuzas emitían sonido alguno. Pronto supo que había llegado tarde, pero no demasiado tarde. A la orilla del lago, tirada sobre el denso y verde pasto, se hallaba Aleia sujetando su vientre, tenía los ojos hacia el cielo y contemplaba la luna y las estrellas. Casi se podía escuchar su último grito de ayuda antes de que su alma fuera utilizada en ese ritual. Debajo de su cuerpo, en aparente sal, estaba dibujado un círculo con unas estrellas e inscripciones que identificó como símbolos alquímicos, pero no lograba comprender a la perfección las mismas. Fuera del círculo, pero muy cerca del mismo había un libro abierto en una de las últimas páginas y junto al mismo estaba su hermano, arrodillado, con una de sus manos sobre su rostro y la otra apoyada en el pasto.

― ¿Qué has hecho? ―fueron las únicas palabras que salieron de la boca de Regina antes de tomar el libro entre sus manos. Por las descripciones que leí era el mismo libro que se titulaba Prohibeo alchimia, y pudo comprender lo que su hermano acababa de hacer.

Su mujer, su esposa, quien ya tenía cinco meses de embarazo, quien llevaba a su primogénito en su vientre, estaba muerta junto con su futuro hijo. Casi pude sentir el corazón de mi antepasada romperse en mil pedazos, cómo sus esperanzas con respecto a su hermano se caían al suelo y se desvanecían como si fueran sólo sombras de lo que alguna vez fueron. El libro no lo describe, pero imagino que ella había esperado un par de segundos hasta poder procesar la información, cuando su hermano le habló.

―Lo he logrado, hermana ―le había dicho antes de elevar la vista, con lágrimas en los ojos y la voz quebradiza. ―He creado el moksha, ¡seremos la dinastía más poderosa del mundo! ―había gritado mientras su voz que quebraba en llanto ante la atrocidad que había cometido, con su amada y su hijo muerto en sus propias manos por la ambición. Abrió la mano, dejó al descubierto el dichoso objeto y mostrándoselo a su hermana rompió en llanto nuevamente.

Su hermana lo contempló llorar por unos minutos mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Ya no reconocía al monstruo en que se había convertido su hermano, ya no sabía qué más poder hacer con él, la esperanza de que sea un hombre mejor se había desvanecido junto con el alma de Aleia. Imagino que con el corazón destrozado y el alma por el suelo había tomado entre sus manos la espada que siempre llevaba consigo, pues además de ser una maga y una princesa, había aprendido el arte de la lucha y era una guerrera acérrima.

Con su amada espada y el alma dura de una guerrera dolida, rebanó el cuello de su hermano, despegando su cabeza del cuerpo. El hombre, en su llanto desconsolado por la pérdida que había conllevado la atrocidad que había cometido, ni siquiera se habría defendido ante el dolor y el presagio de muerte. El libro dice que Occidere, el hermano menor, no pudo parar el llanto en toda la noche, él realmente quería tener un sobrino y, aunque Regem no fuera se hermano favorito, no hubiera querido que muriera.

A la mañana siguiente, cuando los rebeldes atravesaron la puerta, pensando que se toparían con el muro invisible de los Castellum, se encontraron con el castillo en silencio, con los sirvientes con las cabezas gachas esperándolos para escoltarlos al gran salón, donde estaba el trono del rey. Demba se hallaba a la cabeza del grupo rebelde, y fue quien vio primero a Regina sentada en el trono y a Occidere sentado junto a ella en el trono de la reina. En el apoya-brazos del gran trono, se hallaba la cabeza de Regem, aún con la expresión de angustia en el rostro. Regina tenía aún varias lágrimas revoltosas que caían por sus mejillas y su hermano menor hipeaba tratando de no soltar el llanto.

Una familia destruida, una dinastía en ruinas, tres hermanos que se destruyeron entre sí, el amor de una madre hecho añicos y un niño que no conoció el mundo… tanta devastación, tanta tristeza, tanto desconsuelo por una piedra gelatinosa de color plateado que poseía el mayor poder de todos los hombres, quien dotaba de inmortalidad a quien la poseyera y usara su poder, el moksha. Todo eso había sido culpa de la avaricia de Regem y el miedo de Petram, dos hombres cegados por el deseos de conocer y de poseer, por la avaricia.

Hablaron entre todos los líderes rebeldes, que eran principalmente reyes de reinos que habían caído ante el avance de la dinastía Castellum. Al principio todos se pelearon por quien poseería el moksha, fue un período de guerras civiles tan duras como las mismísimas guerras de conquista. Pero fue el Castellum menor quien tomó la voz de mando en ese aspecto, augurando que la familia que poseyera el moksha caería en desgracia en corto tiempo, siendo lo suficientemente convincente como para que todas las casas detuvieran sus ataques y se declarara la paz. Por ese motivo fueron los Castellum quienes se encomendaron a la custodia de la gema color plata.

Así fue como nació la tradición. Al principio fueron Occidere y Regina II quienes custodiaron el moksha dentro de ese enorme castillo. Después, quien tomó la posta y protegió este gran secreto fue el hijo de Regina y Demba, un joven que era el vivo calco de su padre. Demba se quedó en el castillo junto con su amada y junto a quien él mismo había criado como si fuera su propio hermano o su propio hijo. Cuando Occidere murió a muy temprana edad, los padres decidieron dejar solo a su hijo para buscarle una esposa y que continuara el linaje que protegería el moksha. Supongo que así inició la gran y larga tradición familiar que perdura hasta esta época.

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